Según la encuesta de Parametría, de Francisco Abundis, en diciembre del 2009, 31% de los compatriotas ignoraba de qué país se independizó México a principios del siglo XIX. Una tercera parte de la población padecía tan grave ignorancia. En agosto pasado se repitió el estudio y la proporción subió a 51 por ciento. ¡La mitad de los mexicanos! Entre ambas fechas la respuesta de España bajó de 46 a 32 por ciento. Y De Estados Unidos subió de 12 a 13 por ciento. Los capitalinos califican un poco menos peor que el promedio nacional. El cura Hidalgo está en la memoria de 27 por ciento. Otros personajes recordados son Morelos (de 17 a 14%), la Corregidora (9%), Allende (de 6 a 5%), Guerrero (de 3 a 2%) y no sabe de 4 a 12 por ciento. Iturbide, el consumador de la Independencia, casi en el sótano, 2 por ciento. Se pide mencionar alguno de los héroes del movimiento, y 25% de los encuestados se refirió a individuos que vivieron en otras épocas, así que no dudemos que hubo quien recordara a Cortés, Maximiliano, Porfirio Díaz, Madero, Pancho Villa o Lázaro Cárdenas. Otra pregunta: si todavía dependiéramos de España estaríamos mejor (de 22 a 25%) o peor (de 44 a 33 por ciento). ¡Muy bien! Diez de aprovechamiento.

Asombran tales contestaciones a la pregunta que una minoría considera elemental. Quizá no importa saber de quién se independizó México, pero lo antes apuntado es un indicador del nivel cultural en el país, del nulo efecto de supuestos esfuerzos oficiales durante décadas y de la importancia de la reforma educativa, que apenas es un pasito en el camino que debe recorrerse. Aquí no se da eso de que la historia es la maestra de la vida, según Cicerón, o madre de la verdad, según Cervantes. Ignorar datos esenciales del pasado no permite comprender lo actual. Mucho importa conocer la historia porque se repite y, contradictoriamente, como escribe Harper Lee en Go set a Watchman, es el último lugar en el que el hombre busca lecciones. En este sentido, la educación de muchos millones de los nuestros es como tabula rasa: se sabe nada de nada, privación de espíritu, mente enfocada exclusivamente al entretenimiento: deportes, espectáculos y sustancias que se consumen para fines recreativos . Ello conduce, como lo llama Saramago, al síndrome del intelecto perezoso y, por tanto, al círculo vicioso de la no educación.

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