Los sismos son impredecibles. Nadie, ni siquiera los brujos de Catemaco, son capaces de predecir un terremoto. La única certeza que tenemos es que vivimos en un país sísmico y que por lo tanto volverá a temblar en la Ciudad de México, Puebla, Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Morelos, Michoacán, Colima, Baja California o Jalisco. Lo único que tenemos para protegernos de los sismos es la experiencia. Muchas de nuestras ciudades han tenido sismos importantes: Oaxaca, en 1787; Mérida, en 1894; Guadalajara, en 1932; Xalapa, 1920; la misma Ciudad de México, en 1957 y 1985, etcétera. En todas ellas ha temblado y volverá a temblar. Ahora sí que si ya sabemos cómo se mueve el piso, por qué le hacemos al tío Lolo.

Lo sorprendente entonces no es que haya temblado, sino que sigamos cometiendo los mismos errores, y que esos errores tengan como fuente principal la corrupción. Ningún edificio construido después de 1985 debió haber sufrido daños mayores si se hubiese construido conforme a las reglas vigentes. De acuerdo con un reportaje de sinembargo.com, al menos 47 de los edificios caídos o con daños estructurales severos son fruto de la corrupción, sea porque quedaron dañados desde 85 y se autorizó su restauración sin cumplir las normas, sea porque se construyeron fuera de reglamento. Entre los que habría que revisar está el Colegio Enrique Rébsamen en Coapa, pues la estructura que colapsó es la que se construyó hace tres años.

Brincarse un permiso, autorizar una construcción que no cumple los reglamentos, construir algo distinto a lo autorizado, bajar la calidad de los materiales son todos actos de corrupción que involucran a autoridades y/o particulares. Un terremoto es un desastre natural que no podemos ni prever ni evitar; un acto de corrupción es una acto criminal que no debemos ni solapar ni naturalizar.

El otro lado de la corrupción en un sismo es la reconstrucción. Después del terremoto de 1985, la corrupción no hizo sino prolongar la tragedia. Los recursos públicos deberán comenzar a fluir, y como se trata de emergencias buscarán eludir las licitaciones o que las compras no sean sometidas a los controles normales de la administración pública. La tragedia es siempre campo fértil para la corrupción. Hay que evitar caer en la disyuntiva del gallego, aquella de rapidez o exactitud, que en nuestro caso se traduce a rapidez de respuesta o control del dinero. Es una falsa disyuntiva: tenemos que canalizar los recursos para la reconstrucción de manera rápida y eficiente, pero controlando la corrupción.

En las primeras horas después de la emergencia surgió la propuesta de nombrar un comisionado para la reconstrucción, alguien que dé confianza y tenga facultades para decidir. No es una mala idea, pero en cualquier caso deberá ir acompañado de ciudadanos y técnicos que le ayuden no sólo a tomar las mejores decisiones, donde por supuesto el único elemento no es el precio, sino sobre todo a darle confianza a los ciudadanos.

El horno no está para bollos. Lo que se juega aquí en mucho más que una elección, es la confianza en nosotros mismos.