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La oliniaización de la economía

Opinión
Las cifras invitan al escepticismo. El proyecto arrancó con 25 millones de pesos de presupuesto, promete un vehículo de 150 mil pesos y no llegará a circular hasta el verano de 2027, en un mercado donde gigantes privados, desde Tesla hasta BYD, ya compiten con miles de millones invertidos. Se vende como símbolo de soberanía tecnológica; se parece más a un acto de fe.
México ya fue fabricante de autos, y no salió bien. El Estado fue dueño de DINA y de Vehículos Automotores Mexicanos (VAM), empresas que durante décadas drenaron recursos públicos hasta que tuvieron que ser cerradas o privatizadas a finales de los ochenta. La lección no se aprendió: cuatro décadas después, el Estado empresario sigue siendo sinónimo de pérdidas financiadas con impuestos.
Pemex lo ilustra con crudeza. Es junto con la rusa Gazprom la petrolera más endeudada del planeta, con pasivos cercanos a los 100 mil millones de dólares y un patrimonio negativo de 104 mil millones: ni vendiéndose entera saldaría sus deudas. Se sostiene con transferencias públicas que en 2025 superaron los 395 mil millones de pesos, dinero que no fue a escuelas ni a hospitales.
A la ineficiencia se suma la corrupción. Segalmex, creada para garantizar alimentos a los más pobres, terminó como el mayor desfalco del sexenio pasado: la Auditoría Superior de la Federación calculó un daño de unos 15 mil millones de pesos en contratos simulados y empresas fantasma. El Estado quiso ser comerciante de granos y fue, sobre todo, una caja sin fondo a costa, precisamente, de quienes decía proteger.
El patrón se repite en toda la región. Argentina expropió YPF en 2012 invocando la soberanía energética y cosechó una condena en Nueva York de hasta 16 mil millones de dólares, la mayor de la historia contra un Estado, hoy todavía en litigio. Venezuela nacionalizó industrias enteras en nombre del pueblo y las convirtió en chatarra productiva, con una PDVSA otrora orgullo nacional y hoy en ruinas, con su producción desplomada. El guion siempre es el mismo: épica al inicio, factura al final.
El problema de fondo es conceptual. Cuando el gobierno se vuelve empresario, deja de ser buen gobierno, porque distrae recursos y capacidades que debería destinar a regular, a brindar seguridad, a impartir justicia, y tampoco se vuelve buen empresario, porque no enfrenta competencia real, no quiebra cuando pierde y responde a incentivos políticos, no de mercado. Sus decisiones distorsionan precios y desplazan la inversión privada que sí asume riesgos con su propio dinero.
Termina siendo lo peor de ambos mundos: ineficiente como empresa y negligente como Estado, mientras el contribuyente paga la cuenta sin haber comprado nunca el boleto.
Olinia no es un capricho menor; es la metáfora perfecta de esa confusión. Mientras el Estado juega a ensamblar autos, deja sin atender lo que solo él puede hacer. Y la historia, en México y en América Latina, ya escribió el final: el Estado empresario significa fondos públicos perdidos, malos resultados y pésimos ejemplos. La oliniaización de la economía no es modernidad.
Es nostalgia de un fracaso que ya conocemos de memoria, financiado, una vez más, con el dinero de todos.

