Por fin, apenas dos días más para el cierre de campañas. Llevamos desde el 8 de septiembre del año pasado en la misma danza electoral, ¡más que un embarazo! Si las campañas de 1982, 1988 y 1994 fueron igual o más largas, no sé por qué este proceso electoral 2018 se me ha hecho el más largo de mi vida. Quizá porque las precampañas y el periodo de intercampañas se suman a la campaña en sí. A lo mejor es que siento que la campaña ha durado al menos 13 años, desde el 2005.

López Obrador es el eterno candidato que, en breve, si no ocurre algo extraordinario, dejará de ser émulo de don Nicolás Zúñiga y Miranda, el sempiterno rival de Porfirio Díaz, y ganará en las urnas lo que dice le arrebataron en el 2006, lo cual, honestamente, sí creo que sucedió como lo asegura el Peje.

Las encuestas de encuestas, hasta la semana pasada, ubican a AMLO por sobre 45% y a Anaya, su más cercano competidor, en poco más de 27%, mientras Meade anda por 19.5 por ciento. Los rumores de que Meade había sobrepasado en intención de voto a Anaya parecen exagerados, pero no resultan del todo inverosímiles, debido a la difusión del concepto del voto útil. Quiero ser clara: yo no sé si Meade ya logró rebasar a Anaya; las encuestas de encuestas dicen que no, pero como las encuestas sólo reflejan intención y no el voto emitido, podría suceder un escenario de esa naturaleza, en la que la definición del segundo lugar sería el motivo del conflicto poselectoral, no la victoria del puntero.

No obstante, hay un escenario que me preocupa más, relacionado con el voto útil. Sucede que hay un insistente llamado en las redes sociales para votar por quien vaya en el segundo lugar, a fin de evitar el triunfo de López Obrador. Existe, entre ciertos grupos sociales, la esperanza de que el voto útil sea suficiente como para impedir que AMLO sea presidente de México. Un nutrido grupo considera que su eventual gobierno sería catastrófico en todos sentidos, especialmente en el aspecto económico. A mi juicio, el problema estará básicamente en la libertad de expresión, porque en el tema económico, López Obrador tiene límites, producto de las alianzas que ha formado, especialmente con Ernesto Zedillo y su grupo, los cuales son la única puerta que posee para llegar hasta los circuitos financieros internacionales. 

Mucha gente tiene la falsa idea de que el voto útil es la solución, pero un cálculo más sereno nos indica que no es así, y que este llamado puede tener consecuencias poselectorales funestas para la consolidación de los equilibrios para la reconfiguración del sistema político mexicano.

Se percibe difícil que los seguidores de Anaya pudiesen en algún momento votar por Meade o viceversa. El encono es tan grande que se antoja punto menos que imposible que después de tantas acusaciones y amenazas entre ambos pudiera darse una entente cordiale, una segunda vuelta virtual como lo proponen en varios videos que pululan por las redes sociales. Sería remoto que el pragmatismo cobre preeminencia, y alguno de ellos decline en favor del otro.

Pero suponiendo que una buena franja de ciudadanos decida dar su voto al segundo lugar, independientemente de sus preferencias ideológicas personales, el problema será saber quién es el segundo lugar real, porque ya en estos momentos, unos y otros juran y perjuran que sus números les favorecen. Eso, además de confusión, generará expectativas entre los seguidores de ambos candidatos y probablemente entre los indecisos. El pleito poselectoral sería en torno al segundo lugar. Pero, ¿qué tal si el que es el segundo lugar aparece como tercero y negocia como tal, no siéndolo? Dicho de otro modo, con el voto útil, el segundo lugar puede que no sea el segundo, pero logrará tener una fuerza artificial para enfrentarse a quien gane, pero sin realmente representar a todos los que dice.

De los candidatos, el que más odio suscita es López Obrador. En parte son los años de campaña y en parte son sus propios defectos, sus inconsistencias y doble rasero. Acabamos de ver un ejemplo bochornoso: la defensa que AMLO y sus huestes hicieron del uso indebido de recursos públicos efectuado por la senadora Layda Sansores, que gastó dinero del Senado para comprar muñecas, cortinas y tinte para pelo. Hemos sido testigos del doble rasero con el que López Obrador juzga las acciones de los suyos y de quienes considera son parte de la “mafia en el poder”.

Ni Anaya ni Meade suscitan cada uno por separado ese odio visceral que anima a todos los anti-Peje, pero ese desprecio no me parece suficiente como para que se consolide el llamado voto útil que derive en una elección tan cerrada como la del 2006. Y eso hay que añadir el culto a la personalidad de AMLO ejercida por los llamados “chairos” que no ven más allá de los que su líder les indica, porque, efectivamente, la adhesión a López Obrador parece cobrar tintes pararreligiosos como ya lo decía Enrique Krauze en su texto de junio del 2006, publicado en Letras Libres: “López Obrador, el Mesías tropical”.

En el hipotético escenario de que se dé una elección cerrada, con menos de cuatro puntos entre el puntero (López Obrador) y el segundo lugar (Meade o Anaya, cualquiera de los dos, indistintamente), gracias al voto útil, la crisis poselectoral será de pronóstico reservado, porque más allá del voto, los intereses de los grupos de presión tenderán a impactar sobre la opinión pública y ésta, a su vez, en la población inconforme con el resultado de las votaciones, que sospecho que va a ser bastante.

Sabemos que el sector empresarial apoya a Anaya por sobre Meade y López Obrador, y son los principales impulsores del voto útil, ante la falta de una segunda vuelta electoral —misma que habría que incluir en una reforma electoral posterior, junto con la revocación del mandato, así como la inclusión explícita y clara de figuras de consulta ciudadana directa como el plebiscito y el referéndum—; el problema es que en este escenario electoral concreto, el voto útil podría enredar más el asunto, y propiciar que el ganador, AMLO en el escenario tendencial, busque aplastar a la oposición y que la escena política tenga más semejanza con el modelo venezolano.

El voto útil debe estar dirigido no al Ejecutivo, sino al Legislativo para que los equilibrios del sistema jueguen en favor de la ciudadanía, poniendo diques a las malas decisiones. Es la acción legislativa y el peso de los gobiernos locales lo que debe poner en su sitio al Ejecutivo federal en el marco de la legalidad republicana.

En perspectiva, a pesar de su largura, éste ha sido el periodo electoral más interesante de los 30 últimos años, y el que más nos ha confrontado con dos preguntas básicas: ¿de dónde venimos? y ¿hacia dónde vamos? Hace falta un cambio de régimen, aunque es poco probable que suceda. Lo importante es contar con un Legislativo con mayoría distinta al Ejecutivo. Huyamos del presidencialismo de carro completo; crezcamos como ciudadanía en este cierre cardiaco.