La historia de la ciencia como la conocemos alcanzó su momento más alto con la larga y productiva vida de un bebé prematuro nacido en el poblado de Woolsthorpe, en el condado de Lincolnshire en el Reino Unido la mañana de Navidad de 1642. Hijo de un campesino que moriría cuando él tenía tres años y una madre que lo abandonó con sus abuelos a los nueve para casarse con un hombre al que no le interesaba para nada criar un hijo ajeno, Isaac Newton creció para convertirse en el científico más importante de todo los tiempos.

Isaac fue un hombre complejo, beligerante y problemático cuyas obras lo enemistaron ¡cómo no! con la Iglesia (la católica y la anglicana) y lo convirtieron en un titán sobre cuyos hombros se crearon nuevas ramas de la física y se basaron los trabajos de innumerables científicos después de él. De la alquimia a la óptica, Newton era un ávido investigador de todo lo que despertase su insaciable curiosidad, tuvo agrias diferencias con genios de la talla de Leibniz (con quien comparte el mérito por la creación del cálculo infinitesimal, ese dolor de cabeza para los que fuimos a la escuela antes de la era digital), Robert Hook y el filósofo John Locke entre muchos otros, lo que no le impidió intercambiar y comparar con ellos sus descubrimientos y opiniones.

No hubo apenas área alguna del conocimiento humano que no interesara. Lo mismo dibujaba pájaros que hacía exquisitas maquetas de madera, relojes solares, estudiaba las Escrituras... Entró a los 18 años al prestigiado Trinity College de Cambridge, del cual fue un alumno más bien mediocre, básicamente porque vivía en la biblioteca leyendo lo que le interesaba. Se cree que ahí entró en contacto con Descartes, Kepler, Galileo y Huygens, lo que lo llevó a la geometría y el movimiento de los planetas.

En la década de 1670 se interesó por el estudio de la refracción de la luz en el espectro, echando por tierra la teoría de Francis Bacon sobre la causa de este fenómeno (Bacon creía que era debido al prisma que descomponía la luz, no a la naturaleza misma de ésta, como demostró Newton). Ya puestos, se inventó un tipo totalmente nuevo de telescopio, el reflector o newtoniano, para evitar la aberración que sufren todos los telescopios refractores. Poco después de esto escribió una de sus obras más relevantes, Opticks, no muy bien recibida por Huygens o Hooke, por cierto.

Pero fueron ciertas interrogantes planteadas por Huygens sobre el movimiento de un cuerpo en aceleración constante las que llevaron a Newton a desarrollar su obra más grande, el libro más importante de la física moderna, Philosophiae naturalis principia mathematica (Principios matemáticos de la filosofía natural o simplemente Principia). Es en esta magna obra donde Newton demuestra la genialidad de su mente matemática al convertir las leyes de la Naturaleza en ecuaciones matemáticas perfectamente demostrables y repetibles, elevando las leyes del movimiento planetario de Kepler al demostrarlas en su genial Ley de la gravitación universal. En Principia también estipula sus tres Leyes de la Dinámica, que nos dan un modelo matemático que abarca desplazamiento, velocidad y aceleración, la clave para comprender, digamos, el movimiento planetario.

Sir Isaac Newton (ordenado por la reina Ana a principios del XVIII) era también un rabioso alquimista, llegando a publicar más páginas de alquimia que de ciencia en realidad. Quizá por la respuesta más bien flamígera de la Iglesia ante escritos de este tipo, el interés de Newton no fue muy conocido por el público. También dedicó sus últimos años a estudiar la Biblia, convencido de poder encontrar patrones matemáticos que nadie más podía encontrar, y escribió aún más páginas de teología que incluso de alquimia. Fue miembro ilustre del Parlamento británico, dirigió la Casa de Moneda y fue el primero en proponer el patrón oro para respaldar la libra, y fue presidente del centro de conocimiento más reputado de occidente en ese momento, la Royal Society.

Pero acaso la más grande contribución de Sir Isaac a la humanidad fue la consolidación de la Era de la Razón, donde el empirismo, la experimentación y el método científico fueran la manera estándar de adquirir conocimientos, donde la duda ante las viejas ideas no era ya tolerada, sino incluso celebrada. En palabras del gran matemático Joseph Louis Lagrange, "Newton fue el más grande genio que ha existido y también el más afortunado, dado que solo se puede encontrar una vez un sistema que rija el mundo".

Ramón Martínez Leyva

Ingeniero

Un pálido punto azul

Es ingeniero en Sistemas Computacionales. Sus áreas de conocimiento son tecnologías, ciencia y medio ambiente.

Lee más de este autor