Apesar de los inevitables temores, el Mundial de Rusia se mostró perfecto tanto en el aspecto deportivo como político. Hay decepciones por supuesto, pues todas las naciones compiten para ganar. Pero, finalmente, los tres mejores equipos quedaron en los tres primeros lugares. El francés Griezmann es el tercer mejor jugador, el segundo es el belga Hazard y el primero Modric, el croata. Esperemos que estos tres jugadores rompan el monopolio que remonta al 2008, de Ronaldo y Messi sobre la afición y el balón de oro después de los resultados de sus respectivos nacionales. Esto sería una bocanada de aire fresco. El hecho de que países como Rusia, Inglaterra o Uruguay hayan tenido un desempeño digno también reequilibra y renueva el planeta futbol. El único bemol puede ser la derrota de las dos pequeñas naciones “heroicas” de este campeonato: Bélgica y Croacia. Pero en ambas, la cohesión nacional, tan necesaria por razones muy distintas, resultó reforzada. Se ubicaron positivamente en el mapa internacional, mejorando su imagen. Salieron de este torneo con la cabeza en alto.

Vladimir Putin supo utilizar al máximo, sin abusar, su papel de anfitrión. En la última semana del torneo internacional, invitó al primer ministro israelí así como al líder palestino, de la misma manera que recibió a los presidentes francés y croata. En este sentido, también el Mundial 2018 se desenvolvió sin problema. No hubo violencia entre aficionados hooligans (una palabra rusa). Solamente se asomó el conflicto de los Balcanes con el partido Suiza-Serbia.

Una victoria croata probablemente hubiera despertado reacciones negativas en una región, donde el futbol fue durante la época comunista el refugio de los nacionalistas más extremos. La corrupción que prevalece en la federación croata y que llegó a manchar tanto al adulado Modric como a la presidenta del país y a su partido también tiene sus raíces en la historia de la difunta Yugoslavia con su sabor a nacionalismo étnico-religioso.

En cambio, como en 1998, la victoria francesa se tradujo como la victoria de la diversidad étnica de una nación unida por su cultura y su lengua. La frescura de Macron contrasta con el aspecto más tradicional de Merkel que no logró o no quiso preservar la unidad y la salud económica del viejo continente. El presidente francés sigue corriendo con suerte y refuerza el liderazgo simbólico del país galo frente a negociaciones difíciles con los alemanes para preservar el proyecto europeo, en particular, los estragos nacionalistas de Italia y de Europa central.

Después de un mes de paréntesis, la realidad política internacional regresó. Otra realidad es que el próximo Mundial tendrá lugar en Qatar. El futuro anfitrión no tiene tradición futbolística alguna, ya es objeto de una investigación internacional sobre las condiciones de obtención de la sede, está en conflicto con sus dos vecinos (Arabia Saudita y Bahrein) y, sobre todo, tiene un gobierno monárquico autoritario que discrimina a los extranjeros que conforman 90% de sus 2 millones y medio de habitantes. El reto es mayúsculo, pero el emirato tiene cuatro años para prepararse tan bien como Rusia.