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Arte e Ideas

Lectura 4:00 min

Desafiar a los dioses

¿Qué tiene que decirnos hoy el gran clásico del teatro griego?

Antígona es la historia de una resistencia. El clásico se Sófocles cuenta la historia de la estirpe maldita de Edipo. Los hijos deberán cargar con el destino aciago de su padre: morirán de maneras tristes e injustas.

Está Eteocles, el hijo mayor de Edipo, heredero del trono de Tebas, quien ha de morir a manos de su hermano Polinices en una rebelión intestina por la corona de la ciudad sobre la que reinó su padre.

Eteocles y Polinices se matan el uno al otro, cumpliendo así su sino trágico. Creonte, que se convierte en rey a la muerte de Eteocles, llama traidor a Polinices. El castigo: que el cadáver del traidor no sea enterrado ni tenga rito fúnebre alguno; se le deja a los perros, a los buitres, a los gusanos.

Y entonces, la resistencia. Antígona, hermana de los príncipes desgraciados, desafía la orden de Creonte y entierra a Polinices. Lo hace cumpliendo una ley superior a la ley de los hombres, lo hace entregándose a los dioses; la tradición, la conciencia.

Creonte la condena a morir apedreada, pero antes Antígona muere por su propia mano en un último acto de libertad.

En el Teatro Juan Ruiz de Alarcón se presenta una versión de Antígona, adaptada por David Gaitán, que también ejerce de director; una versión que pregunta qué tiene que decirnos hoy en día el clásico griego. Eso: ¿qué significa hoy en día la negativa de Antígona a romper con el mandato de los dioses?

El juicio de Antígona

La obra de Gaitán comienza con un discurso. Sabiduría (Haydeé Boeto), una ciudadana preocupada, dirige sus palabras a los tebanos. Hemos estado invadidos por el melodrama, dice, por el pensamiento que todo lo ve blanco o negro. A Antígona ha de juzgarla la razón, la mente que sabe dilucidar toda la complejidad del caso.

Creonte (Adrián Ladrón) es el rey y también es un niño mimado. Ladrón lo interpreta en toda su monstruosidad: un dictador que se burla de la petición de Sabiduría pero al mismo tiempo la acepta por diversión. Antígona (Marianella Villa), su hermana Ismene (Ana Zavala) y Hemón (Alan Uribe), su amante, se someten a un duelo de argumentos contra los caprichos de Creonte.

¿Qué es superior, la ley de un rey o la ética? Enterrar al cadáver de Polinices, presente siempre al fondo del escenario, atiende un mandato superior, profundamente compasivo. Entendemos a Antígona y nos ponemos de su lado.

Pero como pide Sabiduría, esto no se trata de villanos contra héroes. Tal vez enterrar a su hermano no es más que una ocurrencia autodestructiva de Antígona, un viaje de ego de alguien que piensa que pesan más sus creencias que el consenso democrático que, aparentemente, representa Creonte y su eterna capa azul de chinchilla.

La obra de Gaitán le hace honor a la pieza de Sófocles. Pone las cartas sobre la mesa: en una democracia importa tanto el consenso como el disenso. En un Estado justo hay debate, no caprichos de los poderosos. ?Al final Antígona se convertirá en un símbolo para una generación en contra del tirano. Es un levantamiento en contra de la simplificación de la verdad impuesta de manera unilateral. ¿Logra la pieza de Gaitán explicar esa necesaria complejidad? En realidad la obra se queda corta y pierde cierta fuerza hacia su final, cuando la protagonista se convierte en un estandarte al estilo de Juana de Arco.

No es una obra perfecta, esta Antígona, pero no deja de ser un ejercicio interesante, bien actuado y entretenido. Es, como dice Luis Mario Moncada en el texto del programa, un teatro que mira hacia delante. ?Y, para hacerlo, reinventa un clásico. Bien por David Gaitán y todo el reparto.

Teatro Juan Ruiz de Alarcón.

?Insurgentes Sur 3000, ?dentro del Centro Cultural Universitario?

Miércoles, jueves y viernes, 8 de la noche. Sábado, 7 pm. Viernes, 6 pm

concepcion.moreno@eleconomista.mx

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