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La Odisea de Christopher Nolan: los mesías y sus profetas no sonríen
En su adaptación de La Odisea, el director de cine Christopher Nolan toma el lugar del rapsoda, uno muy serio y solemne. ¿Lo hace bien?

Opinión
La Ilíada, escribe Philip Roth en su novela The Human Stain, es la historia del poder destructivo de las emociones de los hombres. La guerra despiadada de una década, soldados y soldados caídos y desgastados en esa playa infernal, esos muros inexpugnables. Hasta Aquiles, el más grande guerrero que la historia ha visto, cayó en esos días aciagos, víctima no sólo de la flecha de Paris, sino sobre todo de su ira.
Homero, y los demás narradores sin nombre que continuaron sus historias, son voces espectrales de más allá de los tiempos que siguen inflamando nuestra imaginación: las guerras cotidianas, la participación de los dioses en la vida diaria, su modo de tomar partido; se les aparecían a sus héroes amados para bendecirlos o advertirles de desgracias y cómo evitarlas. Los dioses, que se vengaban de los humanos impíos o les permitían vislumbrar el futuro de modos misteriosos y finalmente atinadísimos. Los dioses y sus pequeñas criaturas divertidas.
Si La Ilíada es, retomando a Roth, la historia de la gran tragedia humana, ¿qué es La Odisea?
La Odisea es la posibilidad de una venganza. Christopher Nolan nos presenta en su versión de La Odisea como una historia de purga moral.
Ninguna película ha sido tan comentada este año. Desde antes de su estreno las especulaciones y acusaciones volaban. Obviemos los ridículos señalamientos de su supuestas profanaciones históricas. La mitología admite todo tipo de versiones porque nos sigue hablando más allá de los tiempos, sean cuál sean sus nuevos rostros. Son las voces de largos ecos, como las llama el filólogo Carlos García Gual. Las historias que nos seguimos contando desde el amanecer de la humanidad no tienen otro dueño que quien las quiera narrar.
La Odisea de Nolan comienza con el canto de un rapsoda—un contador de historias que divierte a hombres borrachos del mismo modo en que hoy en las cantinas suenan los corridos— que usa una largo bastón (un rabdos, como se les conoce a esos palos en la tradición clásica) para marcar el ritmo de sus palabras: “A face, a fleet, a war, a man, a thought, a trick! A trick to break the walls of Troy and burn it screaming to the ground!".
El papel de contador de historias es interpretado por el rapero Travis Scott, un aedo contemporáneo. La voz de Scott nos lleva, como una hipnosis, a un tiempo en el que la magia todavía era cosa de todos los días. Desde esas palabras la cinta nos advierte de qué trata el asunto: de un hombre, la guerra y el truco que marcó su vida.
Críticos y comentaristas de cine se han desvivido durante meses imaginando si la película de Nolan es, sería, será una buena adaptación de uno de los textos que dieron origen a la cultura occidental. Qué tipo de libertades se tomaría Nolan era la cuestión más urgente. La discusión tomó vericuetos aburridos y repetitivos. Se les olvida a muchos de esos críticos que se trata de una película que, como los textos homéricos, es, antes que cualquier otra pretensión, entretenimiento. Y los dioses sean generosos y caros a ellos los narradores de historias entretenidas. La Odisea es una película entretenida, ya con eso.
Pero también hay el asomo de algo más. Ya sabemos que Nolan es un gran mago. Su carrera habla por él y no hace falta poner aquí el ranking de sus mejores cintas. Se trata de un director que ha marcado su tiempo. Cuando se recuerde el cine de estos años nuestros, se hablará de las películas de Nolan como se habla de John Ford en los cincuenta, Jean-Luc Goddard y Federico Fellini en los sesenta, el Nuevo Hollywood en los setenta y Martin Scorsese o Steven Spielberg en los ochenta y los noventa.
Así como Howard Hawks definió el modo cómo se debe ver una cinta noir, Nolan se atrevió a recuperar el cine épico para nosotros, el público de la era de la desatención. Nolan quiere que nos volvamos a sentar frente a la pantalla de las salas, inventa nuevos formatos y tecnologías visuales para convencernos, nos pide que, por una vez más, prestemos atención. Y lo logra. Ningún Batman como el suyo; inolvidable su Oppenheimer que desbancó a Barbie y marcó el rumbo del cine de verano. Christopher Nolan es un artista de largo aliento y también un exitoso creador de blockbusters.
Mi problema con Nolan es el mismo en cada una de sus películas: me resulta muy solemne. Su Odisea: mucha aventura y poco escapismo. Ni un solo chiste. Todo es im-por-tan-te.
La mitología clásica está llena de bromas y pasajes disparatados. Por ejemplo, cuando van a reclutar a Odiseo para la guerra de Troya, el señor de Ítaca se hace pasar por loco disfrazándose de mendigo y arando tontamente sobre la playa, un loquito que no tiene modo de empuñar una espada. La trampa se malogra pero imaginar al héroe queriendo evitar su destino, cuando tantos otros de los guerreros homéricos solo quieren la gloria, resulta chistoso. De Odiseo se puede decir que era cobarde pero nunca dejaba de ser ocurrente. En la versión de Nolan ni por asomo reímos, no hay sentido del humor. Como en alguna otra ocasión ha escrito el crítico de cine Leonardo García Tsao, los mesías no sonríen y tampoco sus profetas. ¿Está bien esa falta de humor? Eh, a mí no me entusiasma.
Estamos ante esta posibilidad de venganza, la de los dioses. Odiseo, interpretado con solvencia por Matt Damon, es la mente maestra del ardid del caballo de Troya—inolvidable la forma en la que Nolan pone en escena al maldito caballo, lo que sucede dentro: la desesperación de los guerreros aqueos, su asfixia, el sigilo con el que caen sobre la ciudad—.
La culpa le roe el alma a Odiseo, la hermosa Troya cae gracias a él. Ve cómo decapitan la imagen Atenea: Atenea, ni más ni menos su diosa amada, la que lo ampara a él, el héroe del ingenio. Los sacrilegios abundan, cómo ha de tolerarlos un verdadero héroe.
La guerra es el infierno, ya sabemos pero también es fácil olvidarlo. Hemos visto tantas veces la guerra en el cine que ya estamos entumidos cuando nos confrontan con ella. Odiseo ve la toma de Troya en primera fila y nosotros con él: cuando abre las puertas troyanas y avanza por la ciudad que arde sentimos su mismo miedo y asco. Nuestro héroe no puede ser absolutamente cruel: lo vemos dudando en las escalinatas de la ciudad, aturdido, sin disfrutar la dicha de la violencia. Este Odiseo no es tan ambiguo como el Odiseo clásico.
Los dioses castigan a Odiseo no sólo con la perra de la culpa sino con algo peor: la imposibilidad de regresar a casa, a su Ítaca, donde lo espera la fiel Penélope (una Anne Hathaway que da lo mismo si está o no está, mero maniquí que se aguanta las lágrimas y que tiene en uno de sus diálogos un toquecito de feminismo descolocado) y Telémaco, el hijo que dejó apenas una bebé, y que tiene que lidiar con el reino de su padre a punto de ser usurpado.
Tom Holland interpreta a Telémaco y le da a su personaje la chispa de vida que le falta a algunos de los personajes. Otra gran actuación: la de John Bernthal como Menelao, un monstruo tragón y bebedor que se venga de su esposa Helena (Lupita Nyong’o, que hace lo posible con lo poco que le toca) de un modo brutal.
Un acierto más es la “puesta en escena” Agamenón, un rey insondable. ¿Por qué digo que es una puesta en escena de un solo personaje? Porque Agamenón es sobre todo una presencia, un recurso escénico robado del mejor teatro. Si bien es cierto que en general los préstamos del teatro no funcionan en el cine—las convenciones son muy diferentes entre ambos géneros—, en este caso el resultado es inquietante.
La Odisea según Nolan es más una historia de expiación que una aventura. Odiseo sufre, sufre, sufre. ¿Y su inteligencia que lo saca de toda dificultad, el Odiseo de los mil y un engaños? Aquí no está. A quien busque al Odiseo que engaña a Polifemo le digo: Nolan toma otras decisiones.
Está bien, no seguiré quejándome de las decisiones dramáticas de un cineasta que en general lo hace bien: la película es entretenida y logra que nos estemos quietecitos sus tres horas de duración. Un amigo me invitó a verla de nuevo: sí me la echo.