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Otra forma de imaginar la riqueza
El crecimiento económico debe medirse preservando el patrimonio natural y social, priorizando una economía del cuidado que garantice bienestar sostenible y riqueza para futuras generaciones.

Opinión
Cuando una empresa vende activos para sostener ingresos, sus estados financieros distinguen la utilidad extraordinaria de la capacidad real de generar valor: nadie confundiría liquidar patrimonio con crecer.
Esta distinción, familiar en las finanzas, es un punto ciego en las economías nacionales: el crecimiento se presenta como prosperidad, aunque dependa del deterioro de recursos que tardarán décadas en reponerse o no se repondrán. Dentro de la conversación económica, el centro no suele ser ni el agua subterránea sobreexplotada, ni los suelos infértiles, ni los bosques que regulan el clima, ni el trabajo de cuidado que sostiene la vida.
El problema es que nuestra idea de riqueza privilegia los flujos sobre el patrimonio: medimos con precisión lo que una economía produce cada año; prestamos mucha menos atención a las condiciones que hacen posible seguir produciendo. La discusión sobre el decrecimiento, cuando se desmarca de la óptica ambiental, es una interrogante económica: ¿qué significa crecer si ese crecimiento depende de agotar lo que sostiene la actividad productiva?
Cuando Kohei Saito critica al capitalismo, no parte de un romanticismo ecológico ni de un llamado moral a vivir con menos. Su argumento comienza allí donde suele terminar la narrativa del crecimiento: “Superado cierto nivel de desarrollo, los efectos negativos comienzan a aflorar y a superar los positivos”. La razón, sostiene, es que «el capital no solo busca obtener el máximo valor de cambio, sino que pretende hacerlo en el menor tiempo posible», alterando el metabolismo entre la sociedad y la naturaleza. El Global Resources Outlook 2024 del PNUMA calcula que la extracción mundial de materiales se ha más que triplicado desde 1970 y podría crecer 60% más hacia 2060 de seguir las tendencias actuales; la promesa de que la eficiencia tecnológica desacople crecimiento y consumo sigue siendo, por ahora, solo eso.
El término decrecimiento suele provocar un rechazo comprensible. Evoca austeridad, sacrificio o el privilegio que tienen algunos de reducir su consumo cuando tienen cubiertas con creces sus necesidades. Pero esa es una lectura miope: el debate no está en recortar salud, educación o investigación; está en distinguir qué actividades fortalecen el bienestar colectivo y cuáles trasladan costos al futuro.
La economía del cuidado rebasa la discusión sobre el trabajo doméstico. Sigue siendo esencial hablar del cuidado de las infancias, personas mayores o enfermas [que recae desproporcionadamente sobre las mujeres], pero también significa preservar lo que permite que una economía exista mañana: acuíferos funcionales, bosques sanos, infraestructura pública, conocimiento compartido, sistemas de salud, redes comunitarias. Se trata de entender esos bienes como riqueza que requiere inversión, mantenimiento e instituciones que la protejan.
La idea ya tiene expresiones concretas: el manejo forestal comunitario en México muestra que conservar un bosque y generar ingresos no son objetivos incompatibles, y el software libre sostiene buena parte de la infraestructura digital mundial desde el conocimiento compartido. Ninguno elimina los mercados; ambos muestran una riqueza cuyo valor depende de no subordinarse por completo a ellos.
Slavoj Žižek añade una advertencia: una economía del cuidado no puede limitarse a un cambio de hábitos individuales. Los bienes comunes no se conservan porque la gente desarrolle mayor conciencia ambiental. Se conservan cuando existen instituciones que fijan límites, distribuyen responsabilidades y resuelven conflictos. En ese sentido, el autor recuerda que “todo paso adelante que merezca llamarse progreso implica una redefinición radical de la propia noción de progreso”. Si queremos hablar de una economía del cuidado, entonces hará falta revisar aquello que entendemos por progreso y las instituciones encargadas de sostenerlo.
La distancia entre Saito y Žižek es menor de lo que parece: uno revisa la idea de prosperidad heredada del siglo XX; el otro recuerda que ningún cambio de valores sobrevive sin reglas que lo sostengan. Una economía del cuidado requiere ambas cosas: otra forma de imaginar la riqueza y otra forma de gobernarla.
Hemos dado por hecho que producir más equivale a vivir mejor. Hoy esa relación es mucho menos evidente. Más que aumentar la riqueza disponible, urge ponderar cuál de sus formas merece conservarse. Esta decisión empieza a ser la piedra angular del tipo de economía que aspiramos a construir.