Lo que el mundo presenció la semana pasada va mucho más allá de los escándalos constantes a los que nos tiene acostumbrados Donald Trump. Ha cruzado una línea cuyas consecuencias perdurarán.

Al negarse a condenar abiertamente a los neofascistas de Charlottesville, y al equipararlos con los participantes de la contramanifestación, reveló de manera cruda su verdadero talante, un estigma que lo perseguirá por siempre.

Para casi cualquier otra persona hubiera sido fácil condenar una marcha abiertamente racista y violenta, que utilizó antorchas tipo Ku Kluk Klan, que llamó presuntamente a la limpieza étnica, que coreó lemas antisemitas y que blandió rifles afuera de una sinagoga en donde había gente rezando. El corolario de ese lamentable suceso fue que uno de los fanáticos atropelló a propósito a una mujer, causándole la muerte.

Al decir Trump que hubo responsabilidad “en ambas partes”, y que en los dos bandos había “muy buenas personas”, el mundo entero fue testigo de sus intentos de justificar lo indefendible. Fue su descenso a los infiernos, multiplicado exponencialmente por los medios.

La condena fue casi universal, aunque, como se ha hecho notar, muchos de los que trabajan con él no tuvieron los tamaños para contradecir a su jefe. En un reportaje de Vice News sobre lo sucedido, se revela la naturaleza del movimiento “alt right”, con grupos que consideran que incluso Trump “no es lo suficientemente racista” porque le dio su hija a un “bastardo judío”. Y que proclaman la violencia de esta manera: “mucha gente va a morir de aquí a que terminemos nuestra obra” (de limpieza étnica). Hay que tener estómago para ver el documental, pero vale la pena hacerlo (el lector puede encontrarlo aquí).

No contento con eso, unas horas después del lamentable atentado en Barcelona, Trump volvió a la carga con un tuit macabro: citó un suceso inexistente del general John Pershing en Filipinas, a principios del siglo XX, cuando supuestamente mató a 49 rebeldes musulmanes, que se oponían a la intervención estadounidense, masacrándolos con balas bañadas en sangre de cerdo (según la tradición islámica, eso les impediría llegar al paraíso). En el malhadado tuit, sin darse cuenta, Trump ensalzó un asesinato masivo y el rompimiento de todos los códigos militares sobre respeto a las creencias religiosas de los enemigos. Si el general Pershing viviera, y el hecho hubiera tenido lugar, podría ser condenado por crímenes de guerra. Eso es lo que Trump puso como ejemplo a Barcelona y al mundo (por cierto, no está claro si quiso con ese comentario confortar a los catalanes, y no sé cuántos de ellos se sienten españoles, pero además cometió otro gazapo al recordar cuando Estados Unidos le arrebató Filipinas a España).

Evidenciaba una vez más su faceta cruel, virulenta e intransigente. Él solo, sin ayuda de nadie, se seguía acercando al despeñadero. Los empresarios lo abandonaron y todas las ramas de las fuerzas armadas se pronunciaron en contra de los grupos neonazis. También lo hicieron otros republicanos, algunos de ellos pesos pesados del establishment, como Bob Corker, quien dijo que el presidente “no ha demostrado tener la estabilidad que se necesita”.

Otro senador, Lindsday Graham, comentó que por haber manejado todo tan mal, Trump estaba recibiendo "apoyo de los grupos más racistas y llenos de odio”. Para desgracia del empresario, una figura nauseabunda, David Duke, exlíder del Ku Klux Klan, dijo orgullosamente: “Trump nos ha empoderado”.

En medio de toda esta trama envenenada, a su asesor, Steve Bannon, se le ocurrió dar una inesperada entrevista a un medio menor, The American Prospect, en la que se distanció radicalmente de su jefe en varios temas. Pudo tratarse de un obús en contra de quienes le llevaban la contra en la Casa Blanca en lo referente a China, pues es conocida su delirante hipótesis sobre la inevitabilidad de la guerra con ese país. Al parecer quería hacer causa común con medios de derecha y de izquierda para apoyar medidas económicas contra el gigante asiático, medidas que no aprueban gente como Kushner, Mnuchin y Cohn.

Al interior de la Casa Blanca se vive una lucha entre quienes manejan ideas más moderadas, como los tres citados (además de McMaster, Mattis y, especialmente, el nuevo Jefe de Gabinete, John Kelly) y los que defienden –apenas veladamente– las ideas más impresentables, como el propio Bannon, Sebastian Gorka y Stephen Miller (este último un supremacista de tendencias neonazis que, bizarramente, es de origen judío).

En la entrevista con The American Prospect Bannon impulsó las sanciones comerciales a China, diciendo que la administración se debe olvidar del supuesto apoyo de Pekín con el tema de Corea del Norte. Parafraseando la entrevista (que se puede leer aquí), el asesor presidencial dijo que no hay solución militar posible con Pyongyang, así que Estados Unidos se debe de enfocar en hacerle frente a China, sin ninguna consideración.

El hoy defenestrado asesor siempre ha estado obsesionado con que China superará en poder a Estados Unidos en cinco o 10 años, lo que para él es tanto como invocar el Apocalipsis. Dos días después estaba fuera de la Casa Blanca (una solución que, al parecer, fue negociada con anterioridad por John Kelly y el presidente).

Al parecer los moderados están ganando en la Casa Blanca, excepto por el elemento más tóxico: Trump mismo. En un editorial que será recordado, The New York Times escribió lo siguiente: “en esencia, lo que tenemos ahora es una nación encabezada por un príncipe de la discordia que parece divorciado de la decencia y el sentido común”.

Hoy por primera vez, de manera seria, muchos republicanos están cuestionándose si vale la pena seguir en el lado equivocado de la historia. Y hoy es más claro que nunca para ellos, tan reacios a ver las cosas sin su distorsionada ideología, en dónde se encuentra ese lado. Después de la semana pasada ya no sólo es común hablar de la posibilidad del impeachment, sino de la enmienda 25, que establece que un presidente puede ser reemplazado si no es apto para el cargo.

Por lo pronto, Bannon volvió a su engendro mediático, Breitbart News, y prometió librar desde ahí una “guerra” contra las fuerzas moderadas en Washington. Aunque, decepcionado, dijo que la presidencia por la que luchó, estaba terminada.

El que el presidente se encuentre debilitado le resta fuerza para llevar a cabo políticas en muchos frentes, desde las prometidas rebajas de impuestos a los ricos, hasta una renegociación agresiva del TLC. Por un lado, resulta positivo que Trump se presente tal cual es, con toda su brutalidad y primitivismo, y no que intente engañar exhibiéndose “presidencial”.

Quizá es mejor que nunca se normalice una presidencia que, esencialmente, constituye una afrenta a todos los valores que persigue la civilización, como la democracia, la capacidad de acuerdos, la inclusión y la tolerancia. Mientras más se intensifiquen las contradicciones, más cerca estarán los republicanos de amotinarse ante el capitán que trata de hundir su barco. Más dispuestos estarán de votar a favor de un impeachment si las investigaciones probaran responsabilidad, o de apoyar la enmienda 25 si la situación llega al límite.

José Manuel Valiñas

Analista de temas internacionales

Planetario

José Manuel Valiñas es articulista de política internacional. Dirigió la revista Inversionista y es cofundador de la revista S1ngular.

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