Los modos de consumir alimentos en la época actual están altamente vinculados con un uso desmedido del plástico. Para el año 2020, en la Ciudad de México estará prohibido el uso de bolsas, cubiertos, charolas y utensilios de un solo uso hechos de plástico. La medida nos invita a reflexionar sobre cómo el uso de plástico ha ido en constante aumento en nuestra vida cotidiana.

El empaque de la comida, en los inicios del siglo XX, no era un tema íntimamente ligado a los usos del plástico. La tecnología en la producción y conservación de alimentos impulsó el desarrollo de métodos que permitieran conservar alimentos por más tiempo para cubrir necesidades de poblaciones que se encontraban en situación de penuria (en muchos casos, provocadas por los conflictos bélicos). En este momento, los enlatados constituyeron un hito en la forma de conservar los alimentos. Así como las latas, el plástico fue insertándose como un medio no de conservación, pero sí de transporte y comercialización de productos envasados y vendidos a granel. Además, las comidas individuales empacadas en plástico significaron una novedad en las maneras de poder consumir alimentos listos para comer.

Los modos de consumo contemporáneos favorecieron el uso del plástico para tener alimentos para el camino, para llevar o listos para comer. El uso de plástico para empacar y consumir los alimentos se normalizó y promovió en el sentido en el que se ofrece un medio de bajo costo y fácil uso para todos, pero con consecuencias negativas para el medio ambiente.

Si analizamos la cantidad de plástico de desecho que generamos, resulta alarmante su uso en diferentes consumos en los que bien podría ser omitido. En algunas ocasiones, su uso quedó al punto de exageración cuando, por ejemplo, se encontraban naranjas empacadas en blísteres de plástico. Es una realidad que en muchas ocasiones su uso se relaciona con un empaque más práctico y barato, pero concientizar sobre maneras más eficientes de disminuir su uso es un gran paso.

El uso de desechables en comidas para llevar responde a usos sociales en los que el consumo de alimentos fuera de casa es parte de la cotidianeidad de una gran parte de la población. Habituarse a las nuevas medidas exigirá, sin duda, cambios y planeaciones por parte de los consumidores, pero también opciones para reconsiderar a quienes, hasta el día de hoy fundamentaban su ingreso en la producción de estos empaques.

Sin duda es una medida que impactará en consumidores, distribuidores y productores. El uso desmedido de plástico y la relación con buscar formas de consumo que sean sustentables ante la contingencia ecológica que vive el planeta son sin duda incompatibles. El impacto social de la medida exigirá, sin embargo, una gran inversión en la estandarización de procesos para la distribución de ciertos alimentos, pasando por la inversión en el desarrollo de empaques ecológicos donde el costo no se le cargue al consumidor, además de toda una logística de reorganización en las maneras en las que se distribuyen los alimentos.

Como toda medida de cambio de hábitos, será interesante ver, en algunas ocasiones a prueba y error, cómo una medida impactará en los cambios de los usos sociales de algo tan cotidiano. Las conductas son modificables, pero hay que considerar todos los factores socioambientales alrededor de este hecho.

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.