Cuando el presidente López dijo que la pandemia le había venido como anillo al dedo no mentía, sabía lo que podía lograr: casi todo. La pandemia precipitó una crisis múltiple que ya se venía manifestando desde hace años. De hecho, uno de los primeros signos de esa crisis fue el triunfo demoledor del ahora mandatario.

La administración de la justicia, el Estado de Derecho en su conjunto, la economía entendida como empleos y seguridad social, la cobertura de salud del Estado, etcétera, ya estaban tocadas en su funcionamiento, agobiadas por la corrupción, la ineficacia y la falta de presupuestos. Funcionaban bien áreas autónomas como la dedicada a las funciones electorales o la transparencia, pero sus costos resultaban excesivos. Todo esto no lo inventó el presidente, era un hecho.

Como ya se ha apuntado aquí en otro artículo, ante una crisis se pueden hacer dos cosas: tratar de remediarla o acelerarla. La pandemia aceleró un proceso que al proyecto de la 4T le hubiera tomado varios años por eso le vino como anillo al dedo. Las oportunidades son para quienes se atreven a tomarlas. La pregunta es: ¿hasta dónde está dispuesto a llegar en este agravamiento de la crisis?

Curzio Malaparte, un autor que hace mucho pasó de moda, escribió un delicioso libro al que llamó: “Técnicas del golpe de Estado” (1931, disponible en PDF). En su introducción, el autor advierte que: “En casi todos los países, al lado de los partidos que manifiestan su decisión de defender el Estado parlamentario y de practicar una política de equilibrio interior, es decir, liberal y democrática (son éstos los conservadores de todos los matices, desde los liberales de la derecha hasta los socialistas de la izquierda), hay partidos que plantean el problema del Estado en el terreno revolucionario: son los partidos de extrema derecha y de extrema izquierda...”

Malaparte advierte que el libro trata de la forma en que se puede apoderar uno de un Estado moderno. Pone como ejemplos a Trotsky y el golpe de Estado que acabó con los zares en 1917, el fallido intento del propio Trotsky por deponer a Stalin en 1927, la fracasada tentativa de Hitler por tomar el poder, la movilización como medio para tomar el poder tal como aconteció con la marcha de Mussolini sobre Roma, entre otros casos.

En épocas más recientes también hay otros ejemplos de toma del poder, Cuba y Nicaragua, en donde triunfaron guerrillas de izquierda que se volvieron gobiernos dictatoriales. En Venezuela se llegó al poder por la vía electoral, pero se echó abajo la democracia. En Argentina y Chile los golpes de Estado de los años 70 son de antología. Así, se puede dar golpe de Estado con las masas o los militares; se puede tomar el poder y gobernar con las mismas leyes e instituciones o arrasarlas por completo; pero también se puede tener el poder por medios legales y legítimos, para después echar abajo las leyes e instituciones que permitieron ganar elecciones. Esto último sería una especie de autogolpe de estado.

¿Está esto ocurriendo en México?

El actual gobierno llegó por medios legales y legítimos, pero hay bases para sostener que al haber incurrido en hechos no legales (consultas, adjudicaciones directas, acusar sin pruebas, etc.) ha perdido su legitimidad. Tal cosa no le quita el sueño al Ejecutivo, como él mismo lo ha confesado. Adicionalmente, hay elementos para sostener que ha subordinado, en lo esencial, a los Poderes Legislativo y Judicial, así como a la gran mayoría de los gobiernos estatales. Las leyes que le estorban las está modificando, basta ver su propuesta de cambiar la Constitución en lo tocante a la consulta, que desea se aplique el mismo día de la elección, para comprobar esto. Complementariamente, ha puesto a la cabeza de instituciones autónomas a sus leales (CNDH, CRE) e ignora a las que no le importan, como la CEAV y la CONAPRED. Agrede verbalmente (por ahora) a medios de comunicación, periodistas y opositores en general. El rosario de atrocidades es largo, pero la cereza del pastel es la postración de las fuerzas armadas a sus caprichos. Unas fuerzas armadas que no combaten con eficacia al crimen organizado, pero si vigilan protestas civiles.

Hagámonos una pregunta: si el ahora presidente López hubiera llegado al poder por un golpe de Estado, ¿haría las cosas de manera distinta? Por supuesto, no. Sólo que lo hubiera hecho más rápido.

Por eso, la pandemia le vino como anillo al dedo.