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El “nearshoring” desde la periferia
Quien ha tenido oportunidad de transitar por algunas ciudades fronterizas y otros sitios estratégicos del país donde se han enclavado gigantescas naves industriales, puede tener una idea sobre los cambios y desafíos que las comunidades locales llegan a tener al recibir dichas empresas globales. Complicaciones en los accesos y traslados desde sus hogares a dichos espacios, enormes cantidades de personas se mueven y muchas veces se les ve cansados porque «dobletearon» turno para poder obtener el ingreso económico suficiente, o bien porque llevan más de una hora en transporte público o de la empresa para poder llegar a su sitio de trabajo. Horas laborales sumadas a horas implicadas en traslados de casa a trabajo.
Son espacios de trabajo donde impera la masa y por ello muchas veces la despersonalización, cientos de operarios circulan, portan su uniforme e identificación a la vista, baños, comedores y áreas laborales de gran escala, entre acero y grandes lámparas de alta densidad que permiten operar las veinticuatro horas como si todo el tiempo fuera de día.
Para miles de familias es una gran oportunidad para abrirse camino en la vida y llevar ingreso al hogar para salir adelante en sus situaciones difíciles. Otras muchas familias han de migrar dentro del mismo territorio nacional para llegar a esas ciudades donde se han asentado estas empresas y buscar generar un ingreso económico al hogar. El gran problema para muchas de estas familias es incursionar en un nuevo contexto, casi siempre en zonas marginadas de muchos servicios por ser las más baratas, pero al mismo tiempo más costosas en cuanto a seguridad y estilo de vida, verdaderos barrios periféricos.
En estos barrios suelen verse muchas niñas y niños, miembros de familias jóvenes que conforman vecindarios, pero que durante varias horas de su jornada están sin cuidados de sus padres porque están cubriendo horarios laborales y les queda poco tiempo para compartir con sus hijos. Al expandirse áreas de viviendas pensadas desde el enfoque de zona habitacional para trabajadores y no desde el enfoque de crear comunidad, muchas cosas quedan relegadas; áreas verdes, espacios de encuentro y esparcimiento que son relevantes para la composición del tejido social. Son áreas en donde el rezago y la falta de inversión desalientan a sus inquilinos para acceder a otras dimensiones de la vida tan relevantes para la salud mental y la riqueza como lo es la educación especializada, las artes, los deportes, entre otros. Es como si se pensara que esos barrios son solo para dormir, comer, tener la escuela elemental y algún pequeño espacio de comercio cercano, principalmente que no falten expendios de bebidas alcohólicas, accesibles y en promoción.
Es cierto, hablar de oportunidad de inversión extranjera en el territorio nacional es una buena noticia, y puede serlo si se considera que la inversión tenga el destinatario correcto y no sólo los números leídos desde arriba, sino desde las oportunidades leídas desde abajo.
Este proceso de reubicación de la inversión, conocido como Nearshoring, tiene a México como ese escenario propicio de aliado para que los productores, manufactura, entre otros, sea fabricado en un territorio que —además de su cercanía— esté próximo a la ideología de Estados Unidos y otros países hegemónicos en materia económica. Sabemos bien que no es la primera vez que México abre sus puertas para la instalación de grandes empresas extranjeras, pero las notas actuales apuntan a que se aproxima un evento de una magnitud mucho mayor, pues se busca cambiar a los países asiáticos por el nuestro como el principal lugar para la instalación de estas corporaciones.
El impacto de la instalación de grandes empresas transnacionales ha sido en muchos sitios estudiado y descrito, baste aquí mencionar que esas repercusiones no refieren sólo a la materia económica sino a todas las dimensiones que afectan la vida: ambiental, social, cultural. Si todo esto refiere a una inversión, bien valdría la pena considerar que ésta debe apuntar en las mayores dimensiones posibles para que su impacto sea no sólo eficiente sino humanitario.
Junto al escenario económico como oportunidad debe estudiarse también el escenario social y la reconfiguración que generará. Aunado al tema de los salarios justos y el incentivar para que los empresarios locales también puedan ser beneficiados, es importante subrayar que es una oportunidad relevante para planificar e impulsar las condiciones de vida de los contextos donde dichas empresas sean instaladas.
El trabajo, a la par de la producción que busca generar, debe comprenderse como un factor humanizador, que posibilita las condiciones de vida de la persona trabajadora y su familia. Es parte de un ecosistema y no sólo un detonante de producción indiferente a otros impactos de índole social y comunitario que puede suscitar un ritmo desenfrenado de producción en gran escala. Por eso el Estado, quien establece los términos y acuerdos para la llegada de esas inversiones con los nuevos actores económicos, debería también contemplar que esos ingresos apunten a los espacios vitales de las personas trabajadoras y sus familias (cualificación, esparcimiento, seguridad, descanso, crecimiento económico).
Desde la periferia, el Nearshoring puede ser una condición a doble filo; Por un lado incrementar y seguir abriendo esa enorme brecha entre unos pocos que tengan mucho respecto de los muchos teniendo cada vez menos, aunado a un incremento de conflictos sociales como sería el cansancio, estrés, adicciones que adormezcan la conciencia y encubran la depresión, ausencia prolongada de períodos de convivencia entre padres e hijos, caos respecto a accesibilidad vial, oportunismos y descontrol de comercio informal. Pero, por otro lado, puede ser una oportunidad —si quienes negocian llevan una estrategia humanizadora e inclusiva— para reducir una violencia estructural, garantizando que las y los trabajadores gocen de un espacio vital, no sólo en su tiempo laboral sino sobre todo en su familia desde una adecuada proyección de la infraestructura social. Para ello es necesario y deseable que se considere en las negociaciones, que la inversión contemple las condiciones de vida de quienes operarían, que esos territorios donde se instalen las empresas tengan una repercusión e impacto positivo sobre la ciudad que les acoge, que el beneficio alcance para todos.
Es deseable que el Estado tenga presente que también hay otros actores implicados y que suelen estar en aquellos contextos donde los derechos de los ciudadanos son muchas veces vulnerados, me refiero aquí a la sociedad civil organizada, a grupos movidos por la fe, a colectivos y sociedades que buscan colaborar en la construcción del tejido social. Si se pudiera realizar una articulación donde no sea sólo las grandes empresas internacionales, sino también el empresariado local, la sociedad civil organizada, las instituciones y servicios públicos las que intervengan en esos nuevos contextos causados por el Nearshoring, entonces la periferia, podría decirse, también es alcanzada por los beneficios de la economía. Pude ser testigo por varios años de estos intentos en Ciudad Juárez, Chihuahua, con prácticas articuladas entre sociedad civil, autoridades y empresarios.
Hoy en día lo sigo observando con iniciativas nacionales y regionales de redes interinstitucionales que ponen la voz crítica y en nuevas incursiones a las que he sido invitado, como a la alianza con el IMJUS (Instituto Mexicano para la Justicia). En las discusiones del Nearshoring debería estar como en primer lugar el esfuerzo por garantizar que las inversiones beneficien a las y los trabajadores, que no sea sólo la perspectiva de las grandes cúpulas empresariales nacionales e internacionales las que entren en escena, sino también la garantía de que las familias que aportan trabajadores para la industria y el territorio donde se asienta tengan un crecimiento y desarrollo sostenible.
Dr. Juan Carlos Quirarte Méndez es doctor en Antropología Social Miembro activo en sociedad civil