De la noche a la mañana surgen terribles conflictos y se extienden rápidamente. Parecieran responder a una bien planeada organización. El hecho es que una parte de la sociedad está corrompida, abarca a todos sus miembros por igual, no importa si es el dueño del tendajo, el de la gasolinera, la doctora, el funcionario o el bolero de la esquina. La mancha negra aumenta de tamaño, metástasis de la pudrición moral, de la ausencia de valores que antes unían, de la ignorancia supina, de la ambición, de la violencia.

Me pregunto cuáles son las causas de los fenómenos que, acongojados, presenciamos. Pienso en dos: la pobreza y el paternalismo oficial.

La pobreza no se resuelve con manipulaciones de esa entelequia que se llama salario mínimo. Mientras tardemos en combatirla con la única arma eficaz, la inversión, más se va a propagar. Y ya no se diga pobreza, sino miseria, material, espiritual, cultural y educativa. Los jóvenes se refugian en la protesta, pues están en un desierto en materia de oportunidades, sobre todo las que atañen a la preparación para el buen desempeño social, empleo productivo, ingreso remunerador y horizonte abierto si hay esfuerzo de por medio. En Suiza, no ocurre lo que sucede aquí. ¿Por qué? Suele explicarse nuestra condición por fatales circunstancias históricas, otras tantas taras, como desafortunada mezcla racial, esclavizante colonialismo español, americanos ventajistas, oscurantismo católico, etcétera. Primero, la historia suiza no es miel sobre hojuelas. Consúltese. Segundo, reparemos más bien en nuestros errores y omisiones: de individuos y de individuos coligados en cualquier tipo de asociación, privada, pública, empresarial, religiosa, académica.

El paternalismo es una de las características del sistema mexicano, desde sus raíces indígenas y desde que a Cortés se le faculta para repartir. De ahí p’al real y hasta estos días: el poder público, dueño originariamente de todo, se responsabiliza también de todo. Por eso es el receptor universal de solicitudes y el único otorgante de favores, llámense permisos, concesiones, facultades, autorizaciones o como se quiera. Nuestra crónica es la de los pliegos petitorios al gobierno y la de individuos y organismos acostumbrados a extender la mano y exigir, no a valerse por sí mismos. La mayoría de los suizos ignora el nombre del presidente en turno.

Por eso no acusamos a los criminales. Por eso el culpable de todo es el gobierno. ¡Pregúntenle al negro!

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