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La Casa Blanca como circo romano

Eduardo Ruiz-Healy | Ruiz-Healy Times
Donald Trump celebró ayer sus 80 años con una pelea de la UFC (Ultimate Fighting Championship) en el Jardín Sur de la Casa Blanca. No en Las Vegas ni en un estadio, sino en la residencia del presidente de EU. Y eso, que podría parecer una excentricidad más del hombre que ha convertido la política en un espectáculo permanente, no lo es.
Es un mensaje.
El mismo presidente que inició una guerra innecesaria contra Irán, que amenaza con “golpear muy duro” la infraestructura petrolera iraní y que lleva meses usando la fuerza como instrumento de negociación, decidió festejar su cumpleaños rodeado de patadas, puñetazos y sangre, con monedas conmemorativas de su rostro y fuegos artificiales de fondo. La violencia, para Trump, no es un problema que el gobierno deba contener. Es un instrumento del poder.
Hacer la pelea en la Casa Blanca no fue casualidad. El Jardín Sur convirtió el espectáculo en un acto oficial, en lenguaje de Estado.
En 1996, el fallecido senador John McCain calificó a la UFC de “peleas de gallos humanas” y encabezó una campaña para prohibirla. Y no exageraba: estudios médicos documentan que más del 30% de sus peleadores sufren daño cerebral. Lo que McCain quería erradicar, Trump lo celebró en su jardín. La ironía es que el mismo hombre que promueve la violencia como espectáculo patriótico obtuvo en 1968, a los 22 años, una exención médica por espolones en los talones para no ir a Vietnam, mientras que al mismo tiempo jugaba tenis, squash y golf. Simplemente no quería pelear por el país que tanto dice amar cuando le tocaba a él.
Trump lleva años construyendo una narrativa donde la moderación equivale a debilidad y la fuerza a liderazgo. No es una retórica vacía, sino una cosmovisión que explica tanto su política exterior como la doméstica, y que sus seguidores no solo aceptan, sino que exigen. El hombre que negocia con Irán a punta de amenazas es el mismo que celebra su cumpleaños con un espectáculo violento en su jardín. No hay contradicción. Hay consistencia.
Lo que cambió el domingo fue que esa narrativa encontró su imagen más nítida: la Casa Blanca como un moderno circo romano.
No hace falta ser conspiracionista para leer la señal. Trump no lanza señales disimuladas; lo que hace en público es exactamente lo que quiere comunicar y lo comunica en dos direcciones a la vez. Su base MAGA ve la fiesta y entiende que el poder se ejerce así. Sus interlocutores internacionales ven la misma imagen y sacan sus propias conclusiones. No necesita comunicados diplomáticos. El espectáculo es el mensaje.
Y ese mensaje, tarde o temprano, llega a México. Lo hemos vivido: aranceles punitivos, amenazas de intervención contra cárteles, presión migratoria permanente, una narrativa que nos presenta no como socios sino como problema a contener. Nuestro país es el blanco más cercano para cualquier demostración de fuerza de Trump.
Lo ocurrido el domingo le confirma a su base que la violencia es entretenida, patriótica y rentable. Si se aplaude en el jardín sur, será más fácil aplaudirla cuando llegue en forma de sanciones, redadas o castigos a socios incómodos.
Cuando la Casa Blanca convierte la violencia en fiesta presidencial, también está ensayando cómo ejercerla sobre sus adversarios y sus vecinos.
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