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Opinión

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El Caballito, ¿chupó faros?

Miguel de la Grúa Talamanca de Carini y Branciforte nació en Palermo, Sicilia, en 1755; en ese entonces, los Estados italianos reconocían como sus soberanos a los Borbones; fue por eso que sirvió al ejercito español, donde alcanzó el grado de Capitán General.

Mediante lo que en México llamamos un braguetazo -contraer nupcias con alguien de mayor alcurnia o fortuna que uno- el siciliano se ganó el nobiliario título de Primer Marqués de Branciforte. La dama que le permitió trepar a la aristocracia era hermana de Manuel Godoy y Álvarez de Faria, noble favorito y Primer Ministro del Rey de España Carlos IV, llamado el Cazador, antepasado del actual monarca Juan Carlos. Ahora ya sabemos de dónde le viene a éste la afición por la cacería de elefantes y de osos borrachos. (No me hagan mucho caso pero algunos historiadores -redactores del Hola de la época- señalaron que además de su eficacia en asuntos de Estado, Don Manuel Godoy se acomedía para mantener contenta a María Luisa de Borbón-Parma, prima del Rey y su esposa. Esposa del soberano, no de Manuel Godoy. Aunque el atributo del señor Godoy como Sancho Real posteriormente fue negado por historiadores chayoteros, se cuenta que en una ocasión Carlos IV se ausentó de palacio unos días para ir de caza, tiempo que aprovecharon Don Manuel y Doña María Luisa para hacer rechinar el palaciego catre. Cuentan que a su regreso el Rey traía en calidad de trofeo, cargado al hombro, un ciervo de 14 puntas que a la distancia se confundía con Su Majestad).

Don Miguel de la Grúa, cuñado de Godoy, fue proclamado quincuagésimo segundo Virrey de la Nueva España. Tomó posesión del gobierno en la Ciudad de México el 12 de julio de 1794. Ha sido considerado como uno de los virreyes más corruptos.

Con el pretexto de la guerra entre España y la Francia revolucionaria, expropió todas las propiedades de los franceses residentes en la Nueva España y la Luisiana. Luego las vendió obteniendo una buena cantidad de dinero para su bolsillo. Confiscó un burdel en el puerto de Veracruz y lo usó para él. (Eso último se justifica debido a que fue víctima de una irrupción de mamitis).

Los grandes corruptos tienen una gran inclinación a pasar el órgano muscular del habla y el gusto por la superficie de las gónadas de los poderosos (lamerles los huevos). Don Miguel de la Grúa no fue la excepción. Para halagar al monarca español, protector de su protector, se le ocurrió erigir una estatua ecuestre donde en los lomos de un brioso corcel cabalgara Su Majestad Carlos IV. La obra le fue encomendada al prestigiado arquitecto y escultor valenciano Don Manuel Tolsá.

Se decidió que el monumento se elevara en la Plaza Mayor -el Zócalo- que fue limpiada y cerrada por una balaustrada elíptica (para que no entraran a ella los maestros disidentes, las huestes del movimiento insurgente en ciernes y la Feria de los Tres Libros). La efigie fue inaugurada el 9 de diciembre de 1803, cuando el señor de la Grúa ya no podía llevarse carrozas al corralón. Cayó de la gracia del homenajeado, le dieron aire y renunció al título de Virrey.

Debido a la fealdad y falta de personalidad del prognata Carlos IV, a la población le llamó más la atención la cabalgadura que el jinete y al monumento se le llamó, desde siempre, El Caballito; la segunda estatua de bronce más grande del mundo.

En 1821, con motivo del sentimiento antiespañolista manifestado por la Independencia de México, se trató de cambiar la estatua de lugar. En vía de mientras se cubrió con una lona. Guadalupe Victoria sugirió destruir el monumento y fundirlo para con el bronce hacer monedas o cañones. Lucas Alamán lo convenció de no hacerlo argumentando sus cualidades estéticas. En 1824, El Caballito fue reubicado dentro de la Pontificia y Nacional Universidad de México hasta el año de 1852 donde el equino y su anónimo -para la gente- caballista fueron trasladados a la esquina de Bucareli y Paseo de la Reforma, donde se hizo un referente de nuestra ciudad hasta 1979 cuando se decidió enviarlo a la plaza Tolsá frente al Palacio de Minería.

En días recientes hemos sabido por el Instituto Nacional de Antropología de Historia (INAH) que alguien decidió restaurar El Caballito, una de las estatuas emblemáticas de nuestra ciudad. La intervención causó daños en 50% de la efigie, con pérdidas irreversibles de su patina original por el uso del ácido nítrico, material que no se usaba para este fin desde 1950.

Para César Moheno -secretario técnico del INAH- los daños ocasionados al monumento por la intervención realizada por Arturo Javier Marina asciende a un millón 415,723 pesos. Además, informó que los documentos presentados de manera extemporánea por el Fideicomiso del Centro Histórico de la Ciudad de México y por Arturo Javier Marina, para solicitar la autorización por parte del INAH de manera extemporánea, están incompletos. El dictamen indica que no se presentó cédula profesional del restaurador responsable .

Los ciudadanos queremos saber la identidad y el destino final de los responsables de tales anomalías y una explicación de por qué de las tres empresas que buscaron restaurar el monumento dos pertenecen al mismo empresario, Arturo Javier Marina, quien le causó daños irreversibles al Caballito.

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