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Opinión

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El largo plazo es pura retórica

Los resultadistas -que es lo único que importa en la era moderna- festejan el despido de David Moyes, el que vendrá de Martino y se saborean el fracaso del Turco Mohamed.

El largo plazo resulta tan inútil en la cultura contemporánea que es un término que queda bastante bien como una figura retórica pero no como una actividad práctica. No es un tema de convicciones y de conciencias, sino de practicidad. Hoy las cosas tienen su tiempo de uso y listo, cuando ya no da más es mejor desecharlo o si aparece una mejor opción pues dejamos la que tenemos.

Hace unos 30 años adquirir un auto resultaba todo un gran esfuerzo familiar, hoy con menos de la mitad lo tienes y ya está. Las cosas cuesta menos trabajo tenerlas. Desechamos celulares, amigos, parejas, redes sociales, computadora, iPod, en cuanto empiezan a fallar pensamos en el recambio. En el deporte pasó lo mismo, no funciona y no hay problema, siempre está la opción de echarlo a la basura.

Despedir técnicos es también parte de esta cultura posmoderna que nos lleva a que todo tiene que dar resultado pronto y además tiene que generar dinero y, por si fuera poco (y de ser posible), que se haga desde el primer día. Si aplicamos la lógica del mundo actual, pues hay que ponerse de pie y aplaudirle a los directivos de Manchester United que por fin corrieron a David Moyes y seguro también habrá que hacerle fiesta a Barcelona cuando haga lo propio con El Tata Martino y cuando la era de Antonio Mohamed fracase en América.

Alex Ferguson fue entrenador de ManU de 1986 al 2013 y debieron pasar cuatro años para que ganara su primer título con el club y David Moyes antes de su primer año ya había conquistado una copa (Supercopa de Inglaterra). Pero eso no basta ahora, todo hay que hacerlo lo más rápido posible, como si se nos acabara la vida ese mismo día o como si todo lo que viniera después de una serie de derrotas o incluso fracasos fuera a producir una especie de maldición que evitará para siempre que se vuelva a ganar.

El dinero -en cierta medida- siempre termina por torcer muchas de las cosas que antes no ocurrían. Ferguson llegó a un equipo mediocre a mediados de los 80, pero cuando se fue dejó un club multimillonario que construyó su éxito gracias a él. Por eso ahora que Manchester se queda sin Champions y afecta las finanzas del equipo, eso sí que no se lo iban a permitir. David es un tipo sereno, elegante, capaz (porque este fracaso no lo hace el peor), con un perfil muy de United, pero la posmodernidad siempre tiene un juez y ése es la plata; cuando algo trastoca eso, pues hay que marcharse.

Lo mismo ocurre en todos los sitios del mundo. Hay que tomar medidas ya y en las que se adopten siempre hay la maldita urgencia de que sea la mejor solución que jamás se haya dado en la historia. La palabra proyecto ha resultado un buen eslogan para cualquier tipo de campaña, para los políticos, para los gobernantes, para los directores técnicos.

Por ejemplo en México, son pocos los procesos que se sujetan al largo plazo; destaca el caso de Gustavo Matosas con León y quizá alguno que otro más, pero aquí la premura del resultado y la necesidad de estar siempre en la Liguilla determina el futuro de todo. Apenas cinco de los 18 estrategas tienen más de un año en el cargo.

Ahora los jueces del futbol dictan que Antonio Mohamed ya es inservible, que no puede, que no es técnico de este equipo. No cabe como posibilidad que sea que los futbolistas ya no están en su mejor nivel, que tras un sistema de juego les cueste adaptarse a otro; nada, El Turco no sirve y listo; y, peor aún, los antecedentes no interesan en lo absoluto para pedir su cabeza ahora mismo.

¿En qué momento un proyecto deja de ser viable? Está claro que no hay un manual para determinarlo, pero tampoco es tan complicado establecerlo cuando en las convicciones de cada uno resulta que lo que se hace, se juega, se muestre, no corresponde a la imagen y calidad que pretendemos otorgar.

El largo plazo tiende a desaparecer por una sencilla razón y probablemente ni si quiera tiene que ver con las convicciones, sino con el dinero y eso es todavía peor, porque entonces lo que uno cree, confía y piensa, resulta que no vale para nada.

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