Desde que, en 1922, el gran poeta inglés-estadounidense Thomas Stearns Eliot escribiera aquel verso: Abril es el mes más cruel: engendra lilas de la tierra muerta... en el poema Tierra baldía, Eliot se convirtió en el poeta más importante de la lengua inglesa del siglo XX, y abril quedó marcado para siempre por su crueldad. Pero en México mayo lo ha superado: engendra muertes en la tierra nuestra.

De acuerdo con el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública dependiente de la Secretaría de Gobernación, es decir, de acuerdo con cifras del propio gobierno, en mayo pasado se abrieron 2,186 expedientes por homicidios dolosos en todo el país, uno cada tres horas, contra 2,131 de mayo del 2011, que tenía el triste récord del mes más violento desde 1997.

El tema no mereció el más mínimo comentario del presidente de la República. Fieles a su estrategia de comunicación de sacar al presidente de los temas de seguridad pública, el gobierno federal ha tratado de minimizar lo más posible el dato, pero no hay manera de que pase inadvertido, pues se trata de la evidencia más contundente del fracaso de la estrategia (en realidad de la no-estrategia) de seguridad del gobierno de Peña.

La lógica del gobierno de Calderón, independientemente de que estuviéramos o no de acuerdo, era combatir abiertamente a los cárteles que representaban una amenaza para el Estado. Sabían que combatir el problema de seguridad nacional generaría un problema de seguridad pública, y para ello era necesario fortalecer las policías estatales y municipales; el gobierno pasado lo hizo a medias; el actual lo dejó de hacer.

Cuando el Procurador General de la República dice que el crimen organizado ya no es un tema de seguridad nacional es probable que tenga razón, lo curioso es que lo diga él y no las agencias e instituciones del Estado que se dedican a eso: el Cisen y las Fuerzas Armadas. Pero vamos a suponer que es cierto, que ya no existe ningún grupo de crimen organizado con capacidad para amenazar al Estado, el problema es que, dicho por ellos mismos, tenemos 278 grupos criminales, diseminados por todo el país, asolando a la población, y generando más violencia y muerte que nunca, y enfrente unas impotentes instituciones de seguridad municipales, estatales y federales. Quizá tengan razón, la verdadera amenaza para el Estado hoy por hoy ya no es el crimen organizado, sino la debilidad de las instituciones del Estado, incapaces de cumplir con su primera y esencial función: darnos seguridad a los ciudadanos.

De poco sirve salvar al Estado si hemos perdido la seguridad, nuestra seguridad. De poco sirve si el miedo aflora en cada comunidad indígena amenazada por quienes quieren sus tierras; en cada joven mujer que sube a un camión; en cada albañil que no sabe si el próximo sábado será asaltado por un delincuente o un policía.

De poco sirve salvar al Estado si el miedo está en cada puñado de polvo.

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