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El cierre de 2022
Todos los días hay una lucha entre la realidad y las distintas percepciones que existen sobre ella. El grupo o persona que logra convencer de que su percepción es la correcta triunfa momentáneamente. Tiene un día más y solo uno porque la coyuntura puede cambiar por razones difíciles de predecir.
La realidad de México y el mundo nos dice que las cosas no van bien y que lo más probable es que empeoren. Atrás quedó la ilusión de que pasada la pandemia de 2020 las cosas mejorarían. Nada ha sido como se había previsto. La pandemia se ha alargado y amenaza con volverse inmanejable si el virus logra mutar a una variante más agresiva. Por si fuera poco, enfermedades que creímos derrotadas, como la polio o el sarampión, amenazan con regresar. También hay enfermedades nuevas, como la viruela del mono que si bien no es mortal está recorriendo el mundo de manera incomprensible.
La recuperación económica no fue la esperada. Los problemas de transporte de mercancías, el encarecimiento de productos alimentarios se apareció. Luego llegó la guerra y disparó precios de granos y combustibles. Inflación y recesión se ciernen sobre un mundo cuyos líderes lanzan bravatas nucleares. Estados Unidos, Rusia y China han tensado sus relaciones como no se había sucedido en décadas. Parafraseo a Nancy Pelosi que, durante su gira por Asia, señaló que el mundo se debate entre la democracia y la autocracia, pero le faltó decir que las democracias están amenazadas desde el interior porque no han cumplido con las demandas de vastos contingentes sociales y que países autoritarios están teniendo mejores resultados económicos. ¿Las sociedades quieren democracias ineficientes o estabilidad económica a cualquier precio? La democracia es, después de todo, una invención occidental.
En México, las cosas no van bien tampoco. En el terreno económico, hay inflación y una posible recesión antes de que termine el año o a principios del próximo; no se han creado los suficientes empleos ni con los niveles salariales de antes de 2020. El país vive, en buena medida, de las remesas. Decía con razón un líder chicano que el gobierno es adicto a las remesas. Este panorama no parece que vaya a cambiar en los meses siguientes.
En seguridad, los asesinatos dolosos se van reduciendo muy lentamente, pero se mantienen en niveles altos todavía y, por los que se ve, así será el resto del año. Las obras prioritarias no están funcionando ni en resultados ni en costos, pero se les siguen otorgando recursos en detrimento de la seguridad, educación y salud, sectores a los que el gobierno recortó subrepticiamente a través del mecanismo del subejercicio. Podríamos seguir el recuento de males producto de situaciones incontrolables combinadas con errores, omisiones y malas decisiones gubernamentales, pero creo que son bien conocidas.
Para las diferentes oposiciones (partidarias, académicas, intelectuales, empresariales, sociales y de redes sociales) la percepción es que las cosas van peor de como están. En general, apuestan a condenar todo acto gubernamental. Por ejemplo, el subsidio a la gasolina y la electricidad es criticado, pero cabe preguntarse qué harían PAN o PRI si mañana tuvieran la capacidad de decidir sobre el tema. ¿Apostamos que dejarían el subsidio? Más aún, muchos hemos criticado las obras prioritarias, pero la percepción mayoritaria no es esa. Una encuesta de El Financiero de esta semana arrojó que del AIFA, 54 por ciento tiene una opinión buena o muy buena contra un 25 por ciento que es mala o muy mala. Acerca de la Refinería de Dos Bocas, 53 por ciento le es favorable contra un 21 por ciento desfavorable. Inclusive el Tren Maya, obtuvo un 49 por ciento de opiniones positivas contra un 34 por ciento negativas. Las obras son malas, pero la opinión que se tiene es positiva.
La percepción de AMLO es que las cosas van bien o al menos están bajo control. La inflación y la economía en general están en esta última categoría. La seguridad va bien porque gracias a la política de abrazos no balazos está bajando el número de asesinatos. En fin, para cada problema tiene alguna respuesta que puede ser mentirosa, sesgada o hasta cínica, pero con una columna central: todo lo hace a nombre del pueblo, ese pueblo de los discursos, inasible y homogéneo que no existe.
En la batalla por proponer y de alguna manera imponer visiones y percepciones del país hay que decir que la ganadora es, por lo general, la que viene de Palacio Nacional. Ningún otro actor, partido o institución tiene ese poder de penetración y autoafirmación. Una de las claves de esto es la sencillez de la narrativa, la reiteración hasta el cansancio de los conceptos esenciales: pueblo-AMLO, neoliberal-enemigo del pueblo, etc. La afirmación presidencial no necesita ser confrontada contra estadísticas o sucesos porque se basta a sí misma.
Pero la realidad siempre termina por imponerse a las visiones. Irrumpe con fuerza y puede traer mayor división política, inflación más elevada, desempleo y hambre, entre otras muchas cosas.