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Arte e Ideas

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La pelota que no dejó de rodar en los templos mesoamericanos

La exposición fotográfica "Tlachtli: espacio del juego sagrado", de Santiago Arau, se presenta en el Museo Nacional de Antropología como un recordatorio de que, ya sea como un tránsito de los astros que dan vida al universo en el México antiguo, o como el partido llanero del próximo domingo, la pelota en este país no ha dejado de rodar.

Santiago Arau comparte su pasión por el futbol y la fotografía en una muestra que compila los juegos de pelota prehispánicos más emblemáticos. foto ee: hugo salazar

El futbol en México es algo que roza lo irracional. Nos hace despertar de mal humor si la Selección pierde o, si gana, nos llena de una expectativa colectiva que paraliza al país. Sin embargo, esta pasión no es un fenómeno moderno ni meramente comercial; es el eco contemporáneo de un ritual que tiene miles de años arraigado en nuestra tierra.

Con esta premisa inaugura en el Museo Nacional de Antropología la exposición Tlachtli: Espacio del Juego Sagrado. Una muestra organizada por la Secretaría de Cultura y el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) que fusiona la mirada aérea del fotógrafo Santiago Arau con destacados bienes arqueológicos para invitarnos a redescubrir el juego de pelota como uno de los legados urbanos y culturales más profundos de Mesoamérica.

Durante la ceremonia de apertura, autoridades como Claudia Curiel de Icaza (secretaria de Cultura), Joel Omar Vázquez Herrera (director general del INAH), Juan Manuel Garibay López (coordinador nacional de museos y exposiciones) y Antonio Saborit García Peña (director del museo) celebraron cómo la muestra trasciende la coyuntura deportiva para recordar que, en México, la pelota es identidad y comunidad.

La cancha como el verdadero espacio público

De acuerdo con Arau, la cancha de pelota —ayer tlachtli, hoy campo de fútbol— es el corazón indiscutible de cualquier población mexicana. No es solo un lugar de competencia, sino una propuesta cultural y contemporánea sobre cómo nos involucramos con el juego.

"Las ciudades en este país están constituidas básicamente por una estructura: una plaza, una escuela, el edificio de gobierno, un templo religioso y la cancha de fútbol", explicó el fotógrafo.

Desde esta perspectiva, la cancha se consolida como el espacio público por excelencia. Es el sitio donde se instala el tianguis, donde se celebran conciertos, donde los niños estrenan sus bicicletas un 6 de enero o donde simplemente se pasea a los perros. Un territorio común que une el pasado prehispánico con el México de hoy.

Como bien destacó la secretaria de Cultura, Claudia Curiel de Icaza, los mexicanos hemos hecho "nuestro propio mundial". El símbolo de la pelota en México ha trascendido por completo lo comercial: "Nos diferenciamos por ser el triunfo cultural de la Copa. Tenemos miles de años de historia y los mexicanos nos involucramos desde otro lugar en la fiesta; tenemos arraigada otra manera de vivir la vida a través de los rituales y la colectividad".

La narrativa de Santiago Arau

La exposición se compone de un diálogo visual donde la arqueología excava el tiempo y la fotografía con drones de Arau devela el territorio. En un recorrido guiado, el propio autor relató cómo este proyecto nació de su propia obsesión futbolera en el Estadio Azteca y cómo, al elevar su cámara, descubrió que la pasión habitaba en los lugares más insospechados.

La cámara de Arau se posa en los campos de tierra en Santa Úrsula Coapa, hasta el impresionante volcán Teoca en Xochimilco, que resguarda una cancha de futbol dentro de su cráter, pasando por las playas de Guerrero y Sinaloa, los patios de las escuelas, las comunidades de Oaxaca y Chiapas —con icónicas postales de mujeres zapatistas jugando— e incluso en los reclusorios del país.

Al contrastar estas imágenes contemporáneas con las zonas arqueológicas desde el aire, la estructura en forma de "H" de los antiguos tlachtlis reveló la misma importancia urbanística.

Un recorrido arqueológico milenario

A través de los muros de la Sala de Exposiciones Temporales del recinto, Arau conduce al espectador por rincones fundamentales de nuestra historia como Chichén Itzá, que para el fotógrafo es "el Estadio Azteca de los juegos de pelota", por la monumentalidad de sus taludes y sus palcos aledaños destinados a la nobleza. Por otro lado está Uxmal y Chalcatzingo, evidencias de cómo, sin importar si eran mayas u olmecas, el juego de pelota era el motor central de la planeación urbana.

En su paso por el Tajín y La Quemada, el primero, impactante por albergar múltiples canchas en un mismo espacio; el segundo, ubicado en la frontera norte (Zacatecas), demostrando que el culto a la pelota unificaba climas de selva y desierto.

La muestra se remonta incluso al probable origen del juego de pelota, más allá de los tiempos mesoamericanos. Una pintura rupestre que representa a un jugador, plasmada en el sitio arqueológico de Arroyo Seco, Guanajuato, datada entre 7,000 a.C. y 400 años d.C, así lo constata.

La jugadora huasteca y la pelota de hule

Acompañando a las 24 fotografías de distintos formatos, la exposición exhibe piezas arqueológicas únicas que complementan esta cosmovisión. El punto focal de la sala es la Jugadora de Pelota Huasteca, una escultura femenina excepcional hallada en Veracruz que porta un yugo en la cintura, rodilleras y sostiene una cabeza trofeo. Esta pieza testifica el alto rango social y el papel activo que tenían las mujeres en estos rituales sagrados.

Asimismo, se exhiben yugos, palmas y pelotas de hule que han sobrevivido al paso de los siglos. Destaca una pieza elaborada por artesanos con la técnica tradicional en La Tebaira, Sinaloa, cuyo proceso ha resistido más de 3,000 años de historia y prohibiciones coloniales.

Tlachtli: espacio del juego sagrado

  • Museo Nacional de Antropología  (Av. Paseo de la Reforma y calzada Gandhi, Polanco, Ciudad de México).
  • Del 2 de julio al 2 de agosto de 2026.
  • Autor/Fotógrafo: Santiago Arau.
  • Entrada gratuita (El acceso a las salas del museo tiene costo de $95 con las excepciones de ley, excepto los domingos, que es gratuito para nacionales y residentes con documento).

Periodista de ciencia en la sección Arte, Ideas y Gente de El Economista. Cuenta con maestría en periodismo sobre Políticas Públicas por el CIDE y es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la UVM.

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