En la entrevista publicada por Proceso (2228) donde el exsecretario de Hacienda, Carlos Urzúa, detalla las razones de su renuncia, hay una entre ellas que me parece fundamental, y es cuando señala el “voluntarismo” del presidente.

Urzúa no define cuál es su concepción sobre el voluntarismo, pero supongo que estaría de acuerdo con las definiciones que propone el diccionario de la Real Academia Española (RAE).

En él se ofrecen cuatro maneras de entender ese concepto. Cito de manera textual: 1) Teoría filosófica que da preeminencia a la voluntad sobre el entendimiento; 2) Doctrina que, según Arthur Schopenhauer, sostiene el predominio de la voluntad en la sustancia y constitución del mundo; 3) Doctrina teológica para la cual todo depende de la voluntad divina; 4) Actitud que funda sus previsiones más en el deseo de que se cumplan que en las posibilidades reales.

A partir de los distintos argumentos que ofrece Urzúa para razonar su renuncia, asumo, lo estoy interpretando, que las definiciones dos y cuatro de la RAE son las que fundamentan su crítica para señalar que el presidente es un “voluntarista”.

En la versión de Urzúa, el presidente da “preeminencia a la voluntad sobre el entendimiento” y “funda sus previsiones más en el deseo de que se cumplan, que en las posibilidades reales”.

Así se explica que el presidente tome “decisiones de política pública sin el suficiente sustento”. No importa lo que diga el entendimiento ni cuáles sean los argumentos que ofrece la ciencia y la técnica. La voluntad, mi voluntad, está sobre la razón y no importan las consecuencias.

Y también que las decisiones no se basen en las posibilidades reales, en “evidencia”, como señala Urzúa, sino en el deseo, en mi deseo, de que las cosas sean así. En todo caso, no soy yo sino es la realidad la que se equivoca.

Urzúa conoce desde hace muchos años al presidente, y en estos meses, como secretario de Hacienda, estuvo muy cerca de él. Le tocó ver cómo el mandatario tomó decisiones clave de política económica y financiera de manera voluntarista, a pesar de que se le dijo de sus consecuencias. No hizo caso.

El voluntarismo niega la razón y pone la voluntad por delante del entendimiento. El voluntarismo niega la realidad y funda en el deseo que las cosas pasen, pero sin tener en cuenta las condiciones objetivas que señalan si eso es o no posible. Se prescinde de ellas.

Urzúa advierte cuál es el mayor peligro del actual gobierno: el voluntarismo presidencial. En la historia del país ya sabemos qué ocurre cuando un presidente articula sus decisiones sólo desde la lógica de su voluntad. Están ahí los sexenios de Luis Echeverría y José López Portillo. Hoy todavía el país sigue pagando lo que hicieron.

Twitter: @RubenAguilar

Rubén Aguilar

Asesor Político

Convicciones

Licenciado en filosofía, maestro en sociología y doctor en ciencias sociales por la Universidad Iberoamericana (Campus Santa Fe, México). Tiene estudios de comunicación en el ITESO (Guadalajara, Jalisco) y de desarrollo institucional en el INODEP (París, Francia). De 1966 a 1979 estuvo en la Compañía de Jesús.