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Vuelve Amenábar con la portentosa Ágora
Alejandro Amenábar presenta una megaproducción, de escalas sorprendentes, bien cuidada en los detalles, protagonizada por Rachel Weisz.
Cuando uno termina de ver Ágora siente que ha visto una buena película: es el efecto Hollywood. Hay mínimo dos maneras de leer esta película: la ruda y la blanda.
Si nos quedamos con la segunda basta decir que es una película que lo entretendrá de principio a fin y que resuelve una historia que busca ser abarcadora de una manera convincente, apoteósica y muy humana, además de ser una precisa crítica a las religiones, al menosprecio a la filosofía, los libros y el conocimiento (de manera un tanto anacrónica se relaciona la historia central con la caída de la Biblioteca de Alejandría que contenía el saber de la antigüedad, luego perdido para siempre).
Ahora bien, si nuestra lectura es un poco más exigente, cuando uno reflexiona un poco sobre lo que ha visto en la pantalla no encuentra los argumentos que la harían una buena película. Pero ¿no habíamos dicho ya que se siente como si hubiéramos visto una buena película? ¿Esos argumentos, nos los robaron? ¿Sólo se trato de estímulos?
Por otro lado, ¿es esta una película histórica del tipo péplum (aventuras en el antiguo mundo griego o romano), una historia de amor, una crítica hacia las religiones, una obra filosófica? O es más bien todo eso y nada. Nos quedamos con esta última posibilidad.
Ágora es una película interesante pero no es seria; Ágora es una megaproducción, de escalas sorprendentes, bien cuidada en los detalles, pero sin alma, sí, sin verdadero peso interior, sin esa gravedad astronómica a la que, en tanto temas de astronomía, se alude en repetidas ocasiones.
Ágora es un intento de crítica cultural pero no va al fondo. Ágora es un nombre más a la lista de un currículum de prestigio como el de Amenábar o el de la estupenda actriz Rachel Weisz.
Ágora no será un éxito de taquilla. Tristemente. Porque si existe un personaje femenino fascinante de la antigüedad clásica es ni más ni menos que el protagónico de esta cinta: la filósofa, matemática y astrónoma Hypatia (Weisz), quien vivió en la hoy casi mítica ciudad de Alejandría (en Egipto) alrededor de los años 370 y 420 d.C. y que gracias al favor de su padre, un importante filósofo y maestro de la época, pudo hacer lo que ninguna otra mujer de su tiempo: estudiar, aconsejar y ser independiente.
Tomó ante el conocimiento una actitud casi monacal en su vida. Nunca se casó. Pero cuenta la leyenda que era de una belleza exquisita. Su padre quiso hacer de ella un ser humano perfecto . Sí: tristemente Ágora no transcenderá mayormente la versión cinematográfica de la vida de Hypatia, porque el guión nos presenta a una heroína diluida de afectos, sin espontaneidad ni zonas oscuras del alma (que no por oscuras son malas).
Y nos brinda, más bien, la caricatura de una mujer interesante: se la sacraliza con exageración y se la vacía de pasiones carnales aunque se la presenta como una fémina obsesa por la verdad y el conocimiento, una atea cuya religión es la filosofía: gran contradicción, sobre todo para los filósofos del mundo antiguo para quienes el instinto humano era tan valioso (en tanto terreno de experimentación) como la razón. Los escenarios son majestuosos. Los efectos, impecables. Las actuaciones del elenco restante cumplen a cabalidad con lo que se exige a sus papeles.
Falta un conflicto: esto parecería contradictorio porque en aquel momento en Alejandría, en tanto contexto, sí que había conflictos: las religiones judaica, cristiana y pagana coexisten pero muy a regañadientes en la ciudad hemisférica romana, indirectamente se disputan la plaza y finalmente sucumben ante el poder de la ambición, la intolerancia y el fanatismo.
Pero no hay conflicto porque no hay algo que desenredar en la película. No existe un problema vital en Hypatia.
Sí parece que lo hay con su enamorado esclavo Davo, personaje ficticio que contra los registros históricos de la filósofa, en la película funciona para darle un giro romántico y una muerte digna a Hypatia cuando en realidad su asesinato fue una terrible ignominia: fanáticos cristianos la descuartizaron con conchas de mar y luego la pasearon por toda Alejandría arrastrada por un carruaje (como Aquiles paseó a Héctor luego de darle muerte).
La mayor aportación de la película es echar luces sobre esa mujer interesante que (esto sí es aportación de la película) tuvo más pantalones que los hombres que la rodeaban: sí, esos que hacen acuerdos de paz para luego romperlos o que negocian en lo oscuro, esos seres cuya debilidad es evidente cuando se trata del dolor de la carne o del dolor del ego.
Lo único malo es que la fuerza de Hypatia reluce en la película más por la debilidad de los hombres que por su propio arrojo. Esa es la deuda que deja Amenábar luego de rodar esta cinta atrevida, al menos en el papel.
aflores@eleconomista.com.mx
KLM