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Una manita de pintura y creen que ya hacen marca país

Opinión
Soy catalán con más de catorce años viviendo en México. Como dicen en náhuatl, me siento Netpantlí, es decir el que vive en el entre, el que pertenece a dos tierras. Este país me ha dado más de lo que puedo enumerar — oportunidades, vínculos, aprendizajes, una familia, una vida. Y precisamente por eso lo que veo me duele. Escribo esto desde el amor y desde las ganas genuinas de ver a México triunfar. Mi crítica es constructiva o no es nada.
Ser sede del Mundial más visto de la historia no es un evento deportivo. Es semanas de atención global sostenida. Es el mundo mirándote con otra lente, con otra disposición. Es la oportunidad más concreta que existe para controlar la narrativa a la conversación sobre tu país. Para decidir qué quieres que digan de ti, antes, durante y después, cuando se vayan las cámaras.
México tenía esa ventana. Y la pospuso. Como si no fuera con ellos. Como si el tiempo no corriera. Cuando finalmente se han dado cuenta —ya es tarde, muy tarde— ¿la respuesta? una manita de pintura en las ciudades sede. Algunas obras mal terminadas. Una imagen aquí, un letrero allá. Y la convicción, aparentemente sincera, de que con eso ya están haciendo marca país.
No lo es. Marca país no es pintar una barda antes de que lleguen las cámaras o los turistas. Marca país es anticiparse a las necesidades de los ciudadanos, marca país es tener claro dónde se quiere llegar y proyectarse, es saber qué quieres que el mundo diga de ti. Marca país, es una decisión política, estratégica y cultural que se toma con años de antelación — no con semanas.
Pero hay algo más grave que la ausencia de estrategia hacia afuera: este Mundial se está organizando sin su gente.
Mientras las sedes se preparaban para los visitantes, México vive conflictos que nadie ha querido ver como parte del mismo cuadro. Sindicatos de maestros exigiendo y reclamando mejores condiciones al gobierno. Familiares de desaparecidos reclamando verdad y justicia. Campesinos en disputa con políticas que los ignoran. Trabajadores del transporte público sin respuestas. Sectores enteros de la sociedad que no se sienten convocados, que lo viven como un evento pensado para otros — para los de afuera, para los que pueden pagarlo, para una vitrina que no les pertenece.
Un Mundial que debería ser del pueblo se está convirtiendo en un Mundial de los ricos.
Un evento que debería unir está dividiendo más que nunca.
Sin narrativa propia, otros escriben la tuya. Y cuando hay conflictos sociales activos, esos conflictos no desaparecen porque lleguen las cámaras — se amplifican. La percepción no tolera el vacío. Siempre lo llena alguien.
México tiene una ventana hacia el mundo. Y tenía, sobre todo, una oportunidad de hacer algo con su propia gente. Pero no ha sabido aprovecharla.
Creo en el poder de las personas. Creo que los territorios se construyen desde adentro hacia afuera, no al revés. Ningún estadio bien iluminado puede sustituir a una sociedad que se siente parte de lo que su país proyecta al mundo.
Esto no va de colores políticos ni de trincheras electorales. Va de una oportunidad que no tiene ideología. La marca país no pertenece a ningún gobierno — pertenece a todos los ciudadanos. Y precisamente por eso duele más cuando se deja pasar: porque el costo lo pagamos todos, no solo los que gobiernan.
Eso no se improvisa en las últimas semanas. Eso, o se construye con tiempo y con criterio, o simplemente no existe. Y una manita de pintura, por más bien dada que esté, no es criterio. Es maquillaje.
*Estratega de influencia, asuntos públicos y marca territorio.