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Competir para reconstruir
Lo que hemos visto a partir de la violenta entrada de Otis, el huracán categoría 5 que asoló Acapulco y zonas aledañas, es una trágica metáfora de muchas de las políticas y acciones de la 4T. Ambos han arrasado a su paso con mucho de lo bueno, lo malo y lo feo que estaba en pie.
Con tanto en ruinas, con tantas pérdidas materiales y humanas, uno pensaría que los llamados serían a la unidad, a emprender entre el sector público y privado la atención al desastre en primera instancia, y la eventual reconstrucción en segunda. Se llamaría también, uno supondría, a la sociedad civil organizada, para ser la plataforma para el aprovechamiento de la generosidad y recursos de las familias mexicanas.
Pero igual que con la respuesta a la pandemia de covid, la extracción del petróleo, la comercialización de las gasolinas, la compra y distribución de medicamentos, la generación de electricidad, la conducción de la ciencia y la tecnología… a este gobierno le gusta el monopolio del Estado como respuesta única a todo problema. Si se puede que quede en manos del Ejército y la Marina, tanto mejor.
Para ello, hay que evitar la competencia por el mercado y en el mercado. Estorban las licitaciones, las agencias antimonopolio y sus molestas investigaciones y opiniones, las reglas de acceso abierto, la libertad tarifaria, las normas oficiales mexicanas y otras regulaciones que garantizan el piso parejo. Estorban la transparencia y la rendición de cuentas, los procedimientos de denuncia, la prensa libre y los organismos internacionales. Estorban las leyes y la Constitución misma. Estorba, en definitiva, un Poder Judicial independiente.
Si 350,000 muertes no pesaron en la pandemia de covid para permitir una estrategia público-privada de vacunación, distribución de medicamentos y atención a casos, unas cuantas muertes en Acapulco (AMLO dixit) menos lo harán.
No obstante, no podemos quitar el dedo del renglón de la participación de la iniciativa privada y civil en la distribución de donaciones para aliviar la miseria y desolación que se vive hoy en las zonas por donde pasó Otis. Pero la coyuntura de hacer llegar luz, internet, agua potable, alimentos, medicinas, artículos de higiene personal, ropa y calzado, electrodomésticos básicos, seguridad mínima, a quienes todo lo perdieron, es solo el principio.
Reconstruir la infraestructura residencial, comercial, médica, turística y logística de Acapulco requerirá billones de pesos y años de trabajo. No solo tendrán que participar el sector público y privado. Las instituciones públicas y las organizaciones de la sociedad civil nos tendremos que asegurar de que no se pierda un solo peso en el camino. O bueno, siendo más realistas, que se pierdan los menos posibles.
Para eso, la competencia es una herramienta clave. Licitaciones públicas y concursos privados son la mejor manera de que se asignen al mejor postor de precio y calidad las obras para reconstruir Acapulco y que lleguen los bienes y servicios para recuperar la vida cotidiana del Puerto. El control de concentraciones impedirá que unos cuantos acaparen la economía local. Las investigaciones y sanciones enérgicas debieran al menos disuadir arreglos y repartos en lo oscurito entre supuesto competidores.
Otras herramientas clave son la transparencia y la rendición de cuentas para vigilar que no haya corrupción en esos procesos de asignación ni en la ejecución de las obras.
Lo que hagamos con Acapulco pondrá la muestra. Si logramos competir para reconstruir, enfrentaremos mejor cada desastre natural por venir, pues con el cambio climático no harán más que volverse más frecuentes.