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Arte e Ideas

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Gabriela Ortiz estrena "Revolución Diamantina" en el Palacio de Bellas Artes

Este fin de semana, 4 y 5 de julio, sonará en el máximo recinto de las artes la pieza inspirada en la protesta feminista de 2019 en Ciudad de México; "la indiferencia no es una opción en un país feminicida cuyo Estado abandona a las mujeres", dice la compositora del tema que ganó cuatro premios Grammy.

Gabriela Ortiz, compositora mexicana.Cortesía.

Un baño inofensivo de diamantina rosa causó más indignación en el gobierno de la Ciudad de México que la agresión grupal por parte de policías que provocaba las protestas en aquel agosto de 2019. Las mujeres estaban hartas y no faltaban motivos: de nada servía el discurso de una mujer en el poder si los policías no las cuidaban, las violaban.

Al escuchar que esa fue la inspiración de Gabriela Ortiz para componer "Revolución Diamantina", la curiosidad por saber cómo se musicaliza un levantamiento social me atrapó. Escuché la obra y me sentí de nuevo en aquél sofá desde el que transmitía la cobertura del 8M hace unos años. En campo, el fantástico trabajo de Eleane Herrera Montejano desnudaba a la “ciudad innovadora y de derechos” dirigida entonces por Claudia Sheinbaum. La primera mujer presidenta, cuando jefa de Gobierno, negaría después que las bombas que mi otrora colega inhaló eran gas lacrimógeno a pesar de que los testigos las tuvieron en las manos.

Me recorre lo narrado por Herrera, pero a ellas las atraviesa lo vivido. A ellas las consume vivir con miedo, están hartas y han decidido tomar cartas en el asunto.

Ortiz, por ejemplo, ha perpetuado el recuerdo de aquella marea rosa de diamantina que hizo enojar a un funcionario ineficaz mientras impulsaba a las mujeres a ejercer la digna rabia mediante la protesta. Ni la diamantina de entonces ni la música de ahora son símbolos menores: esta última gana premios de relevancia global —haciendo eco de la revolución— y la primera habita permanentemente el imaginario colectivo.

Ortiz, al otro lado del teléfono, me dice que la indiferencia no es una opción en un país feminicida cuyo Estado abandona a las mujeres. Le ha impactado la respuesta: no esperaba el enorme cobijo que ha tenido Revolución Diamantina, mucho menos cuatro Grammy (incluyendo el Grammy Latino) para una obra de protesta.

La música es preciosa. Por eso digo que traslada. Cualquiera que haya salido a marchar encontrará su voz gritando en Revolución Diamantina, sus pasos temerosos en principio pero renovadamente fortalecidos al sumarse al eco de voces que exigen “Ni una más”; aunque reitera no querer ser ella quien describa su creación, Gabriela Ortiz ha logrado retratar la esencia de una revolución que hoy le da voz a las que resisten, a las que no olvidan, a las que nos faltan.

Ortiz admite cambios y progresos, sí, pero señala el camino que nos falta por recorrer. Concede que la “música académica” ha abierto espacios históricos para ellas, aplaude el recibimiento que tuvo la obra con una temática tan absurdamente polémica (el calificativo es mío porque no concibo, como seguro le pasa a quien lee, que se ponga a debate el respeto a la vida y derechos humanos de las mujeres en pleno siglo XXI).

La producción de Urtext que pone Revolución Diamantina en mi agenda es tan fantástica como congruente: la batuta la llevan ellas. De nuevo tenemos un acto potente que no pasa desapercibido aunque pudiera calificarse de simbólico al elegir sólo mujeres para el elenco.

Es también genial que sea el Palacio de Bellas Artes donde el público mexicano podrá presenciar por primera vez la Revolución Diamantina el próximo 4 y 5 de julio. El coloso de mármol es, además del recinto de mayor relevancia nacional, un testigo histórico de las exigencias de las colectivas feministas.

La Revolución Diamantina no sólo merece los premios y las reposiciones posibles, las escuchas y las menciones: requiere manos, bocas, voluntades para exigir un alto, una vida libre de violencia y los urgentes abonos a la histórica deuda que acumulamos con las mujeres.

De tal suerte que perderse la Revolución Diamantina sería perder una oportunidad para presenciar la historia.

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