Cada vez es mayor el involucramiento sobre el estudio, el diseño y la adopción de medidas que mitiguen sus efectos y mantengan rentables la producción de bienes y servicios.

En el marco de la firma de las Contribuciones Nacionalmente Determinadas (Intended Nationally Determined Contribution), México tiene el compromiso para el año 2030 de abordar el cambio climático bajo dos componentes: mitigación y adaptación, tanto para reducir emisiones de gases de efecto invernadero, como de contaminantes del clima de corta vida.

Para su cumplimiento, la estrategia nacional se basa en: 1) la protección contra los impactos adversos del cambio climático y 2) fortalecer la capacidad de adaptación a los cambios en los grupos más vulnerables.

De esta manera, la adaptación al cambio plantea una oportunidad para fomentar medidas y acciones, pero también plantea retos importantes para las actividades y sistemas productivos.

En específico el reto para sectores como la agricultura y ganadería, silvicultura, uso de la fauna silvestre, acuicultura, pesca, minería y turismo es grande, ya que tienen como principal insumo el uso de los recursos naturales y el trabajo de población más vulnerable.

Estas actividades requieren cuidar el recurso natural y, de igual manera, deben mantener e incrementar los volúmenes de producción, mantenerse competitivas, generar ingresos para la población y a la vez satisfacer una necesidad por productos y servicios con el menor impacto ambiental y social. Es decir, requieren generar proyectos sustentables en la expresión más amplia siendo rentables, tener beneficios ambientales y que puedan tener cobeneficios sociales.

La Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad considera tres dimensiones para definir la sustentabilidad: económica, social y ambiental. Un proyecto sustentable será evaluado por criterios de gobernanza y desarrollo local, sostenibilidad económica y administrativa, conservación de la biodiversidad, uso sustentable de los componentes de la biodiversidad (suelo, residuos, agua, energía) y distribución de beneficios.

En las actividades agropecuarias el enfoque de red de valor se vuelve fundamental para que las empresas productivas encaminen sus objetivos y puedan consolidar sus proyectos como sustentables. Desde la actividad de siembra, mediante las buenas prácticas de cultivo, es posible incrementar el valor al producto y otorgarle ventaja comparativa e incluso obtener certificaciones por el método de producción utilizado o el uso de paquetes tecnológicos menos degradantes al medio ambiente. El producto resultante se transmite a los siguientes eslabones de la red quienes deberán adaptar sus procesos a los requerimientos del mercado.

En la siguiente sección de esta nota, comentaré las diferentes posibilidades con las que cuentan las empresas del sector para lograr redes sustentables.

*Angélica Fermoso Gómez es especialista en la Subdirección Técnica y de Redes de Valor de FIRA. La opinión es del autor y no necesariamente coincide con el punto de vista oficial de FIRA.

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