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Escalar el talento: La nueva arquitectura de la movilidad en México

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OpiniónEl Economista

En el entorno global actual, la competitividad de un país se mide más allá de sus recursos naturales o su capacidad manufacturera, hoy también se contempla la velocidad con la que logra formar talento. En medio del nearshoring, la digitalización y la inteligencia artificial, México enfrenta una oportunidad histórica, pero también una presión inédita: preparar capital humano al mismo ritmo al que cambia la economía.

El reto es grande. México sigue teniendo uno de los porcentajes más bajos de población con educación superior entre los países de la OCDE y, al mismo tiempo, empresas de distintos sectores advierten dificultades crecientes para encontrar perfiles con habilidades técnicas y digitales especializadas. La brecha entre lo que demanda el mercado y lo que muchas veces ofrece la formación tradicional ya no puede ignorarse.

Cuando hablamos de ampliar el acceso a educación de calidad, no se trata únicamente de aumentar la matrícula. Se trata de construir rutas reales de movilidad social para una generación que busca transformar su realidad inmediata. La educación privada en México tiene la responsabilidad de abrir oportunidades para miles de jóvenes de clase media trabajadora que necesitan combinar estudio, empleo y desarrollo profesional.

El verdadero valor de una institución educativa se demuestra cuando es capaz de llevar oportunidades más allá de los grandes centros urbanos, reduciendo barreras geográficas y económicas a través de modelos flexibles, tecnología y una mayor conexión con el sector productivo.

Como ingeniera, entiendo que la eficiencia es fundamental. En educación, esa eficiencia se traduce en pertinencia. El principal desafío para la educación superior no es crecer por crecer, sino garantizar que ese crecimiento responda a las necesidades reales de la economía.

Durante años, universidades y empresas avanzaron a velocidades distintas. Mientras la industria transformaba sus procesos mediante automatización, análisis de datos e inteligencia artificial, muchos modelos educativos seguían respondiendo a dinámicas del pasado. Hoy, esa desconexión tiene consecuencias directas sobre la empleabilidad y la competitividad.

Por eso, una educación que logra mantenerse vigente es aquella que entiende que el estudiante actual trabaja, emprende y busca resultados tangibles desde etapas tempranas de su formación. La incorporación de laboratorios especializados, modelos híbridos y programas alineados con las necesidades empresariales ya no es un diferenciador; son una condición indispensable.

También debemos reconocer que la discusión educativa cambió. Hoy, las habilidades técnicas y las certificaciones profesionales tienen un peso creciente dentro del mercado laboral. Diversos estudios muestran que los perfiles con habilidades certificadas reciben mayor atención por parte de reclutadores y tienen más probabilidades de avanzar en procesos de contratación. Esto obliga a las instituciones a construir modelos académicos mucho más ágiles y conectados con la realidad profesional.

Invertir en educación sigue siendo una de las decisiones más estratégicas para cualquier país. Pero esa inversión debe traducirse en formación pertinente, flexible y con capacidad de adaptación constante. La discusión de fondo no debería centrarse únicamente en cuántos jóvenes logran llegar a la universidad, sino en cuántos egresan con herramientas reales para competir en una economía global.

Porque en los próximos años, los países que lideren no serán necesariamente los que produzcan más, sino los que formen mejor talento.

*La Maestra Gabriela Martínez Morales es Rectora Institucional de la Universidad Tecnológica de México (UNITEC), institución educativa privada con 60 años de experiencia formativa, enfocada en la calidad académica y la empleabilidad.

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