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El enfoque que viene

Opinión
Faltan 21 días. Tres semanas. 504 horas. El próximo 11 de junio, el Estadio Banorte, el viejo Coloso de Santa Úrsula, se convertirá en el primer recinto del planeta en albergar tres inauguraciones de una Copa del Mundo. México abrirá frente a Sudáfrica, exactamente como en 2010. Y por primera vez en la historia lo hará compartiendo la organización con Estados Unidos y Canadá, en un torneo expandido a 48 selecciones y 104 partidos en 16 sedes.
Durante 39 días, el país será el centro del enfoque internacional. Esa palabra importa: enfoque. No es lo mismo que aplauso.
La narrativa oficial es seductora. Deloitte calcula una derrama de 2,730 millones de dólares, equivalente al 0.14% del PIB, con la generación de empleos temporales y un gasto por turista de entre 900 y 2,000 dólares; la Concanaco eleva la apuesta hasta 200 mil millones de pesos. CDMX captaría 847 mdd, Jalisco 385 y Nuevo León 350; gastronomía y hotelería podrían crecer entre 14% y 30%. Las cifras son reales y bienvenidas.
Pero la historia reciente obliga a la prudencia. El caso brasileño confirmó los riesgos de los megaeventos para la estabilidad política, económica y social, y reveló la incapacidad de generar los legados prometidos en la fase de candidatura. Sudáfrica 2010 dejó estadios convertidos en elefantes blancos. Brasil 2014 detonó protestas masivas desde 2013 y unos 250 mil desalojos forzados documentados por organizaciones civiles; ese descrédito precipitó la caída de Dilma Rousseff. Rusia 2018 y Qatar 2022 funcionaron como costosos ejercicios de relaciones públicas a escala mundial.
México llega con el reflector sobre sus heridas más profundas. La prensa alemana ya cuestionó a la presidenta Sheinbaum sobre seguridad para los equipos y aficionados; The Athletic citó a un alto cargo de la FIFA preocupado tras los disturbios en 20 estados después del abatimiento del líder del CJNG. En abril, un tiroteo en Teotihuacán obligó a militarizar sitios turísticos a menos de dos meses del Mundial. Colectivos de madres buscadoras ya anunciaron vallas humanas pacíficas en los accesos del Azteca para visibilizar a más de 133 mil personas desaparecidas. Y Clara Brugada financia el evento con deuda, impuestos y fideicomisos que el propio AMLO cuestionó.
Ahí está el dilema de la 4T. El gobierno presume una caída de 44% en homicidios dolosos entre septiembre de 2024 y febrero de 2026 y el Índice de Paz México 2026 registra una baja de 22.7% en la tasa de homicidios y unos siete mil asesinatos menos respecto a 2024, aunque advierte retos para una paz sostenible. Son datos defendibles pero la mala imagen persiste. Los corresponsales de los principales periódicos a nivel mundial no escribirán sólo de eso. Escribirán de los desaparecidos, de Ayotzinapa, de la militarización, de la elección de jueces, del huachicol fiscal, de la captura de plazas turísticas por el crimen organizado. De los malos resultados de los gobiernos de la 4T, la regresión democrática y la economía estancada. El Mundial no inventa nada: amplifica.
El reto, por tanto, no es deportivo ni logístico. Es narrativo y estructural. Un Mundial bien aprovechado consolida la marca-país: 1970 y 1986 lo demuestran. Uno mal gestionado expone las debilidades que se quisieron ocultar.
Tenemos 504 horas para decidir si llegamos con un relato propio, verificable y honesto, o si dejamos que el mundo escriba el suyo.
La diferencia entre legado y resaca cabe en esas tres semanas.

