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España: de la euforia a la zozobra

Opinión
En tan sólo tres días, España pasó de la euforia a la zozobra.
Imágenes de sus calles y plazas rebosantes de ciudadanos celebrando la conquista de la copa mundial de futbol inundaron los medios de comunicación de todo el mundo el domingo 19 de julio. Pero el miércoles 22 lo que informaba la prensa internacional era diametralmente opuesto: la furia de los peores incendios forestales de toda su historia arrasaba municipios enteros de Ávila y la comunidad de Madrid al tiempo que orillaba a sus pobladores a evacuarlos.
Evidentemente el mérito principal detrás del título mundial conseguido en el estadio de Nueva Jersey tras vencer a la Argentina de Messi le corresponde a los 26 integrantes de La Roja y a su cuerpo técnico. Pero de mirar con perspectiva histórica el acelerado desarrollo y el crecimiento de la competitividad que ha conseguido el futbol español de selecciones en los siete lustros más recientes se intuye, si no es que se concluye, que algo ha hecho bien la estructura del deporte de ese país en general, y su futbol en particular, al menos desde los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992. El nombre España no resonaba en aquel entonces en el concierto deportivo internacional. Pero desde la olimpiada que tuvo por sede a la Ciudad Condal, la patria de Cervantes se volvió fértil en campeones de diversas disciplinas. Cito de memoria: Miguel Indurain y Alberto Contador en ciclismo, Fernando Alonso en la Fórmula 1 de automovilismo y el equipo nacional bicampeón mundial de básquet, por no hablar del tenis, que tiene en España a su principal potencia contemporánea, tal como lo acreditan Rafael Nadal, Carlos Alcaraz y Garbiñe Muguruza.
Pero, así como se intuye, si no es que se concluye, que algo ha hecho bien España en el ámbito del deporte (no obstante que hubo también algunos despropósitos dirigenciales que llevaron al gobierno a tener que ordenar la intervención de la Real Federación Española de Fútbol), en abierto contraste se intuye, si no es que se concluye, que algo ha hecho mal España en lo tocante a la prevención de riesgos y a la protección de sus pobladores contra desastres provocados por la naturaleza cuando se combina con la negligencia y el descuido humanos.
Imprevisión, excesos de confianza bajo el convencimiento ciego de que la probabilidad de una tragedia resulta remotísima, desdén e irresponsabilidad, se antojan ingredientes que entremezclados desembocaron tanto en las inundaciones mortíferas causadas en Valencia por la Dana en 2024 como también en los daños causados por los incendios de estos días, que todavía no se sofocan.
Las fuerzas del agua hace dos años y del fuego actual desnudaron que el poder público algo viene haciendo mal. Carlos Mazón, gobernante autonómico valenciano cuando la Dana, embebido en una prolongadísima sobremesa en horario de oficina no fue capaz de alertar de lo que se le venía encima de modo inminente a los ciudadanos a los que debía su investidura. Mientras que la práctica añeja de limpiar los cerros para evitar que ardan no se llevó a cabo previo a los incendios de este tiempo que corre, lo que a juicio de pobladores rurales explica la expansión de las llamas en cuestión de horas, si no es que de minutos, hasta calcinar cerca de 82 mil hectáreas y afectar a 110 mil personas, según información del corresponsal en España del diario mexicano La Jornada.
Hace 18 años, en julio de 2008, la gran escritora madrileña Almudena Grandes —hincha declarada del Atlético de Madrid a la que tanto se extraña desde su muerte en 2021— escribió en su columna del diario El País: “Me he preguntado muchas veces por qué los políticos nunca reconocen sus errores. (…) Se diría que pretenden situarse al margen de las debilidades propias de su especie, pero al hacerlo, se excluyen también de su grandeza”. Seguramente los políticos españoles cuyas atribuciones están vinculadas con los incendios aducirán que no es momento para disculpas, que se encuentran muy ocupados coordinando las acciones de contención del fuego, organizando la instalación de albergues, etc. Pero creo que, a pesar de que una suerte de ADN que todos los políticos comparten les dicta que cualquier reconocimiento de errores propios equivale a la autoflagelación, bien podrían empezar por el gesto de asumir sus yerros, ellos que, otra vez Almudena, “nunca se sienten obligados a reconocer que se han equivocado. Y esa es la mayor de las equivocaciones”. Tan grande, tan descomunal equivocación, que tiene el mismo tamaño, pero a la inversa, del mayor acierto futbolístico: el logro sin par de ganar un mundial.