La destrucción de las culturas indígenas por conquistadores; colonial por reformadores; del Estado moderno por revolucionarios, y la implacable y permanente durante siglos debida a ignorancia, desidia y ambición. Participan, activa o pasivamente, burócratas, negociantes y curas. Devastación en todos nuestros tiempos y lugares. Consultar Las iglesias y conventos de México, Luis Alfaro y Piña, 1863, y la obra de Guillermo Tovar sobre el patrimonio perdido de la capital, 1990.

Sin ir más lejos, en cuatro cuadras a la redonda de donde habito, rumbo de Barrilaco, la inexorable piqueta de la avidez por el dinero, por la ganancia, ha hecho polvo valiosas construcciones residenciales. Recuerdo las siguientes.

En Sierra Gorda, entre Antuco y Aconcagua, una casona con dos torres de recia factura demolida en un santiamén, como quien trata de ocultar un pecado, para dar lugar a una residencia, fortaleza inexpugnable, dícese que propiedad del hijo de un famoso locutor. En Sierra Gorda con Aconcagua cae por tierra la mansión donde vivió una muy nombrada pintora y escritora surrealista. Permanece baldío, en Aconcagua y Paracaima, el predio que ocupaba la espléndida propiedad de un ex gobernador, adquirida, al parecer, por ricachona familia tequilera. En Ventana y Calizas, otra regia vivienda recién derruida con sospechosa premura. Más lejos, el Superservicio Lomas, obra catalogada del arquitecto Vladimir Kaspé, se esfuma para construir un megaedificio que complicará el tránsito en una zona de suyo complicada. Con lana baila el perro. Más distantes: en Tres Picos desaparece la soberbia casa de uno de los fundadores de La Latinoamericana. En Tacubaya, ¿qué decir del proyecto para restaurar una joya art decó, el Edificio Ermita del arquitecto Juan Segura, 1930? Echarlo a perder es lo mismo que derribarlo; ver foto publicada por Reforma a principios del mes.

Viene a cuento lo anterior porque creo que la destrucción de valores materiales corre paralela con la que hacemos de los morales. Víctima es la honradez, que engloba las cualidades buenas, el ánimo está pronto para eliminarla y dar carta blanca a la corrupción. Cargo público=lotería. Por ello, bienvenida la iniciativa para crear un código de ética para el sector privado. Me temo que será letra muerta, como los Mandamientos promulgados hace más de 2,000 años. Por parte del gobierno, además de sus prácticas malsanas, políticas sociales que corroen la confianza y económicas que detraen el crecimiento.

¿Qué hacer?

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