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Los ríos nos hablan

Opinión
En octubre celebraremos en Mexicali el quinto Festival Revive el Río Colorado. En años pasados, la Alianza Revive el Río Colorado ha reunido una comunidad que celebra el regreso del río a su vida cotidiana. Agricultores, especialistas en agua, ambientalistas y reporteros internacionales; pobladores de Mexicali, San Luis Río Colorado, colonias y ejidos ribereños han sido protagonistas. El pueblo Cucapah del delta no sólo participa: es anfitrión en su propio hábitat. Durante siglos, estos pueblos construyeron una cultura inseparable del río que les daba alimento, identidad y pertenencia.
A lo largo de la historia, las comunidades han celebrado a sus ríos. Mucho antes de las ciudades modernas, las primeras civilizaciones entendieron que los grandes cauces eran más que una fuente de agua: eran origen de vida, ritmo de las cosechas y vínculo entre generaciones. En el Nilo, el Ganges, el Tigris y el Éufrates, las crecidas anuales motivaban ceremonias de agradecimiento y renovación. Nacían de valores profundamente humanos: gratitud, reciprocidad con la naturaleza, renovación, identidad colectiva, memoria compartida y un orden moral que entendía que cuidar al río era cuidar a la comunidad.
Pero la humanidad aprendió a conducir el agua por tuberías y, en las ciudades, a recibirla con sólo abrir una llave. Ese avance produjo un cambio silencioso: dejamos de vivir con los ríos para simplemente recibir agua de ellos. El río desapareció de nuestra experiencia cotidiana y se volvió infraestructura lejana. Primero vivimos de los ríos; luego dejamos de celebrarlos. Y cuando, con cierta soberbia, pensamos que los habíamos dominado, llegamos incluso a ocultarlos.
Los ríos, sin embargo, son mucho más que agua. Nueva Orleans es singular en su relación con el Mississippi. Por el río bajaban del norte productos, comerciantes y poblaciones; desde el Golfo llegaban Europa, el Caribe y América Latina. El Mississippi llevó personas, mercancías, lenguas, música, alimentos, religiones y memorias. Los ríos también transportan culturas.
En Seúl, Corea del Sur, el río Cheonggyecheon, con la urbanización de la posguerra, se vio como un problema sanitario y urbano. Entre 1958 y 1977 su cauce fue cubierto por una vialidad y una autopista elevada. El río desapareció de la experiencia cotidiana. Pero en 2003, el alcalde encabezó la demolición de la autopista para recuperar 5.8 kilómetros de río con una visión de restauración ambiental, recuperación histórica, calidad de vida y regeneración urbana. La ciudad que había ocultado a su río decidió volver a buscarlo.
Ejemplos similares se multiplican. El Río Los Ángeles vive una “renaturalización” de sus 51 millas (82 kilómetros), y en agosto celebrará el RiverFest. En el mundo, los festivales buscan reencontrar a las personas con sus ríos. Más que eventos recreativos, son un esfuerzo por reconstruir una relación cultural que dimos por sentada.
¿Por qué buscamos de nuevo a los ríos? Porque se ha roto la ilusión de que podíamos prescindir de ellos. Confundimos la capacidad para conducir, almacenar y administrar el agua con independencia del río. Hoy los límites físicos están a la vista.
En la frontera México-Estados Unidos, los ríos nos hablan. El Río Bravo y el Río Colorado enfrentan la sobreasignación de sus aguas y sequías prolongadas; el Colorado vive la transformación más profunda de su historia y se reflejará en los nuevos acuerdos con Estados Unidos. El Río Tijuana nos recuerda que es un río, no un canal de desagüe, y que la contaminación tampoco reconoce fronteras.
Los ríos nos hablan con caudales inciertos, ecosistemas degradados y comunidades que redescubren que su bienestar depende de ellos.
Es momento de entender la realidad, y de atender y celebrar a nuestros ríos. No por nostalgia, sino porque las sociedades que celebran aquello que les da la vida suelen ser las que mejor saben protegerlo.
* El autor es fundador y Socio Director de Centro Luken de Estrategias en Agua y Medio Ambiente, S.C., y miembro de la Alianza Revive el Río Colorado.