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La Cultura de la Paz, Acapulco (segunda parte)
La peor forma de injusticia es la justicia simulada: Platón
Acapulco significa en náhuatl “Lugar donde abundan carrizos gigantes”; sus primeros asentamientos formales se dieron en el siglo XIII de nuestra era por diversas tribus olmecas; durante el virreinato se convirtió en una ciudad con presencia afrodescendiente; su privilegiada posición geográfica se aprovechó para encontrar la mejor ruta marítima que operó por más de 250 años entre Asia y América, así surgió la famosa Nao de China que en realidad era un barco tipo Galeón que unió Acapulco con Filipinas. De 1571 a 1815 Acapulco era cada año, por casi dos meses, el punto de comercio más activo y dinámico de la Nueva España, superando al puerto de Veracruz.
En el siglo XVII, para proteger al puerto de los ataques y saqueos de los piratas, se construyó el fuerte de San Diego, monumento histórico y una de las fortalezas marítimas más importantes del Pacífico. Ha sido escenario de episodios históricos de México tales como la guerra de independencia, la intervención francesa, la revolución mexicana, así como eventos culturales que coadyuvaron a colocar a Acapulco como un atractivo turístico a nivel mundial. Fue el primer destino turístico internacional de México, ha sido el puerto más visitado de Guerrero y uno de los más visitados por turistas nacionales y extranjeros. No fue casual que John y Jacqueline Kennedy, así como Bill y Hillary Clinton hayan seleccionado Acapulco para pasar sus respectivas lunas de miel.
Con la autopista del Sol, que impulsó el gobernador Ruiz Massieu, Acapulco se convirtió en el destino favorito de fin de semana de miles de habitantes del Valle de México, lo que propició una gran inversión en casas, departamentos, restaurantes, tiendas e infraestructura hotelera en el puerto.
Desde el pasado 25 de octubre Acapulco y localidades aledañas se convirtieron en una zona de devastación y desolación debido a la irrupción del huracán Otis, categoría 5 en la escala de Saffir-Simpson.
A dos semanas del meteoro, a diferencia de la inmediata respuesta del gobierno en octubre de 1997, cuando el huracán Paulina destrozó Acapulco, las actuales autoridades de ninguno de los tres niveles de gobierno ha estado a la altura de la urgente atención que reclaman los lugareños.
El saqueo y la rapiña ocurrida a tiendas departamentales y sucursales bancarias que incluyeron la extracción de cajeros automáticos en Acapulco, luego del paso destructor del huracán Otis, no fueron espontáneos, ni fueron perpetrados por la población civil. Fueron dirigidos y coordinados por el crimen organizado que ya dominaba Guerrero, principalmente por la política de “abrazos, no balazos” del gobierno que también propició que, desde hace algunos años, sea Acapulco una de las ciudades más violentas del mundo.
Evidentemente no se puede culpar al presidente ni al gobierno por el huracán Otis, eso nadie lo podía evitar, pero sí será difícil perdonar la falta de capacidad o de voluntad para reaccionar de manera eficaz, organizada ni rápida, además de obstaculizar el apoyo de organizaciones civiles de otros países, en perjuicio de cientos de miles de personas. En días pasados el presidente de la American Society en nuestro país declaró que diversas organizaciones civiles estadunidenses han buscado entregar apoyos directamente a los damnificados del huracán Otis. Sin embargo, desde Palacio Nacional se ha impedido esa entrega ya que se pretende que todo sea por su conducto, sólo que dichas organizaciones tienen prohibido entregar sus apoyos al gobierno porque temen que dichos recursos sean malversados.
Por su parte, el mandatario señaló que gracias al “combate a la corrupción, el gobierno cuenta con 600 mil millones de pesos” para apoyar el rescate de Acapulco, cifra que no aparece en el presupuesto de egresos para el próximo año. Por ello no se entiende que los diputados oficialistas avalaran recortes presupuestales del orden de 21mil millones de pesos. 13 mil millones a organismos como el INE, el Tribunal Electoral, el INAI y el Poder Judicial federal, Suprema Corte incluida, y más de 7 mil millones de pesos a las aportaciones y participaciones de carácter federal en perjuicio de estados y municipios para el próximo año.
También indicó el presidente que “tenemos finanzas sanas”, situación que habrá de desaparecer con el déficit público aprobado que será cercano a los 1.8 billones de pesos, cifra equivalente al 5.4% del PIB y al doble del saldo actual del polémico Fobaproa. Se trata del mayor monto de deuda pública del Gobierno Federal de las últimas décadas.
Sin embargo, en el presupuesto de egresos no aparece partida alguna destinada a la reconstrucción ni al apoyo de Acapulco.
La falta de ayuda es evidente: escasea la comida, el agua y la electricidad; no hay servicios municipales de limpia ni de seguridad pública, tampoco se han visto medidas sanitarias para evitar enfermedades ni de vacunación, las autoridades sanitarias brillan por su ausencia. El pasado 2 de noviembre, siete días después de la devastación, se publicó una declaratoria de desastre natural en 47 municipios guerrerenses afectados por el huracán, que fue corregida al día siguiente para contemplar solamente a Acapulco y a Coyuca de Benítez.
Mientras el mandatario dice una cosa la realidad lo contradice, no es casual que se haya publicado que “México necesita que su presidente hable, hable y que no deje de hablar. Por hablador lo eligió; no por cumplidor”.
Sin embargo, no olvidemos que ante otras tragedias nos hemos mostrado como un tejido social amistoso, fraternal, solidario, hospitalario y organizado en apoyo de los afectados. No permitamos que la polarización que estimulan el presidente y sus correligionarios y la creciente desconfianza en el gobierno nos impidan ayudar a nuestros hermanos de Acapulco.
Actuemos en apoyo de los cientos de miles de personas que viven en las costas surianas afectadas y que nos necesitan para contribuir a restaurar su tejido social, la armonía, la alegría, la esperanza y la paz.
Hoy lo más importante es rescatar Acapulco y a las otras localidades afectadas y –sobre todo- a su gente. De todos depende que ninguno de sus habitantes se quede sin ayuda.
No olvidemos que Acapulco es un orgullo de todos, no permitamos que sea tierra de nadie.
*El autor es abogado, negociador y mediador.
Twitter: @Phmergoldd