A ver cuándo salen los coordinadores de cultura (o sucedáneos) que faltan en los equipos de los aspirantes a la Presidencia. Ya tenemos a Alejandra Frausto, incluso designada como Secretaria de Cultura por AMLO. Quienes lleven el tema con Meade y Anaya, tanto con quienes sean candidatos independientes (todo indica a Zavala, El Bronco y El Jaguar), son los primeros en jugar con las apuestas al mayor cargo de cultura federal. Ser responsable de las promesas de un candidato ante el sector es asegurar puesto tras el triunfo. Ejemplos en este sentido son Víctor Flores Olea, con Salinas, Rafael Tovar, con Zedillo y Sari Bermúdez, con Fox, Sergio Vela con Calderón. Con Peña Nieto no hubo una figura central, anduvo cerca Tovar, su gente, y en el equipo de transición, García Cepeda.

En las campañas se desgranan diversidad de expresiones de apoyo a los candidatos. Se promueven foros y encerronas en corto. También ocurren numerosas críticas a la gestión saliente. Además de las plataformas electorales, se elaboran documentos para sostener las ofertas del futuro gobierno. A veces se va más allá, como ocurrió en el proceso de 2006, cuando desde la UdG, Raúl Padilla animó, bajo la coordinación de Eduardo Nivón, el libro colectivo Políticas culturales en México, 2006-2020. De cara a las elecciones de este año, por ejemplo, acabamos de lanzar ¡Es la reforma cultural, Presidente! (Editarte Publicaciones), empeño colectivo de propuestas para el sexenio que viene.

La comunidad cultural invierte energía en intentar revelar el misterio del destapado en la coordinación del aspirante. Igual circulan numerosos nombres de forma paralela advirtiendo que así se cuida al verdadero beneficiado. Otros brillan como estrategas, como cabilderos, como fieles de la balanza para conquistar intereses. Vaya, hasta cabe el “caballo negro”, el jinete por el que nadie daría un duro. Hay grilla y disputa sin par. Este fenómeno de la política cultural cobrará mayor significado pues tiene el ingrediente histórico de ser el primer nombramiento de titular de la Secretaría de Cultura al inicio de una gestión. Será el tercer secretario(a), primero con vista plena al sexenio.

Los escenarios sucesorios del ramo ya están ahí. Y no son muchos, salvo diga lo contrario el jinete del “caballo negro”. Exploremos más allá de filiaciones. Al interior de la Secreculta, la única figura es Lidia Camacho, en ascendente desde el 2000. Jorge Volpi instrumenta su objetivo vía la UNAM y Andrés Roemer mediante su núcleo PRIAN/empresarial. De Consuelo Sáizar enuncio el viable regreso a la cartera, mientras que en Eduardo Vázquez advierto las posibilidades de su soltura centrista.

Otro escenario relevante es el de Raúl Padilla. Si bien no pocos lo quisieran un día en el gobierno federal, más determinante es su influencia. Ya veremos en dónde queda su apoyo (hasta ahora a Volpi), como el de figuras que tradicionalmente se involucran bajo cuerdas, como Krauze, Aguilar Camín, León Portilla, Villoro, Matos, Taibo II y otros influencers.

Hay otro tablado. Los no pocos activistas en cada bando o aquellos que sin pertenecer a alguno, sus intervenciones se juzgan vitales. En este rubro hay un nutrido grupo, que incluye aspirantes (no pocos con méritos) a los distintos cargos que tiene la Secretaría de Cultura, a permanecer o beneficiarse en ella, a ser factores de influjo. Hablo de gente como Liz Galván, Lucina Jiménez, Mara Robles, Susana Pliego, Igor Lozada, Nubia Macías, Sabina Berman, Edgardo Bermejo, Andrés Webster, Diego Prieto, Antonio Crestani, Arturo Saucedo, Dolores Beistegui y José San Cristóbal. La lista no es larga. Tenemos meses por delante para auscultar esto y si en verdad algunos de ellos representan la posibilidad de una reforma cultural.

Eduardo Cruz Vázquez

Periodista

En el paredón

Periodista, gestor cultural y exdiplomático, experto en economía cultural, formación de emprendedores culturales y gestores de diplomacia cultural