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Opinión

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El fin de una era

Jorge A. Castañeda | Columna invitada

Es comprensible la antipatía que Donald Trump genera en gran parte de la intelligentsia de México y el mundo. Es arrogante, bravucón, dice sinsentidos y carece del gravitas de jefes de Estado de antaño. Sus formas despiertan repudio y muchas de sus políticas, particularmente la migratoria y el actuar de ICE, merecen la más enérgica condena. Pero dentro del caos y las declaraciones incendiarias, vale la pena poner en perspectiva el orden geopolítico actual y adonde nos pueden llevar sus acciones.

En Davos, Carney —primer ministro de Canadá— dio voz a naciones afectadas por las políticas de Trump y capturó la angustia de millones al ver desvanecerse el orden mundial de los últimos 30 años. Tiene razón cuando dice que vivimos un momento de ruptura, no de transición, al ver el fin del orden liberal internacional basado en reglas.

Tras la caída del muro de Berlín, el mundo disfrutó tres décadas de orden liberal internacional: floreció el multilateralismo, surgió la Responsabilidad de Proteger y la Corte Penal Internacional. El mundo avanzaba hacia reglas claras con pesos y contrapesos.

Este orden dio bienes públicos que llevaron a una época de gran crecimiento. El mundo contaba con rutas marítimas abiertas que permitieron que el comercio internacional creciera exponencialmente. Tenemos un sistema financiero sofisticado que ha financiado tecnologías impresionantes y el consumo de millones. Entre los estados, acuerdos de seguridad colectiva y marcos para la resolución de disputas.

Este orden solo fue posible gracias a la hegemonía de Estados Unidos. Más allá de si fue por benevolencia o interés propio, el mundo fue así porque Estados Unidos lo quería. Carney tiene razón cuando afirma que este orden siempre fue "parcialmente falso", operando mediante aplicación selectiva de normas. Los estados poderosos lo ignoraban cuando les convenía, las reglas comerciales se aplicaban subjetivamente, y el derecho internacional funcionaba "con rigor variable, según la identidad del acusado o víctima".

Aunque parece que este orden se derrumba ante nuestros ojos, es un proceso que lleva tiempo y era inevitable desde una lectura realista de las relaciones internacionales.

Estos 30 años tenemos que entenderlos como excepción, no norma. Fue un periodo extraordinario posible únicamente gracias a la hegemonía cultural, económica y militar de Estados Unidos.

Pero hoy, ese mundo ya no existe. No por culpa de Trump u Obama —aunque Siria y Crimea podrían considerarse el inicio del fin—, sino por un proceso histórico inevitable ante el ascenso de China que nos llevó a un escenario de "Trampa de Tucídides".

Este concepto, desarrollado por Graham Allison, describe el peligro estructural cuando una potencia emergente amenaza con desplazar a una dominante. El término proviene de Tucídides, quien describió como inevitable la Guerra del Peloponeso ante el ascenso de Atenas y la reacción de Esparta. Según Allison, en 500 años, de 16 casos en que una potencia ascendente desafió a la dominante, 12 terminaron en guerra. La trampa no sugiere que la guerra sea automática, pero sí que los cambios en el poder global hacen inevitable alguna confrontación.

Ese es el contexto para entender las acciones de Trump. Los aranceles buscan limitar los superávits comerciales chinos. Las restricciones a microprocesadores buscan ralentizar el avance chino en IA. La captura de Maduro es privar a China de energéticos y un aliado en Latinoamérica. Groenlandia es parte de la carrera por minerales críticos y acceso a rutas del Ártico.

Las bravuconerías de Trump son reales y tienen consecuencias. Los vaivenes y amenazas erosionan alianzas y dividen. Pero hay que entender las acciones desde la perspectiva de una potencia hegemónica amenazada. Si estas acciones aceleran el declive americano y ascenso chino o viceversa, está por verse.

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