Lectura 3:00 min
Miedo
Miedo a ser contagiado por el Coronavirus, miedo a decir lo que se piensa, miedo a que las acciones más empáticas puedan ser leías desde el gobierno como una declaración en su contra.
Este es el miedo que comenzó a olfatearse desde la convocatoria al paro del 9M. Empresas que decidieron apoyar a sus empleadas, pero mantuvieron sus pronunciamientos como comunicados internos. Empresas que decidieron hacer públicos sus pronunciamientos, para después retractarse en lo privado, y descontar el día no laborado. Llama la atención que esta última acción sucediera en uno de los grupos que más se ha beneficiado económicamente de este gobierno. Funcionaras de gobierno quienes decidieron parar, pero cuya falta, figura ya como injustificada, y que no quieren pronunciarse más allá de la declaración en el anonimato, porque también tienen miedo, miedo a perder su trabajo. Habrá que preguntarle a Octavio Romero Oropeza por qué en Pemex no siguieron la instrucción presidencial de que no habría consecuencias para quienes decidieran unirse al paro.
En el sistema de salud también se respira el miedo. Médicos tanto del sistema público como privado que han sido testigos de la torpeza en la toma de decisiones en distintos niveles del sector salud, que termina por afectar todos, pero se cuentan en lo privado, porque en lo público las consecuencias han estado a la vista. Las y los sin miedo, han sido quienes ya no tienen nada más que perder: padres de familia que entre idas y venidas al hospital han encontrado fuerza suficiente para gritar por la falta de medicamentos, mujeres atendidas por cáncer de mama que con las cabezas envueltas por pañuelos que esconden los estragos de la quimioterapia, también han podido alzar la voz. Porque son todas, y si no gritan por lo que les queda, después, saben, no les quedará nada.
Y esos sin miedo, no se han ido libres de consecuencias. Alzar la voz tiene un precio, lo mismo si eres madre o padre de una criatura con cáncer, una mujer que se dedica a darle voz a las víctimas de feminicidio, o periodista. Quien quiera que se atreva a criticar las malas acciones o inacciones de este gobierno, que no necesariamente tienen que estar personificadas por el ejecutivo, serán blanco de feroces ataques y amenazas desde las redes sociales, y algunas veces, estos ataques trascienden el espacio virtual. Poco importa ya, cuánto de esto es organizado, y cuánto obra de entusiastas que se dejan llevar por la más sutil amenaza a su fe, porque en ambos casos, lo que buscan es silenciar, que todos se callen, porque les dé miedo.
El miedo puede el mejor y el peor de los consejeros, asesino cuando paraliza, poderoso cuando se convierte en motor. Pareciera que las últimas semanas, todos nuestros miedos han coincidido para celebrar una tenebrosa reunión que nos deja sin saber bien a cuál de todos debemos enfrentar. ¿Por cuál empezamos? ¿Seremos como sociedad más grandes que ellos o nos limitaremos a librarlos por batallas individuales?
