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Arte e Ideas

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Ramón Vargas, la alergia y los abucheadores a sueldo

Vargas tuvo que interrumpir su actuación, pero Ordoñez hizo buen papel sustituyéndolo. Además, regresa la tradición de los claqueurs, abucheando con dedicatoria. ¿Fuego amigo?

Impecable actuación del gran tenor Ramón Vargas... Bueno, hasta donde duró, porque antes de que iniciara la segunda escena del acto tercero informaron que el cantante que hacía el papel de Manrico en la ópera Il Trovatore de Verdi había sido afectado por una alergia y ya no podía seguir cantando esa tarde (domingo 29 de junio) en Bellas Artes. Su lugar lo ocupó como emergente José Luis Ordoñez.

Naturalmente que la ópera continuó, pero ya no fue lo mismo. Porque en el arte no funciona eso de que no es lo mismo, pero es igual . El problema se había iniciado minutos antes mientras Ramón Vargas interpretaba un aria hacia el final del segundo acto, momento en que escuchamos un sonido extraño en la emisión de su voz; extraño para un cantante de su nivel. Después se dio el enuncio de que el tenor ya no saldría.

De este modo, la noche del domingo la estrella fue la música de Verdi con su vitalidad, ritmo, belleza y contundencia. Por supuesto, además de esta estrella tuvimos más: a los rumanos George Petean (barítono) y la mezzosoprano Elena Cassian, quienes se llevaron los máximos aplausos junto con la soprano Joanna Parisi. Los tres fueron despedidos con aclamaciones de reconocimiento a su trabajo por un público que abarrotó la sala principal.

En cuanto el tenor sustituto, José Luis Ordoñez (Manrico), hay que decir que entró a la obra un tanto frío... Y peor aún: tenía unos minutos de estar en el escenario cuando le tocó enfrentar una pieza de gran complejidad técnica, Di quella pira (De aquella hoguera...), la que, no obstante, acometió con solvencia aunque sin el carisma de Vargas.

George Petean, por su parte, brindó un memorable Conde de Luna con esa voz rotunda, oscura, llena, poderosa. Elena Cassian (Azucena) es una mezzosoprano de voz acerada, filosa, agradable. Aunque no alcanzó a lucirla totalmente esa noche, quedó muy claro que su canto era expresión de la venganza. La gitana Azucena es un papel muy complicado y cada vez me convenzo de que este personaje es el verdadero protagonista de la historia, el que comporta el peso de la acción dramática.

Joanna Parisi atacó muy bien las notas altas y mantuvo su zona media bien trabajada con elegancia y gracia, aunque con algunos problemas en las bajas, por ejemplo cuando canta S’amor sull’ali rosee (En las alas rosadas del amor). Cumplió con los sobreagudos que la obra exige para una soprano. Además, Joanna maneja bien su vibrato y tiene una agradable presencia escénica, personalidad y vena actoral.

El coro funcionó admirablemente bien. Fue el que mantuvo el ímpetu y la fortaleza que demanda Verdi para esta ópera. El Coro de los Herreros fue admirable. Aquí lo único que se puede reprochar es que escondieron a los herreros y solamente se vio a lo lejos tres tristes martillos subir y bajar sobre el metal. Otro gran problema del Coro, pero no achacable a ellos, sino a la dirección escénica, es su amontonamiento en el escenario, lo que llega a cansar. Aquí ocurre una lamentable falta de imaginación de los directores para que estos gitanos desarrollen actividades propias del momento representado, que no necesariamente son de sexo y violencia, que es como se prejuzga a ese pueblo.

CLAQUEROS EN PALACIO

Sólo un incidente empañó el final de la función del domingo: un grupo de individuos comenzaron a abuchear a Joanna Parisi. Primero estaban un tanto tímidos y luego abuchearon fuerte (aunque no pasaban de 10). Sus buus sonaban tan infantiles que al final pensé que tendríamos un coro de recórcholis , caracoles , maldición , propios de una generación que se formó con caricaturas gringas. Ser claqueur es un oficio viejo y mal visto (en la Ópera de París ya había desde el siglo XVI).

Lo peor es que en Bellas Artes abucheaban a Joanna Parisi no por su desempeño como cantante, sino por ser amiga de Ramón Vargas. El punto es que los claqueurs (entre los que había gente del Imer) carecen de respeto por la dignidad de una mujer que sólo busca trabajar (¿dónde están las feministas?), a la que acusan de todo sin más pruebas que sus prejuicios y su propia moralina. Ése es el punto y ése es el nivel de la ópera mexicana: un nivel muy bajo y cobarde de quienes quieren dar clases de ética profesional. Pero lo más grave de todo es que los claqueurs se instalaron en Luneta 2, entre las filas M y N, boletos otorgados generosamente por el INBA. Lo que es un indicio (junto con las fotos y los chismes) de que los ataques a Ramón Vargas tienen el sello del fuego amigo .

ricardo.pacheco@eleconomista.mx

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