Lectura 5:00 min
Dos orillas escribiendo enero
1. “Cinco años en perspectiva -escribió Edgar Allan Poe en La semana de tres domingos- vienen a ser lo mismo que quinientos”. El tiempo es así. A veces se detiene y todo se queda mudo. Silenciosos pasan los días, las semanas y los meses, los minutos se van rápidamente y resulta que ya pasó, no un año, ni cinco, sino doscientos doce. Los que cumpliría Edgar Allan Poe el próximo día 19 si todavía estuvieran vivo.
Arrastrando una fama que también lo arrastró, Poe ha sido calificado como el primer maestro del cuento corto de terror y de misterio. También lo culpaban de la existencia del relato policíaco. Y afirman que los cuentos que sustentan esta afirmación son “El escarabajo de oro”, que trata de la búsqueda de un tesoro enterrado, “Los crímenes de la calle Morgue” –toda serie de encrucijadas forenses palidece- “El misterio de Marie Rogêt” y “La carta robada” todos dignos predecesores de lo detectivesco.
Sin embargo Poe era, ante todo, un escritor de oficio: Trabajó en varias publicaciones periódicas donde reseñó libros y escribió un significativo número de críticas. Sus ensayos fueron célebres por su sarcasmo, ingenio e inteligencia. Sus juicios de valor han resistido el paso del tiempo y por eso a Poe también se le considera uno de los mejores exponentes estadounidenses de teoría literaria. bastaría revisar, lector querido sus teorías sobre la naturaleza de la ficción y, en particular, sus ensayos sobre el arte de escribir. Desde aquella orilla cruzaron mares y montañas y tuvieron una influencia definitiva en escritores americanos y europeos.
Habrá que decir que la preocupación por el arte en Edgar Allan Poe no tenía que ver con la fama y la fortuna, sino con la poesía. Escribió una colección de cuentos asombrosos y perturbadores en muchos sentidos, pero todo su ser estaba en otra parte: “La poesía es la respuesta a una demanda natural e incontenible. Porque su primer elemento es la sed de una belleza suprema”, le escribió en una sentida carta a su amigo H. W. Longfellow, cuando escribía su “poema en prosa” El cuervo, una de sus obras más conocidas, y donde ya presentía que la muerte se quería volver su acompañante. Y es que detrás de todos sus escritos, animándolos, estaba la angustia y el terror que lo embargaban.
Edgar Allan Poe pertenece a la historia de las letras occidentales, que no se comprenderían sin él. Intemporal y a lo eterno, por algún verso y por muchas de sus páginas incomparables. Los que afirman que sin el alcohol, la pobreza y la soledad irreparable, no existiría la obra de Poe, se equivocan. En realidad empleó toda su vida en crear, escribiendo, un mundo imaginario para eludir un mundo real. El mundo que soñó perdurará, el otro sigue siendo un sueño.
2. Charles Lutwidge Dodgson emprendió en su vida un camino que muchos creyeron iba directamente hacia el absurdo. A la ficción. Más hacia la caricatura que al retrato, mejor atrás del espejo que frente a su reflejo. Su vida comenzó y terminó en el mes de enero y sin duda, iba hacia la inmortalidad literaria. Siempre distinta a lo que se imaginó y nunca anhelada del todo.
Nacido el 27 de enero de 1832 en Inglaterra, en Daresbury, condado de Cheshire –igual que su famosísimo gato- Charles fue el tercero de los hijos del matrimonio Dodgson, y el primer varón. Después seguirían ocho vástagos más. Parecería que el hecho de haber nacido dentro de una familia numerosa convertiría al futuro escritor en algo muy diferente a lo que se esperaba. (Cuentan que desde niño tuvo una timidez exasperante, un insomnio crónico, sordera en el oído derecho y un tartamudeo que lo haría sufrir lo indecible).
Sin embargo, tales defectos traerían sus cualidades: un insólito talento para las matemáticas y una imaginación delirante. Obsesivo y divertido cuentan que se la pasaba despierto noches eternas planteándose problemas y resolviéndolos y que gracias a la palabra escrita consoló sus tropiezos con la palabra hablada. De su extraordinaria timidez hizo un círculo social basado en profundas amistades con los niños. Especialmente con las niñas pequeñas. Fácilmente tomaba parte en sus juegos; inventaba otros y les contaba cuentos. Pero después decidió escribirlos. Fue así como sus cuentos vieron la luz con el seudónimo Lewis Carroll.
La historia de su texto más famoso es real: en 1862, paseando con la pequeña Alice Liddell y sus dos hermanas, les contó una historia maravillosa: «Las aventuras subterráneas de Alicia». La escribió y publicó en 1865, con el título de “Alicia en el país de las maravillas” y resultó un éxito de ventas, tanto en su orilla como en la que estaba cruzando la Mar océano. Pronto escribió una continuación: A través del espejo y lo que Alicia encontró allí.”
Carroll que murió el 14 de enero de 1898, era un ferviente creyente de que a veces en el mundo todo el tiempo son las seis y de que si así es, así pudo ser; si así fuera, así podría ser; pero como no es, no es. Pura lógica.