Boris no entiende la naturaleza del referéndum del 2016

Al Brexit lo vendió David Cameron como una aspirina para disolver un ligero dolor político entre miembros de su partido.

Aplicó una sobredosis, y el ligero malestar del Partido Conservador se convirtió en pandemia nacional: el país ha sido envenenado por el Brexit.

En efecto, el Brexit es algo más que un referéndum, ahora es un monstruo populista que se ha devorado 17% del valor de la libra esterlina; 2% del PIB británico, y 100,000 empleos en Reino Unido.

Y lo que falta, porque el objetivo del referéndum de secesión no ha sido cumplido por tres razones: la sociedad ha sido polarizada (el Parlamento retrata esa realidad); una clase política populista, es decir, mediocre; y la naturaleza de la Unión Europea se asemeja más a la de una nación de naciones que a la de un acuerdo de libre comercio.

Theresa May no pudo y Boris Johnson no puede desconectar a Reino Unido de la Unión Europea.

No es Brexit, es un intento de secesión.

El Brexit no fue un referéndum para abortar un acuerdo comercial; fue un referéndum de independencia. La evolución de la Unión Europea a lo largo de sus 60 años de historia la convierte en una nación de naciones dentro del mundo ingrávido de la globalización 5G. Un gobierno, el Consejo de Europa; un gabinete, la Comisión Europea; una moneda, el euro; una cancillería, Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad y un Parlamento, Estrasburgo.

El Brexit no es un divorcio, es una amputación. En efecto, es un referéndum de secesión. La cláusula backstop lo demuestra. Si a la República de Irlanda le amputan la unión aduanera, Irlanda del Norte se quedaría sin el Acuerdo de Viernes Santo, componente de paz entre las dos regiones.

Es claro que Cameron no es Winston Churchill en el momento en que llamó a las urnas para realizar el Brexit. Tampoco se acerca May a Tony Blair cuando ella “defendió” la permanencia de su país en la Unión Europea. Ni Boris se asimila a Harrold Wilson en su trato con los europeos. Es decir, la camada política británica no se asemeja a la de los británicos de una Europa común.

El error de Boris Johnson es su intento de retorno al 24 de junio del 2016, el día después del Brexit. Boris toma la estafeta de Cameron y asegura que cumplirá con el mandato de las urnas: sacar a su país de la Unión Europea.

Johnson concibe al Brexit como un divorcio comercial, pero no como un fenómeno de secesión.

A favor del Brexit votó 51.9% de los británicos; 48.1% eligió quedarse en la Unión Europea. Los números invitaron a la polarización de los discursos entre los parlamentarios.

Hoy, el parlamento carece de mayorías.

Ni Nigel Farage, agitador profesional en contra de la Unión Europea, ni Boris Johnson leyeron el Brexit como un acto independentista. Uno pensaría que Farage no engañó a la población, pues bautizó a su partido como el de la Independencia de Reino Unido (UKIP). El nombre resultó ser real, pero sólo para cubrir las mentiras que el propio Farage vendió a los británicos.

Cuando un país resiente la pérdida de valor en su PIB, en su moneda y en su empleo, las promesas provenientes de la retórica populista se revelan como un arma de destrucción masiva.

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.