De acuerdo con los datos de la Encuesta Nacional de Ingreso y Gasto de los Hogares (ENIGH), realizada por el Inegi, en 2020 los deciles VIII, IX y X —los de mayores ingresos en México— aumentaron su participación como beneficiarios de las transferencias de recursos federales: proporcionalmente, los avances fueron de dos puntos para el decil VIII (de 8 a 10%), de 4 puntos para el decil IX (de 5 a 9%) y de 4 puntos para el decil X (de 4 a 8%). En total, estos tres deciles se benefician de casi 30% de los recursos destinados para programas sociales de atenuación de la pobreza.

¿Cómo entender esta distribución del gasto que se aleja de sus objetivos como paliativo de la pobreza? Dos ejemplos concretos son el programa Sembrando Vida, que ofrece incentivos a campesinos y agricultores para plantar árboles como estrategia de reforestación, y el programa Jóvenes Construyendo el Futuro, que ofrece un estímulo económico para que jóvenes y recién egresados se integren a una empresa en un programa de pasantía.

Pero ni Sembrando Vida ni Jóvenes Construyendo el Futuro apuntan con precisión a sus objetivos prioritarios: Sembrando Vida se dirige a una clase media rural que cuenta con las 2.5 hectáreas mínimas necesarias para acceder al estímulo, a diferencia de la mayoría de los campesinos, pobres con menos de una hectárea de propiedad.

Algo parecido ocurre con Jóvenes Construyendo el Futuro, un programa universal que no considera el nivel socioeconómico de sus beneficiarios. Y justo por esto, la mayoría de los beneficiarios son jóvenes que han tenido la posibilidad de acudir a la Universidad, a diferencia de los jóvenes de familias pobres.