Durante un año, Mariana de siete años de edad necesitó alrededor de 100 transfusiones de sangre, ya que de un día a otro su vida cambió cuando los médicos le diagnosticaron que padecía anemia aplásica; del total de transfusiones, su familia logró conseguir 30 donadores, en su mayoría familiares.

Mariana es recordada como una niña guerrera que durante todo el tratamiento mantuvo la esperanza y alegría para recuperarse, y su mamá Judith Torres, además de las múltiples hospitalizaciones y tratamientos, tuvo que enfrentar la falta de donantes altruistas, ya que en ocasiones Marianita, como la llama Judith, requería de hasta tres transfusiones de sangre o plaquetas por semana.

Debido a su enfermedad, el cuerpo de Mariana dejó de producir la cantidad necesaria de células sanguíneas nuevas, por lo que aumentó la propensión a infecciones y sangrados descontrolados.

“Yo me di a la tarea de conseguir donadores junto con otros padres de niñas y niños con cáncer, pero es muy difícil que la gente quiera donar. A veces las personas no tienen conciencia y es difícil hacer que comprendan que una donación puede salvar muchas vidas. A mi hija si no le ponían las plaquetas se desangraba, fue muy complicado”.

Después del fallecimiento de Mariana, Judith acudió al hospital en el que trató a su hija y preguntó sobre las donaciones que no logró reponer al banco de sangre.

“Me acerqué a donar este año, pero por su muerte mi salud se vio afectada y no pude; me quiero recuperar y ser donadora altruista”, concluyó.

Otra historia es la de Karla Venegas, quien a los cinco años recibió por primera vez una transfusión sanguínea debido a una insuficiencia renal. Meses después fue ingresada a la lista de espera para el trasplante de un riñón. En su caso, su mamá fue quien le donó el órgano en principio ya que tuvo que ser sometida a un segundo trasplante de riñón y fue su amiga quien se lo donó.

“Desde donar un poco de sangre que es un piquete, no quita ni dos horas, se pueden salvar muchas vidas, pero cuando donan un órgano, yo como receptora puedo decir que es de las acciones más bellas, humanas y de hermandad que existe”.

marisol.velazquez@eleconomista.mx