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T-MEC: La ilusión de los 16 años

Enrique Campos Suárez | La gran depresión
Usar reporteros habitualmente bien informados, deslizar filtraciones sobre lo que hará Washington con el T-MEC, inducir comentarios sobre una postura específica de Estados Unidos respecto al futuro de la relación con México y Canadá, en fin; todo eso es lo que se conoce como “globo de sonda”; es la exploración meteorológica del ambiente político y diplomático para tomar el pulso de una eventual decisión en esos temas.
Las redes sociales son un terreno pantanoso, pero cobró cierto vuelo en algunos círculos aquella versión de que la Casa Blanca ya habría tomado la decisión de dar el visto bueno para extender de manera automática el tratado comercial trilateral por otros 16 años.
Puede ser un chisme, un buen deseo, pero también un buscapiés para los mercados que encontrarían muy atractiva esa narrativa de certidumbre jurídica, que vende la ilusión de un horizonte despejado para las inversiones del nearshoring, en momentos de alta tensión bilateral. Por eso, si se trata de un “globo de sonda” parecería de manufactura mexicana.
Es importante no confundir los legítimos deseos diplomáticos con la pragmática y cruda realidad de la política comercial estadounidense; ese es un error estratégico que México no se puede permitir en la complicada coyuntura actual.
Evidentemente, la cláusula de revisión formal del T-MEC es la herramienta de presión más poderosa que tiene la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos (USTR), por lo que no renunciará de forma anticipada a dejar abierta esa posibilidad. Es la zanahoria perfecta para mantener el interés de sus dos socios comerciales, mientras con la otra mano sostiene un garrote.
Es un hecho, hasta de sentido común, que el gobierno estadounidense no evalúa con seriedad dar el sí a la continuidad del acuerdo tal como está, sino que evalúa el costo técnico y político que exigirá, hablemos de México, a cambio de plasmar esa codiciada firma en el documento de extensión.
El Joint Review no es un trámite de renovación automática; le abre a Estados Unidos una oportunidad de imponer condiciones para adecuarlo a sus intereses de seguridad nacional y de competencia geopolítica, sin tener que meterse en el enredo de pasar por el Congreso de su país si denunciara el final del pacto comercial.
Así que, deslizar la idea de una renovación abre el frente para que Estados Unidos pueda negociar sus condiciones; entre otras: poner candados en reglas de origen y cualquier restricción que impida que México se mantenga como la puerta trasera de China.
También, buscan imponer en el texto las condiciones que hoy son disputas en los sectores energético y agroindustrial, por aquello de los alimentos genéticamente modificados; además, dotar de dientes al Mecanismo Laboral de Respuesta Rápida y, como cereza del pastel, incluir toda la agenda de seguridad nacional, con todo y el combate al narcoterrorismo y políticos que le acompañen.
Una postura supuestamente positiva del USTR en estas etapas preliminares de revisión del acuerdo trilateral, con todo y que el plazo vence en menos de un mes, no significa un cheque en blanco de la Casa Blanca; es el anzuelo para no abandonar el interés en mantener el T-MEC, pero con la certeza de que la lista de condiciones estadounidenses para ello es larga y heterogénea.
Cobró cierto vuelo la versión de que la Casa Blanca ya habría tomado la decisión de dar el visto bueno para extender automáticamente el tratado comercial trilateral por otros 16 años.

