Buscar
Opinión

Lectura 7:00 min

St. Elsewhere, ER y The Pitt: ¿por qué nos encantan los dramas médicos?

Todos estamos obsesionados con The Pitt, la serie que carga con el legado de las grandes series de procedimientos médicos.

main image

OpiniónEl Economista

Concepción Moreno

Cuando era niña todos los adultos que conocí veían ER. A mis padres les encantaba, recuerdo que ver la serie por las noches era un ritual en casa. La veíamos en Canal Cinco doblada español. Verla en televisión abierta significaba que había show todos los días, también que de repente repetían episodios y el público se quedaba picado con cliffhangers cada dos semanas y un cuarto.

Para quien no lo recuerde, ER fue la serie médica de los años noventa, un retrato de los avatares de la sala de emergencias de un hospital público en Chicago. George Clooney fue uno de sus protagonistas antes de ser una estrella cinematográfica—se nota al paso de las temporadas su evolución como actor: del bad boy guapetón con problemas con el alcohol a ser un actor respetable que dotó a su personaje con matices y dimensiones.

Pero esa no fue la única razón por la que ER es recordada. Sus guiones eran perfectos, la ejecución visual revolucionaria y las actuaciones no estaban nada mal.

Como niña y adolescente vi cada episodio con emoción. Me alejé cuando varios de los actores originales salieron por ahí de la octava temporada, especialmente cuando el doctor Mark Greene, protagonista de facto interpretado por Anthony Edwards, muere de cáncer. (No me digan que es spoiler, la serie tiene treinta años). De algún modo me sentí traicionada porque amaba al personaje y me pareció innecesario dejarlo ir. Después me enteré que esa trama se planteó con tiempo porque Edwards quería hacer carrera en el cine (no le funcionó, no recuerdo alguna producción de importancia que lo tuviera de protagonista).

ER se basó en las memorias de Michael Crichton—novelista cuya obra más famosa es Parque Jurásico—como estudiante de medicina. Con Crichton, el productor John Wells convirtió una colección de anécdotas médicas en una de las series más vistas y premiadas de su época, y una de las producciones más respetadas de toda la historia de la televisión estadounidense. Se le considera la predecesora de la edad de oro de las series televisivas a principios de la década de los dos mil.

El drama médico es una tradición puramente estadounidense. Cuando otros países lo intentan nomás no les sale. ¿Será porque los gringos sufren de manera particular su sistema de salud? Ir al doctor en Estados Unidos es una verdadera tortura; no sólo estás enfermo, también tienes que cuidar tu bolsillo porque el seguro cubre una parte mínima del tratamiento. Los doctores y enfermeros siempre son retratados como héroes que hacen milagros para atender a pacientes sin seguro médico con buena voluntad, un frasco de chochos y unas vendas enyesadas. Exagero, pero muy poco.

Las series médicas han pasado de los tonos de telenovela, como la eterna soap opera General Hospital, a evolucionar a producciones cada vez más complejas.

Se considera a la serie ochentera St. Elsewhere el punto de quiebre entre el melodrama fácil a guiones de dramedy, el género que combina drama y comedia, con toques de observación social.

Las series médicas son síntomas del aire social de su época. En St. Elsewhere los guionistas enloquecidos no dejaban de experimentar con temas contemporáneos, historias cada vez más provocativas y formas visuales cinematográficas. El final es de antología: toda la historia que hemos visto, los ires y venires de los médicos durante cuatro temporadas, no es más que producto de la imaginación de uno de los personajes, un joven con autismo.

ER heredó ese legado de experimentación visual, narrativa y comentario social: en la serie hay un plot protagónico sobre el VIH, por ejemplo.

Pero dicho todo esto, me cuesta trabajo explicar la fascinación. Sí, ¿por qué? Supongo que se trata de morbosidad y una especie de catarsis freudiana: a todos nos da miedo acabar en el hospital, quizá viendo emocionantes historias médicas nos curamos de espanto.

Tanto rollo para hablar de mi nuevo fectiche: The Pitt, la serie estelarísima de HBO Max que se ha convertido en una obsesión colectiva.

Desarrollada por John Wells y el actor Noah Wyle—para más datos, Wyle interpretó al protagonista joven de ER, el doctor John Carter—, la serie guarda ciertos paralelismos con ER. La intención original era hacer una continuación de las aventuras del doctor Carter ahora como líder de una sala de urgencias, pero los herederos de Crichton no soltaron prenda, así que el proyecto cambió el sentido y se creó como una nueva historia en oootro hospital con oootros doctores. Hubo un amago de la viuda de Crichton de demandar por plagio, pero el asunto se resolvió pronto con un acuerdo monetario.

The Pitt es una serie médica en plena forma, su exactitud médica es impresionante (un amigo médico que trabaja en una sala de cuidados intensivos no la ve porque me dice que es como seguir trabajando).

Pero como ER también es algo más. Un programa médico más honesto que no teme mostrar cada una de las realidades de una sala de emergencias, desde un parto visto en primer plano hasta un caso de priapismo que no deja ninguna duda de cómo se ve un miembro viril en plena hinchazón. Tengo sentimientos encontrados sobre esas decisiones gráficas; de pronto siento que la serie ocupa más tiempo en mostrarlas que en desarrollar a sus personajes. Afortunadamente en episodios recientes el drama ha evolucionado a costa de esas escenas absurdas aunque, no lo niego, divertidas.

La primera temporada mostró lo traumática que fue la pandemia para el personal hospitalario. El doctor Robby (Wyle se llevó el Emmy por el rol), jefe de la sala de urgencias del Centro Médico de Trauma de Pittsburgh, apodado The Pitt (“el foso”, como cariñosamente lo llama Robby), tiene flashbacks de esos días aciagos de la covid. La segunda temporada le entra a temas de violencia sexual, la salud mental de los trabajadores del hospital y la realidad social que vive EEUU justo al minuto. Pareciera que los guionistas están con un termómetro midiendo las fiebres de su país.

La serie sigue un turno completo de la sala de urgencias; cada episodio cuenta una sola hora del día, de tal suerte que vemos a los médicos lidiar con todo tipo de estrés al paso de las horas.

Justo ahora en HBO Max puede verse la segunda temporada y estoy obsesionada. El episodio que corresponde a las 5:00 pm trata del horror sociopolítico tan estadounidense, tan trumpiano, que viven algunos de los pacientes y trabajadores del hospital. Impecable, el episodio seguramente quedará como uno de los más memorables de la serie.

No soy la única enferma de The Pitt: después del estreno de cada episodio los jueves en la noche, TikTok y Reddit estallan con teorías y análisis sesudos. Los seguidores se la pasan inventando romances entre los personajes: que si Robby con tal estudiante de tercer año o la doctora neurodivergente con el guapo segundo al mando de Robby (hay mucho soft porn al respecto en TikTok).

Sigo preguntándome nuestra pasión por estas historias médicas. Seguro mucho psicoanálisis lo explica, pero por lo pronto no tengo alguna respuesta. En fin, que los fans nos la pasamos bomba racionalizando nuestras fijaciones e hipocondrias con términos morales y nuestra dizque sapiencia audiovisual. No deja de ser notable que en esta era de lo breve y las pantallas verticales, una serie como The Pitt nos tenga pegados a la pantalla por una hora completa. Todavía nos queda un lapso de atención respetable siempre que el contenido sea intrigante.

Únete infórmate descubre

Suscríbete a nuestros
Newsletters

Ve a nuestros Newslettersregístrate aquí
tracking reference image

Últimas noticias

Noticias Recomendadas

Suscríbete