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Año Nuevo para Venezuela

Opinión
2026 abre con un final abrupto. Venezuela. Nicolás Maduro capturado. En cuestión de horas, la discusión pública internacional se desplazó hacia la legalidad de la intervención estadounidense. Pero el hecho precede al argumento. La operación ocurrió y no puede deshacerse. Es un fait accompli. Más allá de las interpretaciones jurídicas y con todas las reservas que impone el escenario posterior, la caída de Maduro es una buena noticia. La incertidumbre está en lo que viene, en los múltiples futuros posibles para Venezuela.
En las últimas horas, una palabra ha dominado la conversación: petróleo. Para la izquierda nacionalista, dentro y fuera de México, la explicación es simple, única e inmediata: Estados Unidos quiere apoderarse del crudo venezolano. El argumento es cómodo, pero incompleto. El petróleo importa, sin duda. Pero Washington no lo necesita. No se trata de una cuestión de abastecimiento, sino de poder.
Venezuela es hoy el laboratorio donde se ensaya un orden hemisférico más duro, más transaccional y abiertamente intervencionista. El objetivo no es tanto apropiarse del petróleo como negar el acceso a los otros, en específico a China. Las cifras lo confirman. Más del 80 % del crudo venezolano que se exporta termina en refinerías chinas. Rusia completa el cuadro, no por afinidad ideológica, sino porque las sanciones dejaron el terreno despejado para la operación de inversionistas rusos y chinos.
El control de Venezuela responde más a una lógica de competencia estratégica que a cualquier narrativa romántica sobre afinidades ideológicas, históricas o de defensa de la democracia. Geopolítica pura y dura. El secretario de Estado Marco Rubio lo dijo con claridad en una entrevista posterior a la operación del fin de semana en Caracas: “No podemos permitir que la industria petrolera siga beneficiando a los adversarios de Estados Unidos”.
Conviene, además, poner los pies en la tierra. Que Venezuela tenga las mayores reservas de petróleo del mundo no significa que pueda convertirlas en prosperidad de la noche a la mañana. La infraestructura está devastada. Las plataformas abandonadas, los equipos saqueados, y los derrames descontrolados. A esto se suma la enorme incertidumbre política que hoy reina en el país, el hecho de que las sanciones continúan vigentes y un bloqueo naval que limita cualquier ilusión de normalización inmediata. Reactivar la industria requerirá tiempo, reglas claras e inversiones millonarias. El petróleo, por sí solo, no basta.
En México, la reacción era predecible. Defender la no intervención, invocar la Doctrina Estrada y la Carta de la ONU, como hizo la presidenta Claudia Sheinbaum, es una postura prudente, justificada y comprensible. Quien, una vez más, no le hace ningún favor es su mentor, al reaparecer con un discurso abiertamente antiestadounidense. Y es que el antiyanquismo sigue siendo una pulsión muy poderosa y muy eficaz en la política mexicana. Dentro de MORENA, el ala más radical ya perfila posiciones más duras.
Desde mi perspectiva, lo verdaderamente lamentable es la confusión moral. Una cosa es rechazar una intervención unilateral; otra muy distinta es defender a un dictador. Las consignas de apoyo a Maduro frente a la embajada estadounidense en la Ciudad de México revelan una estrechez de miras preocupante. En amplios sectores de la izquierda mexicana, el análisis de la política internacional sigue siendo limitado y reactivo. La condena al intervencionismo no exige la absolución del autoritarismo.
Al final, más allá de los cálculos estratégicos, lo que debería importar es el destino de la sociedad venezolana. Quienes siguen ahí, quienes se fueron, quienes esperan volver. Que este nuevo año no sea solo un movimiento en el tablero geopolítico, sino la posibilidad de reabrir un horizonte democrático largamente clausurado.
