Hace dos años, cuando el candidato electo López Obrador explicó a las compañías agremiadas por la Asociación Mexicana de Empresas de Hidrocarburos (Amexhi) que las rondas petroleras se suspenderían hasta nuevo aviso, acompañó el anuncio con su idea de sustituto. Para julio del 2020, Pemex predijo con sus datos en la reunión, su producción crecería a más de 2 millones de barriles diarios. Entre la lucha anticorrupción, el lanzamiento de campos prioritarios, la ‘exploración de jardín’, algunas otras inversiones que naturalmente serían éxitos asegurados y —ahora sí— el apoyo del señor presidente que resultó tan elusivo durante la época neoliberal, fácilmente se agregarían unos 200,000 barriles diarios de producción en menos de dos años.

Fue una movida astuta. Suspender las rondas y simultáneamente reconocer que la evidencia apuntaba a que la producción de Pemex seguiría cayendo hubiera sido profundamente contraproducente: habría pintado a la Administración entrante como un equipo a la merced de la ideología, dispuesto a sacrificar actividad económica e ingresos fiscales por el mero capricho de que Pemex recuperara el monopolio de las nuevas oportunidades.

La astucia, siempre expansiva, por supuesto se extendió a las subastas de largo plazo de electricidad y otras decisiones poco ortodoxas. ¿Se imaginan cancelar procesos que están funcionando y generando crecimiento sustentable reconociendo, al mismo tiempo, que eso implicaría que ahora tendríamos que conformarnos como país con electricidad ‘vieja’, cara y sucia? Nadie hace eso.

Pero, por astutas y calculadoras que sean, las narrativas políticas eventualmente se topan a la puntiaguda realidad. De acuerdo con los indicadores publicados esta semana, Pemex hoy produce menos de 1.6 millones de barriles diarios de crudo. Esto no sólo es lo menos que ha producido en 40 años; también es una tremenda desviación respecto de la promesa por más de 400,000 barriles diarios (más de 20%) en apenas dos años. CFE, por su parte, lleva casi una decena de proyectos demorados o cancelados.

El presidente aún no lo reconoce. Pero, con apenas dos años de uso, su narrativa energética original está ponchada. No es un hoyito de clavito. Son varios boquetes que están más allá de posible reparación. Pemex no es ninguna palanca de crecimiento. Es un ángel caído. CFE va que vuela en la misma dirección.

Por ahora, la llanta de refacción la puso Lozoya. En el plano político, jurídico, de anticorrupción, seguramente su caso es sustantivo. Pero para atender la política de las necesidades energéticas reales del país, lo que ofrece no es más que un arreglo temporal. Le quedan pocos kilómetros antes de que se tenga que cambiar por una solución duradera.

Claro que este no sería el primer gobierno en avanzar con una narrativa energética ponchada. En nuestro país hay experiencia manejando sobre el mero rin. ¿Se acuerdan del gobierno anterior? Aun cuando la diferencia entre lo prometido y lo alcanzado era vergonzosamente evidente para todos, y seguía creciendo, jamás corrigió y explicó.

Hoy, ¿qué importa que la abrumadora mayoría de la sobre-promesa vino del mismo Pemex? En mañaneras y otros foros políticos, la reforma energética entera es la que sigue pagando el costo de un gobierno que siguió avanzando sin cambiar la llanta.

¿De plano no se puede aprender en cabeza ajena? ¿Cuánto tiempo tomará al gobierno reconocer que su inercia está sacando chispas? La llanta, la narrativa o la credibilidad, ya es lo de menos. ¿Cuánto daño, sobre el rin o sobre su propio eje, podrá aguantar nuestro país?

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell

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