Nasario y Lily, habían traído a la niña, su hija, de España. Esa era la verdad oculta que rodeaba su vida. Una verdad que había sido celosamente apartada de Ligia, y una vez que logró escapar a la superficie, desató una nueva dinámica de vida. Una verdad que le cambió la vida y que le hizo cuestionarse sobre sí misma.

Ligia Ceballos Franco a veces se cuestiona ¿qué dejó de ser para ser quién es ahora? Una reflexión que no quiere negar en absoluto su personalidad o las vivencias durante el tiempo recorrido en esta tierra, pero que debido a la historia de su vida, se convierte siempre en la posibilidad latente de haber tenido una vida completamente diferente.

Después de acomodarse con la mano parte de su cabello detrás de su oreja derecha, junta sus manos y las reposa sobre la mesa; respira profundo sin llegar a ser un suspiro y mira sus manos de manera reflexiva, aunque no por mucho tiempo. Al parecer es un cuestionamiento que de cierta forma ha estado presente, durante los 15 años que ha dedicado a la búsqueda de su verdadero origen.

Lily, un mote que tomaron las personas cercanas a ella de la forma cariñosa en la que su madre se refería a ella y a sí misma, se percibía como una mujer mexicana que siempre sintió una pertenencia con otro lugar, fuera de la Ciudad de Mérida, Yucatán. Fuera de este país.

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Lily no supo que había sido adoptada hasta que un día su ex esposo se lo hizo saber, pero de alguna forma, aunque sí fue un momento sorpresivo que le cambió la vida, la respuesta hizo sentido en aquella percepción de falta de pertenencia que no la abandonó y que comenzó desde niña, sólo para volverse más grande con el paso del tiempo. Todo el mundo sabía que yo era adoptada, aunque nunca me lo hicieron saber. Mis padres fueron gente muy querida dentro de la sociedad de la Ciudad de Mérida y por supuesto heredas un poco la ese aprecio que se le tiene a tus padres, sólo un detalle: yo nunca me sentí pertenecer a esa sociedad, ni a esa ciudad .

Antes de saber que no había nacido de los que consideraba como sus padres biológicos, Lily tenía una historia y un lugar en la sociedad de esa ciudad de Yucatán como nieta de Agustín Franco Aguilar, ex gobernador del estado. Pero su origen no era la capital del estado, sino a 8,181.74 kilómetros de distancia, en la capital de España, Madrid.

Lily tenía 33 años cuando supo la verdad sobre su origen. Para entonces su vida ya llevaba una dinámica diaria con un horario dedicado a ser madre de tres hijos, con su hijo menor de apenas cinco años, por lo que se ocupaba de ellos de tiempo completo; había estudiado la licenciatura en Comunicación Social y siempre había llevado una vida que podríamos describir como culta.

La primera reacción de Lily, fue revisar la autenticidad de la noticia que había recibido. Tomó el teléfono y llamó a su madre adoptiva. Mamá, ¿soy adoptada? preguntó en cuanto escucho la voz de su guardiana de toda la vida. Sí hija, ¿estás bien? , se escuchó del otro lado del teléfono.

Su madre y padre adoptivos habían contactado al Arzobispado de España a través de un contacto con la Iglesia Católica local. Desde el otro lado del Océano Atlántico, se comenzaron a gestionar los procesos necesarios para que se les fuera entregado un bebé, en una operación que en ese entonces era muy común ese país y que involucraba al gobierno local, la participación de la Iglesia y otros involucrados que hacían posible la separación de bebés de sus madres biológicas durante la dictadura de Francisco Franco.

En su casa, situada muy cerca de la casa de sus abuelos maternos, nunca se habló de España, o del régimen de Franco. Los únicos recuerdos que Ligia tenía de alguna referencia hecha por su familia sobre su país de origen eran una foto en la que se ella estaba vestida con la indumentaria típica del país ibérico y una canción insertada en su memoria, gracias a que su abuela le hizo aprender.

En 1968, tras meses de procesos de gestión, sus padres adoptivos recibieron la noticia de que el Arzobispado de Madrid había localizado un bebé. Vivieron tres meses en la capital española esperando a que naciera la niña. Una vez que la tuvieron en sus manos, emprendieron el viaje de regreso con una recomendación que a cualquiera le habría despertado sospechas: al llegar a México, desháganse de los papeles de la niña

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El 29 de mayo de 1968 nació María Diana Ortiz Ramírez, en España. Así se le nombró por poco tiempo a Lily. Para llegar a esta información, que inicialmente había conocido en partes por su madre adoptiva, lo hizo a través de la web del Ministerio de Justicia de España. Ahí comenzó la búsqueda de aquella niña que pudo ser, con la cabeza llena de preguntas sobre su madre, sobre si la estaban buscando, sobre las condiciones en las que se desenvolvieron los procesos que la llevaron a radicar en otro país del otro lado del océano.

Los hallazgos fueron llegando poco a poco con el paso de 15 años y con ellos un sentimiento que a la postre se transformaría en un clamor de justicia. ¿Justicia? Sí, las pruebas que recopiló Lily marcaban indicios claros de que ella era uno de los 30,000 casos de bebés robados, calculados para el 2008, durante los difíciles años por los que los opositores del Franquismo atravesaron. Desde la década de los años 80 las informaciones sobre el robo de niños recién nacidos empezó a escalar a la superficie, desde la cueva del olvido, dónde el gobierno español las había escondido. Desde entonces, ninguna de las 2,083 diligencias que se han iniciado para la investigación de estos crímenes ha llegado a fase de juicio y por lo tanto ninguna de las víctimas ha encontrado justicia.

Los primeros planteamientos en la cabeza de Lily se enfocaban, evidentemente si su madre había padecido de las políticas gubernamentales que estaban enfocadas a separar a las madres republicanas, contrarias al régimen hegemónico, de sus hijos, ya sea través de engaños o por la fuerza, con la finalidad de que los niños no vivieran en un ambiente contrario a las ideas de la clase política de ese entonces.

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Según parece Lily fue parte de un entramado, que estaba confeccionado para sacar a muchos niños de España, por muchos motivos, en el caso específico de ella no se puede saber cuál fue el que rodeó su salida del país. Hasta que no se resuelva el caso, no podrá estar segura de si fue un caso de desaparición forzada, pero el sentimiento de haber sido parte de algo que afectó a muchas familias durante los años que duraron esas prácticas persiste.

Lily, ha platicado con personas en España que está investigando situaciones similares. Muchos de ellos incluso le han asegurado que para ayudar a gestionar el robo de niños usaron dinero para el proceso.

El involucramiento de Lily en las desapariciones forzadas inició como una búsqueda personal. Hoy es en pro de la justicia para miles de personas que fueron víctimas. Para continuar con su búsqueda de la verdad, ahora cuenta con la ayuda de la Organización no Gubernamental Amnistía Internacional con la que han iniciado una querella con la Procuraduría General de la República y sumar esfuerzos para ejercer una presión al gobierno español para que esclarezca los casos.

Conforme pasa el tiempo, Lily ha comprendido que ella sólo es una pequeña pieza de un gran rompecabezas de una causa que no es única y que está compartida por miles de personas.

Si mi pequeño granito de arena, mi historia, con la representación legal adecuada, puede abrir puertas para que la justicia se logre desde México. Mientras en España se quieran hacer de oídos sordos nosotros debemos continuar y lograr justicia .

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