Entre lo público y lo privado se entreteje nuestra vida. Cada cierre de año acudimos al ritual de las sumas y restas. De lo bueno, de lo doloroso y de lo no tan meritorio que se dio. Las evaluaciones, con sus críticas y zonas de confort, son arbitrarias. Para lograr esta tarea lo mejor posible, tengo por costumbre anotar en un cuaderno lo que me propongo a partir de enero. A lo largo de los meses reviso, hago añadidos o de plano suprimo líneas. La bitácora suele convertirse en maraña. Ofrezco lo que puedo transmitir de este múltiple sentido.

2017 dio variados frutos. Al amanecer del año, mi libro “Sector cultural. Claves de acceso” (Edirate/UANL), del cual todavía quedan ejemplares, cuando esperaba que se agotaran rápidamente los mil impresos. Al rayar el doceavo mes, apareció “¡Es la reforma cultural, Presidente! Propuestas para el sexenio 2018-2024”, obra colectiva que es el mayor desafío que en sentido grupal hemos realizado. Bajo el auspicio de Editarte Publicaciones, de Francisco Moreno y More Taffoya, 39 autores promovemos de cara al proceso electoral, el compendio más completo acerca de las problemáticas y soluciones para nuestro sector. Esperamos un feliz desenlace.

En el primer semestre, pasamos la experiencia de formar parte de un “consejo redactor de la ley de cultura”, que organizó la Comisión de Cultura y Cinematografía, de la Cámara de Diputados. La labor fue extrema. Por un lado enriquecedora, por una tarea colectiva la cual, pese a las profundas diferencias entre algunos de sus integrantes, generó un proyecto de ley de gran alcance. Por el otro lado desafortunada, ya que al final de cuentas se impuso una ley ajena a los intereses del sector, cínicamente lejos del esfuerzo colectivo. En abono al desaseo jurídico, la Secretaría de Cultura expidió su manual de organización, un monumento a la disfuncionalidad del Conaculta que aún es.

En esos meses el GRECU de la UAM promovió dos foros sobre la cultura en la renegociación del TLCAN. Escribimos desaforadamente sobre el tema. Donde se pudo, hubo pronunciamientos. El sentirnos al menos atendidos por las autoridades de las secretarías de Cultura y Economía fue inútil. Se dio una exclusión descarada cuya culminación fue una comida a puerta cerrada con menú dispuesto por los secretarios, con quien bien quisieron. Entre otras lecciones destaco una: no sólo a los funcionarios les tiene sin cuidado los intereses del sector en el tratado. A la mayoría de la comunidad cultural también.

En la jornada de 52 semanas, dimos a conocer el “Retablo de empresas culturales. Un acercamiento a la realidad empresarial del sector cultural de México”, un estudio que es también un reportaje. Apenas iniciamos su promoción. Destaco el aporte que tiende a desmitificar el valor y significado del sector, de sus empresas e “industrias” en la realidad nacional. Celebro también la sexta convocatoria del Diplomado en Dirección de Empresas Culturales del GRECU. Este año fue de sendas aportaciones del grupo en los suplementos La Jornada Semanal y Confabulario.

Los daños ocasionados por los sismos, pusieron de manifiesto una vez más, la incapacidad del INAH y su ley, para responder con prontitud a la preservación del patrimonio. El inicio de la contienda electoral, nos asegura la experiencia inédita de no saber qué hacer con nuestro voto. En 2017 fue una tomada de pelo la obra de Jill Magid en el MUAC, el frenesí desproporcionado por “Coco”. Pero fue de felicidad por los 25 años de la aparición de esa gran obra que es “Sex”, de la impecable Madona. Feliz Año 2018.

Eduardo Cruz Vázquez

Periodista

En el paredón

Periodista, gestor cultural y exdiplomático, experto en economía cultural, formación de emprendedores culturales y gestores de diplomacia cultural