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Opinión

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La piel grita

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Dra. Carmen Amezcua | Columna Invitada

Dra. Carmen Amezcua

Llega al consultorio un muchacho de quince años. Lo traen por una psoriasis que comenzó como una pequeña placa en el cuero cabelludo y que, con el paso de los meses, se ha extendido a los pliegues de brazos y piernas. El tratamiento dermatológico no ha sido suficiente. Las cremas alivian por momentos, pero el brote regresa con más fuerza.

Cuando lo escucho, por primera vez pone palabras a lo que le pasa: miedo, ansiedad, vergüenza en la escuela, conflictos constantes entre sus padres y agresión por parte de su abuelo. La psoriasis no es lo único que le duele. La piel está pidiendo ayuda.

La piel es el órgano más grande del cuerpo humano. Es frontera y protección, pero también lenguaje. A través de una red compleja de receptores de presión, temperatura, dolor y placer, la piel nos permite entender el mundo y sentirnos en él. No es un órgano aislado: está íntimamente conectada con el sistema nervioso, el sistema inmune y el sistema endocrino. Por eso, cuando la mente vive en alerta permanente, la piel suele ser una de las primeras en manifestarlo.

Durante décadas hemos tratado a la piel como un órgano separado, como si bastara con atender el síntoma visible. Sin embargo, cada vez es más evidente que muchas enfermedades dermatológicas no pueden comprenderse —ni tratarse de manera efectiva— sin mirar la historia emocional, el contexto relacional y el nivel de estrés crónico del paciente.

Cuando el cuerpo se ataca a sí mismo

Hay una enfermedad autoinmune que ha marcado profundamente mi historia personal y profesional: el pénfigo vulgar. Fue una de las patologías que acompañó el deterioro físico de mi padre, junto con una artritis reumatoide severa, también autoinmune. Ambas reflejan un sistema que, durante años, vivió en estado de amenaza.

Mi padre fue víctima de abuso sexual desde los seis años y durante gran parte de su vida adulta, por parte de Marcial Maciel. Un trauma profundo, sostenido y silenciado. Un dolor que no encontró palabras, pero sí encontró cuerpo.

No afirmo —porque la ciencia seria no lo permite— que el trauma cause de manera directa una enfermedad autoinmune. Lo que hoy sí sabemos es que el trauma temprano y crónico altera profundamente los sistemas de regulación del estrés, del sistema nervioso autónomo y del sistema inmune. Cuando un niño vive durante años en miedo constante, su cuerpo aprende que el mundo no es seguro. Ese aprendizaje se imprime en la biología.

El pénfigo vulgar, una enfermedad en la que el propio sistema inmune ataca la piel y las mucosas, se convirtió para mí en un símbolo brutal de esta desconexión: el cuerpo atacándose a sí mismo cuando ya no puede sostener más dolor sin nombre.

La piel y el trauma

La experiencia clínica y la investigación han mostrado que múltiples afecciones dermatológicas se agravan o se disparan en contextos de estrés, trauma o sufrimiento emocional sostenido. Entre ellas se encuentran:

-Psoriasis, donde el estrés activa vías inflamatorias que intensifican los brotes.

-Dermatitis atópica, estrechamente ligada a la ansiedad, las alteraciones del sueño y los ciclos compulsivos de rascado.

-Urticaria crónica, altamente sensible a la activación del sistema nervioso autónomo.

-Vitíligo, en el que el estrés se ha asociado al inicio o progresión del daño a los melanocitos.

-Alopecia areata, con un impacto psicológico profundo, especialmente en niños y adolescentes.

-Enfermedades ampollosas autoinmunes, como el pénfigo y el penfigoide, donde la carga emocional y la calidad de vida juegan un papel central en la evolución clínica.

En el caso del acné —una de las afecciones más comunes— también se ha documentado una fuerte asociación con la ansiedad, la depresión y la baja autoestima, además de la influencia del estrés, la inflamación y la alimentación.

El estrés crónico incrementa la liberación de cortisol y mantiene al cuerpo en un estado de alarma. A largo plazo, esto altera la barrera cutánea, modula la respuesta inmune, incrementa la inflamación y dificulta los procesos de reparación. El sistema nervioso simpático, cuando permanece hiperactivado, libera mediadores que favorecen el prurito, el enrojecimiento y los brotes inflamatorios.

Dormir mal, vivir en hipervigilancia, no sentir seguridad emocional: todo esto se refleja en la piel. No es casualidad que muchas dermatosis empeoren en momentos de duelo, divorcio, violencia, abuso, bullying o agotamiento emocional.

¿Qué nos enseña el enfoque integrativo?

Hoy existen intervenciones con evidencia que muestran que trabajar la mente también impacta en la piel. Programas de mindfulness y autocompasión han demostrado beneficios en pacientes con psoriasis y dermatitis atópica. La psicodermatología —la colaboración entre dermatología y salud mental— mejora la adherencia, la calidad de vida y los resultados clínicos.

En cuanto a tratamientos emergentes, es importante subrayar que no existe evidencia sólida de que los psicodélicos “curen” enfermedades dermatológicas autoinmunes. Sin embargo, sí se investiga su posible papel modulador del sistema inmune y, sobre todo, su impacto en trauma, depresión resistente y sufrimiento emocional profundo, factores que influyen indirectamente en la evolución de estas enfermedades. La ketamina, por ejemplo, se ha estudiado en contextos específicos de dolor o prurito neuropático, siempre como parte de un abordaje médico integral.

Algunas prácticas útiles para pacientes incluyen:

-Revisar qué estaba ocurriendo en la vida personal cuando apareció el brote.

-Priorizar el sueño, la regulación del estrés y la sensación de seguridad emocional.

-Cuidar la alimentación sin dogmas, reduciendo ultraprocesados y carga inflamatoria.

-Buscar acompañamiento psicológico cuando la piel duele por dentro.

Y para colegas terapeutas:

-Preguntar por la historia, no solo por el síntoma.

-Trabajar en equipo.

-Recordar que escuchar también es una intervención terapéutica.

La piel no solo se trata, se escucha. Cuando el dolor no puede verbalizarse, el cuerpo habla. Y con frecuencia es la piel —nuestra frontera más íntima— la que expresa aquello que nunca pudo simbolizarse.

Me encantaría conocer tus dudas o experiencias relacionadas con este tema. Sigamos dialogando; puedes escribirme a dra.carmen.amezcua@gmail.com o contactarme en Instagram en @dra.carmenamezcua.

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Dra. Carmen Amezcua

Carmen Amezcua es consultora, conferencista y experta en psiquiatría integrativa. Tiene más de 17 años de experiencia dentro de la industria farmacéutica y de la salud.

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