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Opinión

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Querida Fátima

Quisiera decirte que México se detuvo por completo por tu brutal asesinato. Desearía contarte cómo el país entero se encuentra suspendido desde que tus ojos se cerraron por última vez con un terror inimaginable atorado en el pecho. Daría lo que fuera por hacerte saber que tus gritos ahogados no fueron en vano y que ningún rincón de ésta, la tierra donde naciste, volverá a ensangrentarse.

Pero eso no sucedió. Hoy tu país, el mío y el de todas nosotras no tiene tiempo para llorar. Todo está trastornado. Mujeres sin nombre, sin rostro, sin cuerpo siguen inundando nuestra vida diaria recordándonos que vivimos a la puerta del infierno. Como miles, pienso en mis señas particulares por si un día tienen que buscarme. Estatura: 1 metro 62. Cabello: castaño. Ojos: café claro.

Tú no lo sabes, pero aquel 12 febrero probablemente se fueron contigo otras 10 de nosotras. Tú no lo sabes, pero vivías en un lugar donde cada 2 horas y media una mujer es violentada. Tú no lo sabes, pero en un día cualquiera en este país 49 mujeres son violadas. Tú no lo sabes, y no tienes por qué saberlo, pero cada 24 horas se pierde el rastro de cuatro pequeños como tú. Tú no lo sabes, pero de seguir con vida y con tus sueños nunca te hubieras sentido realmente segura el resto de tus días. Ni en tu hogar, ni en tu escuela, ni en la calle, ni en tu oficina.

Lo que sí te puedo decir es que ya nada será igual. Fátima, Ingrid, Abril, Lesvy, Lupita, Juárez, Atenco... Tu nombre se suma ahora a una ignominiosa lista de injusticias que no olvidaremos nunca. Con tu partida algo terminó de morir en todas nosotras. El miedo ya no nos paraliza y el hartazgo nos unifica. Y hoy nos debatimos cómo sería vivir un día sin todas nosotras en un país donde faltas tú y faltan muchas.

“¿Te vas a ir de paro el 9 de marzo?”, es la pregunta que inundó sin previo aviso todas nuestras conversaciones. Manejar el horror se ha convertido en un ejercicio de autocontrol y ahora todas nosotras nos cuestionamos si la única forma de hacernos escuchar es a través de nuestro silencio. Llegó la hora de despojarnos de todos esos espacios por los que hemos luchado y observar en silencio qué tanto se resiste el mundo a nuestra ausencia.

Para muchas, la decisión no es fácil. ¿Se solidarizarán con nosotras? ¿Habrá represalias? ¿Se darán cuenta de que no hago falta? ¿Por qué tengo que dejar de existir un día para que valoren mi vida? ¿Por qué tengo que guardar silencio? Nadie tiene las respuestas. Y eso está bien. Porque tal vez sólo callando la voz del instinto de la resistencia al cambio podamos hacernos las preguntas verdaderamente difíciles como: “¿Qué pasaría si soy yo la siguiente?”.

Pero tú no te preocupes más, Fátima. Descansa en paz. Nosotras seguiremos luchando por ti hasta que encontremos la justicia.

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