La cultura global no es de fácil asimilación para el ADN mexicano. Es probable que nuestro cuerpo social carezca de una enzima (imaginaria) que ayuda a catalizar la comprensión internacional. Sólo así se puede explicar ciertos comportamientos anómalos y cursis entre mexicanos. Existen demasiados ejemplos que ayudan a ilustrar lo anterior.

Creer que México es el centro del mundo detona efectos de autoestima interesantes, pero son terriblemente dañinos para la geopolítica.

Para cierta demografía mexicana que se encuentra en el extranjero, México vive en una permanente guerra cultural frente al mundo, y como tal, hay que activar mentalmente una de las armas intelectuales de mayor capacidad de destrucción: “Como México no hay dos”.

Es la clase política la que alimenta a su retórica con esta poderosa arma intelectual. Es difícil encontrar a un político mexicano que públicamente realice un diagnóstico cultural sobre los rasgos etnocentristas del mexicano. El miedo a la degradación popular es latente. “¡Antipatriota!”, le gritaría la grada.

Entre las externalidades negativas que genera el etnocentrismo (su significado se puede ver popularmente reflejado con claridad a través de la frase: “No se mira más allá del ombligo”), se encuentra la falsa creencia de que los diplomáticos son una especie de guerrilleros cuya única misión es derrochar el dinero público en fiestas, brindis y galas de alfombra roja. De esta manera, desde el intelectual colectivo del mexicano se ataca de manera automática y visceral, por ejemplo, a la apertura de embajadas, los viajes de comisiones integradas por senadores y diputados y la renta de oficinas en el exterior.

La cultura de la sospecha la propagan los medios, cuyas cabezas editoriales señalan: “Senadores gastan 10 millones de pesos en viajes”; “Comisión viaja a París”; “Político es visto en las calles de Londres”. Sin contextos ni matices, las frases dibujan entornos peyorativos desde el ángulo que se le lea. La premisa es clara: roban porque viajan.

Al lo largo de varios años, he platicado con varios embajadores y cónsules sobre sus experiencias en legaciones mexicanas. Nunca faltan los entornos excéntricos en los que se mueven secretarios de estado, senadores, diputados y empresarios, y tampoco faltan peticiones absurdas entre los propios diplomáticos.

En alguna ocasión, una embajadora pidió a la Secretaría de Relaciones Exteriores que le comprara una Combi de Volkswagen para lucir estéticamente su ideología retroanquilosada por las calles de Brasilia.

Sobran anécdotas de gobernadores pidiendo botellas de cognac Louis XIII Remy Martin o de vino tinto Petrus en el bar Lipp de París. El perfil etnocentrista, junto a un comportamiento anárquico frente al presupuesto público, da como resultante actos de desfachatez o vulgaridad sólo comparables con el acto de defecar u orinar en la tumba del soldado desconocido en el Arco del Triunfo en París, como ya lo hizo un aficionado mexicano al futbol durante el Mundial de Francia 1998.

Sin embargo, extrapolar los casos excepcionales hacia el universo del cuerpo diplomático y de los funcionarios públicos en general, resultaría un error, por injusto.

La mayoría de las interacciones diplomáticas de embajadores y cónsules mexicanos son de enorme importancia en su intento de extender la red del país en el mundo. No hacerlo sería tener una actitud ensimismada. Lo mismo se puede decir para la mayoría de funcionarios públicos que emprende misiones extraordinarias.

La cuarta transformación diplomática

El coordinador de Morena en el Senado, Ricardo Monreal, anunció el miércoles un recorte de 76% a viajes al exterior. La decisión se traduce en un “tijeretazo de 4.7 millones de pesos (...) por lo que (los senadores) acudirán sólo a ocho de los 29 compromisos internacionales programados de septiembre a diciembre, en los que participarán 15 de los 67 senadores previstos” (Excélsior, 13 de septiembre).

Entre los eventos cancelados durante septiembre destacan: Panamá, San Petersburgo, Austria, Indonesia, Abu Dhabi, Buenos Aires y Canadá.

Monreal acepta que “aunque son importantes todos (los eventos), no se justifica que México, en condiciones de emergencia económica, esté (gastando) en excesos en el exterior (...) Vamos a minar el turismo parlamentario. Yo lo conozco bien, le aseguro que sé de lo que hablo”.

Como suele pasar cuando hay que sacar la tijera para cortar “gastos”, la política exterior es la primera que se encuentra en la fila. Resulta lamentable que, habiendo formas de medir lo que se invierte en comisiones al exterior, se utilicen las jugadas que tanto gusta a la grada.

Llegarán los aplausos y expresiones en redes sociales: “Nosotros tenemos muchos problemas”; “¿Sirios? ¿Para qué aceptamos refugiados, aquí hay muchos pobres”.

Feliz 15 de septiembre; que viva México.

@faustopretelin

Fausto Pretelin

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.