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Arte e Ideas

Lectura 4:00 min

La depresión, ?esa gran desconocida

Su cerebro, otrora de genio, se volvió en el de un idiota incapaz de darle órdenes precisas al cuerpo.

¿Alguna vez ha pensado en suicidarse?

No una, muchas.

Entonces el neurólogo, quien ostentaba maestrías y doctorados en varias especialidades médicas, le recetó ciertas pastillas cuyos nombres no recuerda.

A los dos o tres días, el mal sueño se convirtió en pesadilla: le daba terror hacer o hacerse cualquier daño. Perdió el control de su cuerpo que, otrora flexible, se transformó en algo metálico, rígido, frío. Babeaba y casi no podía comer.

Le habló por teléfono al doctor, quien le dijo que no se preocupara.

Las molestias son efectos secundarios de los medicamentos. En una semana se le pasarán.

Se agudizaron.

Ahora sí estaba dispuesto a quitarse la vida, pero no podía. Su cerebro, otrora de genio, se volvió en el de un idiota incapaz de darle órdenes precisas al cuerpo. Fue a ver al galeno varias veces para que le diera algo contra el malestar. Hoy lo sabe: le inyectaba morfina. En la tercera o cuarta cita, amaneció en un hospital, en una habitación cercana a la zona de enfermos mentales. Luego supo que su padre se negó a que lo metieran en la casa de la risa.

A los tres días salió del nosocomio con el supuesto de que su condición había mejorado, aunque no le quitaron las pastillas. Pero su estado emocional, otrora mágico, se trastocó en la certidumbre de que el doctor le daba veneno para locos peligrosos y, eso, a la postre, lo estaba matando.

En la última cita, el neurólogo le entregó a su padre una receta para que lo internaran en un manicomio; además, largó un discurso sobre el porqué eso era lo mejor para el paciente y la familia.

Todavía recuerda las palabras de su progenitor:

Mire, doctor, mi hijo siempre ha sido muy inteligente. Esa decisión sólo la puede tomar él y volviéndose hacia el enfermo, preguntó : ¿Tú, qué dices?

Que este farsante respondió, señalando al médico vaya a chingar a su madre. A mí no me recluye en ninguna parte.

Ya lo oyó, doctor comentó el padre y le dio las gracias al tipo.

Una vez en el auto, su progenitor le dijo que él lo curaría.

Lo primero que hay que hacer es desintoxicarte. Luego haremos todo aquello que te gusta.

Al día siguiente, lo despertó a las siete de la mañana para ir al club. La terapia consistía en correr varios kilómetros, meterse al vapor, bañarse en regadera de presión con agua fría, desayunar como salvaje, ir a la librería a comprar libros, comer en algún restaurante y, por la tardes, meterse al cine. A veces en lugar de correr, nadaba; en vez del cine, iba al teatro.

A la semana el hijo pidió clemencia y su padre se la otorgó. Enfermo, decidió dejarse morir. No salía de su habitación. Sólo dejaba que lo visitaran su novia, su hermano, un amigo y una amiga. No sabe cuántos kilos bajó; fue perdiendo el habla; le acosaban las sensaciones desconcertantes, todas desagradables.

UN DÍA, SIN EMBARGO, SU MADRE LE DIJO:

Mijito, ¿déjame hacerte una cita con mi doctor? Tal vez tengas lo mismo que yo.

Él se encogió de hombros. Ni siquiera la entendía. El nuevo psiquiatra, de entrada, puso una cara extraña cuando se enteró qué medicamentos le había recetado el neurólogo. Luego le comentó que lo que padecía no era grave, aunque sí peligroso: depresión. Ni siquiera bipolar. Y en cuestión de semanas, con unas cuantas pastillas, le equilibró la química cerebral y desaparecieron tanto los pensamientos suicidas como las sensaciones desagradables.

Esta historia, que sucedió hace un cuarto de siglo y que se puede escribir en primera persona, se me vino a la mente cuando leí que Robin Williams se había suicidado.

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